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Bienaventurados los mansos 

Por el espíritu de suavidad y delicadeza que impregna su Evangelio, desde muy antiguo se conoce a San Lucas como “Scriba mansuetudinis Christi”: escribano de la mansedumbre de Cristo.

mansedumbre es poder y señorío

Algo de muy especial tiene la mansedumbre, la humildad, la pobreza y sencillez de corazón que en la Sagrada Escritura, en la Filosofía, en la Cultura común de los pueblos, etc., ha suscitado toda suerte de apologías y detracciones. Y sus contrarios no menos. Y la verdad es que encerrar en unas páginas tanta “doctrina” al respecto es un tanto difícil, pero nos interesa sobre todo el mensaje del Señor en la segunda bienaventuranza, que, mira por donde, San Lucas no incluye en las suyas, a pesar de ser el escribiente fiel de la humildad y mansedumbre del maestro.

Mansedumbre es poder y señorío: este es el núcleo de la segunda bienaventuranza, tal como la proclamó el Señor. Puede parecer una paradoja para nuestra mentalidad que razona en términos de “el pez grande se come al chico”, “si no pisas, te pisan”, “quien me la hace me la paga”, etc. Jesús, en cambio, pide perdonar al enemigo (Mt 5,44) y no hacer frente al malvado (v. 39), porque el ojo por ojo y diente por diente no acarrea, como tenemos comprobado, sino la ceguera para todos y la imposibilidad de comer.

En la predicación de Jesús, a la mansedumbre la acompaña por delante la bienaventuranza o felicidad y, por detrás, la posesión de la tierra (Mt 5,4). El evangelista utiliza un verbo que leído “in extenso”, en todo su alcance significativo equivale a “poseer en herencia”, es decir, a título de donación por su propietario. Quien recibe esta herencia se hace dueño de ella con el mismo título del dueño donante. Y como éste es Dios, el dueño y Señor de la tierra, el heredero de la misma resulta ser también señor. San Pablo dirá, pues, con toda razón que todo es nuestro, por ser nosotros de Cristo, y Cristo de Dios.

La imagen del manso, de la mansedumbre misma, es el cordero. Su forma de ser recorre toda la Escritura como expresión de la voluntad de Dios de encontrar una forma eficaz de perdonar los pecados de Israel: desde el cordero expiatorio que cargado con los pecados del pueblo es entregado al desierto en expiación, pasando por el Siervo de Yahvéh del cuarto Canto de Isaías (Is 52,13-53,12), hasta el Cordero señalado por Juan como el que “quita el pecado del mundo (Jn 1,36) y quien, degollado y resucitado, conoce el secreto del Libro de la Historia y puede revelarlo (Ap 5 y 6). Este Cordero es un León que tiene siete cuernos y siete ojos, es decir la plenitud del Poder y de la Sabiduría del mismo Dios (Ap 5,6). La mansedumbre le da al Cordero todo Poder sobre los cielos, la tierra y los abismos (Flp 2,9-11): “Cristo Jesús es Señor”.

la mansedumbre que propone Jesús lleva a sus seguidores a este mismo Señorío

En la Escritura “Tierra” se identifica con una forma de vivir que sólo su Dueño absoluto puede regalar a su pueblo: no son tanto cosas cuanto condiciones para que el hombre fiel se reconozca a sí mismo como persona amada por Dios, protegido por su Providencia que guía y conduce la Historia de conformidad con su Voluntad y Bondad. La “gloria de Dios” es otra expresión de esto mismo. En Isaías 66,1-2 dice Yahvéh: “El cielo es mi trono y la tierra el estrado de mis pies… En ese pondré mi amor (ojos), en el humilde y el abatido que se estremece ante mis palabras”. No se puede glosar mejor en qué consiste la mansedumbre propuesta por Jesús.

El amor recíproco de Israel y de todo hijo de Dios por Yahvéh no se parece en nada al amor de los hombres a sus dioses, porque el amor de Yahvéh Dios por sus hijos es tan único, especial y verdadero como lo es Yahvéh mismo.

Al comienzo de estas catequesis sobre las Bienaventuranzas decía que el Señor “se sentó y levantó los ojos” para hablar. Este doble movimiento indica la doble dimensión de sus palabras: trae la Palabra de lo alto a nivel de la gente humilde. Su discurso no es que escandalice al sentido común (que también), sino que revela la personalidad auténtica del carpintero de Nazaret. Y esto es lo que Nietzsche no pudo soportar. Al espíritu o razón de la tragedia griega (que encarna Dionisos) le es inaceptable y aborrecible que alguien que no sea Dios pueda decir “Felices los mansos”; es la insensatez de un demente que pretende erigir el resentimiento del débil y disminuido en moral universal.

