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Barioná, el hijo del trueno (Misterio de Navidad) 

Jean Paul Sartre, el conocido escritor y filósofo existencialista francés, fue capturado por tropas alemanas en 1940 en Padoux (Francia) y retenido nueve meses como prisionero de guerra en Tréveris. Allí escribió Barioná, su primera obra de teatro, para ser representada en el campo de prisioneros, después de que los capellanes obtuvieran el permiso para celebrar la fiesta de Nochebuena y la Misa del Gallo. La obra fue interpretada ante más de doce mil soldados prisioneros, y el mismo Sartre actuó en ella.

Desde 1998, la Biblioteca Nacional Francesa guarda el manuscrito original, procedente de la biblioteca personal de la viuda de uno de los soldados que actuaron en aquella representación.  El escritor y profesor José Ángel Agejas comenta sobre esta pieza teatral: “Los biógrafos y estudiosos de la obra de Sartre, deliberadamente o no, ocultan la existencia de Barioná. El ateo Sartre nos conduce magistralmente a la admiración del misterio de Belén y al compromiso existencial con Cristo que salva”.

La obra gira en torno a un jefe judío, Barioná, quien, frente  a la orden del procurador romano de aumentar los impuestos, acepta pagar, pero les pide a los habitantes del lugar que no tengan más hijos. Cuando se entera que su mujer, Sara, está esperando un hijo, se opone a su nacimiento, algo que Sara no está dispuesta a consentir. Poco después Barioná es informado por los pastores de que ha nacido el Mesías en un establo de Belén; pero no se lo cree y medita la opción de matar al niño para eliminar este posible engaño. Al llegar a Belén, encuentra a su mujer y a una muchedumbre del pueblo, de rodillas, conmovida y feliz contemplando al niño. Sorprendido, desiste de su empeño y, tras la noticia de que Herodes quiere matar al pequeño, reparte las armas entre los suyos y decide defender a Jesús, aun sabiendo que ello le puede costar la vida.

Sartre se sintió muy satisfecho por su trabajo. Tanto, que escribió a Simone de Beauvoir, diciendo: “He hecho un misterio de Navidad muy conmovedor, parece, hasta el punto de que a uno de los actores le entraban ganas de llorar mientras actuaba”.

Sin embargo, treinta años después, sumido en el ateísmo dará una interpretación negativa de la obra: “Hice Barioná, que era horrible, pero contenía una idea teatral (…). Los alemanes no habían comprendido la alusión, veían en ella solo un espectáculo de Navidad (…). Si tomé el tema de la mitología del cristianismo, no es porque hubiera cambiado mi manera de pensar, ni siquiera momentáneamente, durante mi encarcelamiento. De acuerdo con los curas prisioneros, tenía que dar con un tema que en aquella Nochebuena pudiera conseguir unir a los cristianos y los no creyentes”.

¿Qué pudo sucederle al filósofo y escritor en estos treinta años que distan de una declaración a otra? Lo describe perfectamente él mismo en una frase: “Necesitaba a Dios. Él me fue dado y yo lo recibí sin saber bien lo que estaba buscando. Entonces, porque mi corazón no le dejó que echase raíces en él , Dios terminó muriendo en mí”.

«La Virgen está pálida y mira al niño. Lo que habría que describir de su cara es una reverencia llena de ansiedad que no ha aparecido más que una vez en una cara humana. Y es que Cristo es su hijo, carne de su carne y fruto de sus entrañas. Durante nueve meses lo llevó en su seno, le dará el pecho, y su leche se convertirá en sangre divina. De vez en cuando la tentación es tan fuerte que se olvida de que Él es Dios. Lo estrecha entre sus brazos y le dice: ¡Mi pequeño! Pero en  otros momentos,  se queda sin habla y piensa: ¡Dios está ahí! Y le atenaza un temor reverencial ante este Dios mudo, ante este niño que infunde respeto. Y es una dura prueba para una madre tener vergüenza de si y de su condición humana delante de su hijo. Aunque yo pienso que hay también otros momentos, rápidos y resbaladizos, en los que siente, a la vez, que Cristo, su hijo, suyo, es su pequeño, y es Dios. Le mira y piensa: ¡Este Dios es mi hijo. Esta carne divina es mi carne. Esta hecha de mí. Tiene mis ojos, y la forma de su boca es la mía. Se parece a mí. Es Dios y se parece a mí!

Y ninguna mujer, jamás, ha tenido así a su Dios para ella sola. Un Dios muy pequeñito al que se puede coger en brazos y cubrir de besos, un Dios caliente que sonríe y que respira, un Dios al que se puede tocar; y que sonríe. Es uno de esos momentos cuando pintaría yo a María si fuera pintor. Y trataría de plasmar el aire de atrevimiento tierno y tímido con que ella adelanta el dedo para tocar la piel pequeña y suave de este niño-Dios, cuyo peso tibio siente sobre sus rodillas y le sonríe…

¿Y José? A José, yo no lo pintaría. Solo pondría una sombra en el portal y dos ojos brillantes, porque no sé qué decir de José, y porque José no sabe qué decir de sí mismo. Adora, y es feliz adorando, y se siente un poco como en el exilio. Me parece que sufre sin confesarlo, porque ve cuánto se parece a Dios la mujer a la que ama, y qué cerca está ya de Dios. Porque Dios ha estallado como una bomba en la intimidad de esta familia. José y María están separados para siempre por este incendio de luz. Y me imagino que toda la vida de José no será suficiente para aprender y aceptar…

… Por eso también para vosotros prisioneros, en este  día de Navidad  (y en todos los demás días) ¡siempre habrá alegría!».

Jean Paul Sartre

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