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Benita eres tú, María. Un canto para la Nueva Evangelización 

Llevar el Evangelio a todos los hombres es el servicio más precioso y valioso que la Iglesia está llamada a realizar hoy en medio de nuestra sociedad. Así lo manifiesta la reciente Asamblea General Ordinaria del Sínodo de los Obispos, que ha tenido lugar en Roma del 7 al 28 de octubre y cuyo lema ha sido “La nueva evangelización para la transmisión de la fe”. Sin embargo, es posible que tengamos demasiados textos y nos haga falta algo de música y canto para poder adentrarnos con entusiasmo, esperanza y alegría en los caminos de la Nueva Evangelización.

Aunque el contenido de los textos es muy similar y coincidente en orden a los diagnósticos, en cambio, a la hora de señalar el modo de llevarla a cabo las respuestas son muy dispares, a veces, dispersas y, en no pocas ocasiones, ambiguas por genéricas y con poca impronta evangelizadora. Como hemos señalado, puede que falte música y canto. En este sentido, no viene mal recordar que no hay evento importante a nivel internacional (olimpiadas, mundial, etc.) que no tenga su propia música y canto identificador.

De cara a contribuir, desde una perspectiva bíblica a ofrecer un lenguaje musical y algunos cantos para la Nueva Evangelización presentamos, como pórtico, este canto que tiene como protagonista a María en la Visitación a su prima Isabel.

evangelizada y evangelizadora

María, en el misterio de la Anunciación (Lc 1, 26-38), ha sido evangelizada por el anuncio del Arcángel Gabriel, en expresión de San Ireneo[2], e, inmediatamente lleva el Evangelio encarnado en su seno virginal al encuentro de su pariente Isabel que estaba embarazada, también, y necesitaba de su ayuda.

María aparece en este canto, compuesto por Kiko Argüello e inspirado en Lc 1, 39-45, como el paradigma de la Iglesia evangelizada y evangelizadora, y, también, de todo evangelizador que, embarazado del Amor de Dios, sale con premura al encuentro de tantas isabeles embarazadas en mil historias, que están esperando escuchar el anuncio de la Buena Noticia para que, acogiéndolo en sus corazones, puedan experimentar el gozo de confesar a Jesús como el Señor de la Vida y de la Historia.

María, embarazada del Hijo de Dios y guiada por el Espíritu, se pone en camino. Poco después de la narración de la Anunciación, el evangelista Lucas nos guía tras los pasos de la Virgen de Nazaret hacia una “una ciudad de Judá” (Lc 1, 39). Según los estudiosos esta ciudad debería ser la actual Ain-Karim, situada entre las montañas, no distante de Jerusalén. María llegó allí con prontitud para visitar a Isabel su pariente. Acerquémonos al escenario de la Visitación, icono de la Nueva Evangelización para descubrir cómo se puede cantar.

BENDITA ERES TÚ, MARÍA

Bendita eres tú, María,
entre todas las mujeres, María,
bendito es tu fruto, María,
el fruto de tu seno, Jesús.
María, tú has creído.

Y CÓMO ES QUE LA MADRE DEL SEÑÓR VIENE A MÍ (Bis)

Porque apenas he sentido tu voz,
algo se ha movido dentro de mí.
el niño ha exultado de gozo.

MARÍA, BENDITA MARÍA,
TÚ HAS CREÍDO A LA PALABRA DEL SEÑOR
Y COMO ES…

(Canto de Kiko Argüello inspirado en Lc 1, 39-45)

portadora de la redención

El motivo de la visita de María a su prima Isabel lo encontramos en el hecho de que, durante la anunciación, Gabriel había nombrado de modo significativo a Isabel, que en edad avanzada había concebido de su marido Zacarías un hijo, por el poder de Dios: “Mira, también Isabel, tu pariente ha concebido un hijo en su vejez, y este es ya el sexto mes de aquella que llamaban estéril, porque ninguna cosa es imposible a Dios” (Lc 1, 36-37). El mensajero divino se había referido a cuanto había acontecido a Isabel, para responder a la pregunta de María: “¿Cómo será esto puesto que no conozco varón?” (Lc 1, 34). Comentando este pasaje, Juan José Bartolomé, afirma que “la pregunta de María no pedía señal alguna; no demandaba apoyo para creer en el mensaje. No obstante, Dios no le pide fe ciega; y el ángel concede un signo que ratifica el mensaje: proclama el estado de buena esperanza de Isabel”[3].