Desde Caín a Nietzsche (sin dejarnos a Barrabás) crispa los nervios de cualquiera que un carpintero, que para más inri (¡vaya coincidencia!) moriría colgado de un madero, grite al mundo: “Oísteis que se dijo: ‘Odiarás a tu enemigo’, pero yo os digo: ‘Amad a vuestros enemigos y rezad por los que os persiguen’”. Y lo peor de todo, lo que injuria hasta el paroxismo al dios griego: “para que así seáis hijos de vuestro Padre celestial” (Mt 5,43-45). Resulta que el balido del cordero se convierte en rugido de León: ¡inaguantable! Nuestra lógica no resiste este hablar.

Ya le pasó al Señor mismo: había ya entonces quienes, al oírle hablar, decían: “tiene un demonio; ¿por qué le escucháis?”; otros: “Duro es este lenguaje; ¿quién puede sufrirlo?”. Claro que no faltaron quienes se preguntaban: “¿Cómo un endemoniado puede abrirle los ojos a un ciego de nacimiento?; ¿de cuándo acá?”

El superhombre de Nietzsche (y de tantos otros) encierra su filosofía en una dialéctica de contrarios (Dionisos – Jesús de Nazaret) que resulta imposible reducir a una síntesis aceptable. Sólo queda una solución: a golpe de martillo (¡otra vez el martillo: como en el Calvario!) destruir un elemento de la contradicción; acabar con el Sermón del Monte. Pero nosotros hoy sabemos bien que la llave de la vida, de la Historia tiene forma no de martillo, sino de Cruz.

Hemos visto al río inmenso de la Historia dejar entre los cañizales y junquerales lodos que apestan a cadáver. Claro que ha habido una transmutación: determinadas filosofías nos han dejado desesperanza y, de una u otra forma, estas ciénagas son de aquellos lodos río abajo: miles de millones de muertos.

¿qué diremos a esto?

Que manso no es quien se deja robar o esquilmar por cobardía, debilidad, etc., sino quien da de comer y beber a su enemigo hambriento y sediento (Pr 25,21; Rm 12,20) porque él come y bebe gracias a Dios. Es manso el que conoce que nada tiene de sí mismo sino recibido de Dios y en nada se gloría si no es en repartir con los demás. Es manso quien habita, como poseída en herencia, una tierra que es regalo de Dios, cuyas cisternas de agua, sus olivares y viñedos y casas le mantienen siempre presente que no hay otro Dios que Yahvéh (Dt 6,10-13).

También diremos que el humilde de la segunda bienaventuranza sólo es el opuesto al cainismo, al barrabasismo y al espíritu dionisiaco que hace del músculo y el poder humanos su bandera.

Manso, pobre y humilde según el Evangelio es quien ha aprendido el misterio escondido desde siempre y revelado a los sencillos, a quienes son como niños (Mc 10,15), justo lo contrario de ese tipo de hombre que vende tanto ahora; supermanes de todo género humanoides, gatos, murciélagos, arañas, magos de batuta fácil…

Ya Sofonías cambió el significado común de “pobre” por el de “buscador de Dios, de la justicia y la humildad” (So 2,3). De igual modo, cambia Jesús el sentido del poder y del dominio: “Vosotros me llamáis Maestro y Señor, y decís bien porque lo soy. Pues si yo, el Maestro y Señor os he lavado los pies, debéis hacer vosotros otro tanto. Ahora que sabéis esto, seréis felices si lo ponéis por obra” (Jn 13,13-17).

Ser manso es una actitud profunda de confianza plena en Dios, en su poderosa actuación en la vida, y a quien se deja la defensa y el derecho del débil. Desde luego, nada tiene que ver con los modos del hombre de “puño en rostro”. Someterse a la voluntad de Dios no es dejarse atropellar y avasallar neciamente; es, sí, una sabiduría sublime que reconoce en la debilidad la verdadera fortaleza, y traduce este reconocimiento en perdón y misericordia.

Interesa, a estas alturas, mucho más el texto de Lucas 1, 40-55 que los discursos supervitalistas que exaltan el poder y la fuerza, sean de la clase que sean. María canta el amor de Dios que abraza su feminidad y la hace fecunda por su entera disposición al plan divino. La mansedumbre de María introdujo la Eternidad en el tiempo, una vez que este hubo llegado a su sazón (Ga 4,4). Y desde entonces su corazón inunda el mundo de ternura, dulzura y esperanzada fortaleza en la lucha por el triunfo del bien.

Ojalá María santísima nos alcance del Espíritu Santo la imitación de la mansedumbre de Cristo, como Pablo escribió a los corintios, para tratarnos unos a otros con amor de mansedumbre (Ga 6,1), de modo que la fidelidad a “la vocación a que hemos sido llamados, procediendo con toda humildad y mansedumbre en el sufrirnos unos a otros” (Ef 4,1-3) nos permita mantener la caridad y la unidad, a fin de que el mundo crea y se salve.

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