Así pues, María, movida por la caridad, se dirige a casa de su pariente. Cuando entra, Isabel, al responder a su saludo y sintiendo saltar de gozo al niño en su seno, llena de Espíritu Santo, a su vez saluda a María en alta voz: “Bendita tú entre las mujeres y bendito el fruto de tu seno” (Lc 1, 40-42). Esta aclamación de Isabel entraría posteriormente en el Ave María, como una continuación del saludo del ángel, convirtiéndose así en una de las plegarias más frecuentes de la Iglesia.

Pero más significativas son todavía las palabras de Isabel en la pregunta siguiente; “¿De dónde a mí que la madre de mi Señor venga a mí? (Lc 1, 3). Isabel da testimonio de María: reconoce y proclama que ante ella está la Madre del Señor, la Madre del Mesías. De este testimonio participa también el hijo que Isabel lleva en su seno: “Saltó de gozo el niño en su seno” (Lc 1, 44). El niño es el futuro Juan el Bautista, que en el Jordán señalaría en Jesús al Mesías (Jn 1, 29).

El canto Bendita eres tú, María que Kiko ha compuesto a partir del texto de Lc 1, 42-45 recoge las palabras de Isabel ante la presencia de María. La primera letra corresponde al saludo de Isabel “Bendita tú entre las mujeres y bendito el fruto de tu seno” (v. 42), pero Kiko añade los dos sujetos de la bendición, la Madre (María) y el Hijo (Jesús) y la causa que la ha propiciado: María, tú has creído. El estribillo del canto recoge la confesión de Isabel en forma de pregunta: “¿De dónde a mí que venga a verme la madre de mi Señor?” (v. 43), adaptado para ser cantado cómo es que la Madre del Señor viene a mí.

bendición y bienaventuranza

Lucas pone en labios de Isabel el título de Kyrios que es el título divino de Jesús resucitado: “Y toda lengua confiese que Cristo Jesús es el Señor para gloria de Dios Padre” (Flp 2, 11). Isabel aparece en este relato como el prototipo del discípulo que confiesa ante su Madre, la Iglesia, que Jesús es el Señor, el Kyrios (Rom 10,9). Esta confesión aparecerá, de nuevo, en el segundo estribillo como respuesta a la segunda letra del canto: María, bendita María, tú has creído a la palabra del Señor.

Nos encontramos así, de forma cantada, con los dos contenidos teológicos esenciales en el saludo de Isabel: una bendición y una bienaventuranza. María es bendita entre las mujeres, porque es bendito el fruto de su vientre; y es dichosa porque ha creído, por su fe. Dos aspectos de la personalidad de María en los que se centra la alabanza: ser madre del Kyrios y ser la primera y gran creyente, la primera discípula de su Hijo.

Las palabras de Isabel, con las que saluda a María, son palabras inspiradas por el Espíritu Santo, Isabel prorrumpe en una alabanza a la Virgen embarazada, su primer grito es una “bendición” (v. 42), que recuerda las palabras de Débora, la profetisa, al cantar la gesta de Yael: “¡Bendita entre las mujeres Yael! (Jue 5, 24), o la bendición con la que Ozías aclama el triunfo de Judit: “Que el Altísimo te bendiga, hija, más que a todas las mujeres de la tierra” (Jdt 13, 18).

La razón por la que Isabel proclama a María como bendita, —sostiene el exegeta J. A. Fitzmyer— “se expresa por medio de una construcción paratáctica: y bendito el fruto de tu vientre; es decir, porque María lleva en su seno al Kyrios (Rom 10,9). Por su parte, el v. 45, con su explícita bienaventuranza —‘Dichosa la que ha creído’—, sirve ya de preparación para ese momento del ministerio público, en el que Jesús va a escuchar de labios de una simple mujer del pueblo un piropo maravilloso dedicado a su madre: ´Dichoso el vientre que te llevó y los pechos que te criaron` (Lc 11, 27). En Lc 1, 45, se hace una mención expresa de la fe de María: la que ha creído; y en Lc 11, 28, la respuesta de Jesús es otra bienaventuranza —´¡Dichosos los que escuchan la Palabra de Dios y la ponen en práctica!` —, que da su verdadero relieve a la grandeza de su madre (Lc 8, 21)”[4].

dichosa la que ha creído

Lo más relevante de esta primera escena es, por una parte, el reconocimiento de Jesús como Kyrios, y por otra, la proclamación de María como la madre del Señor, como la que ha creído, como el modelo de fe. Desde el mismo comienzo de su narración Lucas funde dos temas capitales en la figura de María; la humilde “esclava del Señor” (Lc 1, 38) es “la que ha creído” (Lc 1, 45), la que realiza en toda su plenitud el “ser discípulo” (Lc 8, 19-21).

En la segunda letra del canto se describen los signos del encuentro entre las dos mujeres: Porque apenas he sentido tu voz, algo se ha movido dentro de mí. El niño ha exultado de gozo; el evangelista Lucas afirmará que “Isabel quedó llena del Espíritu Santo” (v. 41). Los saltos del niño en el interior de Isabel tienen también su precedente figurativo en un pasaje del Antiguo Testamento (Gn 25, 22-24). Otra estéril, Rebeca, lleva en su vientre una pareja de gemelos que saltan y se agitan en sus entrañas, prefigurando ya las rivalidades futuras entre los dos hermanos —Esaú y Jacob— y entre los dos pueblos que van a constituir su descendencia.

La visitación ha producido sus frutos: Isabel es agraciada con el Don del Espíritu Santo y confiesa la maternidad de María y la Divinidad del Hijo que lleva en su seno, al que llama Kyrios; el hijo que lleva en sus entrañas Isabel, también saltó de gozo y prorrumpió en el primer grito premonitorio de lo que será su misión, ser la voz que preparará la manifestación del Mesías de Israel y del Cordero de Dios que quita el pecado del mundo.

creer, concebir, gestar

Sí, en el misterio de la visitación descubrimos un paradigma de lo que significa la evangelización: María, la joven virgen ha sido evangelizada por el Ángel y ha gestado en su seno al Verbo de Dios. Su primera misión, tras la anunciación, será llevar el Evangelio encarnado a su prima Isabel y lo hace poniendo toda su vida en actitud de servicio.

Llevar el Evangelio a todos los hombres es el servicio más precioso y valioso que la Iglesia está llamada a realizar hoy en medio de nuestra sociedad y no tiene otra forma mejor de hacerlo que con el testimonio de vida de los cristianos, así nos lo recordaba el Papa Pablo VI en su Exhortación Apostólica Evangelii nuntiandi: “Para la Iglesia el primer medio de evangelización consiste en un testimonio de vida auténticamente cristiana, entregada a Dios en una comunión que nada debe interrumpir y a la vez consagrada igualmente al prójimo con un celo sin límites. El hombre contemporáneo escucha más a gusto a los que dan testimonio que a los que enseñan, o si escuchan a los que enseñan es porque dan testimonio” (nº 41).

Pero a su vez, Isabel, se convierte, también, en el paradigma de la novedad que lleva el Evangelio cuando es acogido por el destinatario: primero, descubrimos en el gesto de Isabel, su humildad para acoger y reconocer en María a la Madre del Señor, segundo, esta apertura al Evangelio siempre es portadora de una gracia: “A todos los que la recibieron les dio poder de hacerse hijos de Dios, a los que creen en su nombre” (Jn 1,11). María, creyendo al ángel concibió en su corazón y en su seno la Palabra de la Vida[5], Isabel acogiendo a María, también, ha creído y ha gestado en su corazón al Verbo, de tal forma que, también, ella, se convierte en madre de Cristo. “¿Nos atreveremos a llamarnos madres de Cristo?”, se preguntaba Agustín ante sus fieles; y se respondía: “Ciertamente que nos atrevemos”[6].

¡ay de mí si no anunciare el evangelio!

A la luz de este trasfondo teológico podemos hablar del misterio de la visitación como de un icono de la evangelización. El Lineamenta 2011 nos recuerda que “el cristiano y la Iglesia o son misioneros o no son tales. Quien ama la propia fe se preocupará también de testimoniarla, de llevarla a los otros y permitir a los otros participar de ella. La falta de celo misionero es carencia de celo por la fe. Al contrario, la fe se robustece trasmitiéndola” (nº 10), y, en el Instrumentum laboris se afirma con claridad que “toda persona tiene el derecho de escuchar el Evangelio ofrecido por Dios para la salvación del hombre, Evangelio que es el mismo Jesucristo y para poder acceder a esta experiencia, se necesita alguien que sea enviado a anunciarla” (nº 33).

Con el canto “Bendita eres tú, María” se expresa la verdad sobre la maternidad divina de la Virgen (bendito es el fruto de tu seno, Jesús); se señala a María como el modelo de discípulo para todos los seguidores de su Hijo (tú has creído); se hace presente el gozo de haber experimentado la alegría de la salvación a través de la acogida del anuncio del Evangelio y la gestación que ha propiciado, por la fe, en el corazón de los creyentes (apenas he sentido tu voz, algo se ha movido dentro de mí. El niño ha exultado de gozo) y se apunta a la fuente permanente en la que nos nutrimos los hijos de Dios en el seno de nuestra santa Madre la Iglesia: la Palabra de Dios.

P. Juanjo Calles[1]
Párroco de Cristo de Rey de Salamanca



[1] Es autor del libro Resucitó. Fundamentos de una Teología cantada, Publicaciones UPSA, Salamanca 2012. En él encontramos una reflexión más amplia de este artículo.

[2] “Pues de la misma manera que Eva, seducida por las palabras del diablo, se apartó de Dios, desobedeciendo su mandato, así María fue evangelizada por las palabras del ángel, para llevar a Dios en su seno, gracias a la obediencia a su palabra”. Cf. “Del tratado de san Ireneo, obispo, contra las herejías” (Lectura del Oficio del viernes de la segunda semana de Adviento): OGLH (tº Iº), p. 212.

[3]Cf. Dichosa tú, que has creído. Las etapas del camino de fe de María, CCS, Madrid 2006, p. 32.

[4] Cf. Para un estudio exegético de Lc 1, 39-56, ver JOSEPH A. FITZMYER, El Evangelio según Lucas II, Cristiandad, Madrid 1987, p. 135. El Papa JUAN PABLO II al comentar esta intervención de la mujer espontánea dice lo siguiente: “A la bendición proclamada por aquella mujer respecto a la madre según la carne, Jesús responde de manera significativa: Dichosos más bien los que oyen la Palabra de Dios y la guardan (Lc 11, 28). Quiere quitar la atención de la maternidad entendida sólo como un vínculo de carne, para orientarla hacia aquel misterioso vínculo del espíritu, que se forma en la escucha y en la observancia de la palabra de Dios”. Cf. Redemptoris Mater, San Pablo, Madrid 1987, nº 20c. Esta Carta Encíclica es el mejor comentario teológico al misterio de la Visitación.

[5] Así lo explica el Obispo de Hipona: “También para María, de ningún valor le hubiera sido la misma maternidad divina, si no hubiera llevado a Cristo más felizmente en su corazón que en su carne” (cf. SAN AGUSTÍN, Sobre la virginidad, 3: PL 40, p. 398, comenta Lc 11, 27-28: “son más bien bienaventurados…”); y en uno de sus Sermones, afirma: “Primero se realiza la venida por la fe en el corazón de la Virgen y luego sigue la fecundidad en el seno materno” (cf. Sermón 293, 1: PL 39, pp. 1327-1328).

[6] Cf. SAN AGUSTÍN, Sermón 25, 8: PL 46, p. 939.

 

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