Un mensaje profundo en un lenguaje sencillo|miércoles, octubre 16, 2019
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Bienaventurados los misericordiosos porque alcanzarán misericordia 

En esta vida hay cosas que no pueden esperar; mucho menos dejarse para mañana. Una de ellas es la misericordia. Otra su inseparable compañero, el perdón.

Como de la higuera se recogen higos, se recogen de la misericordia la reconciliación y la paz. Ya sabemos que toda recolección tiene su tiempo propicio y oportuno. Por esto la Escritura apremia: “que no se ponga el sol sin haberos perdonado”. ¿Por qué tanta prisa?

Siempre me ha llamado la atención que Jesús advirtiera o previniera a Pedro de que su negación repetida ocurriría antes del segundo canto del gallo. ¿Por qué tan de madrugada?.

“Es bueno proclamar por la mañana tu misericordia y de noche tu fidelidad (Sal.91)

El canto del gallo pone un límite, en el tiempo, a las negaciones de Pedro y a las nuestras. Pero también es verdad que indica el momento en que se activa la misericordia de Dios a través de su siervo Jesús. Fue la mirada del Señor (Lc.22,61) la que alumbró la memoria ennochecida de Pedro… y así se hizo de madrugada en su alma. Como nos ocurre a nosotros: es luz poder reconocer que la altanería siempre equivale a desconocimiento de si mismo; a mucho desconocimiento.

Yo creo que en las palabras premonitoras del Señor a Pedro no hay un reproche adelantado a los hechos, y amargo. Ni siquiera una corrección, en primer plano. Hay mucho más: Jesús muestra al apóstol que por mucho que corra su pecado, más rápida va la misericordia de Dios. Lo mismo que apenas la noche se da cuenta de que lo es cuando ya despunta la amanecida: ¡que rápida, en verdad, va la Luz!

También fue una madrugada cuando Dios desplegó toda su infinita bondad, y la negra negrísima muerte quedó definitivamente absorbida en la luz de la Resurrección.

Hecha la luz en su corazón al canto del gallo, Pedro ya puede ver que por muy madrugadora que haya sido su traición, antes había llegado Jesús, para ser negado. No es el Maestro el que se sorprende del pecado del discípulo, sino al revés: éste es el que se queda pasmado de cuán anterior le es el amor de Dios. Es tanta la delantera que le saca al pecado la misericordia de Dios, que El nos ama no a pesar de que somos pecadores, sino precisamente por verlo. Quizá Judas no se dio cuenta de esto y…

Dice Santiago en su carta que “la misericordia se ríe del juicio”. (St.2,13), y pudiera ser que pensara en la misericordia de Dios y en el juicio de Piloto a Jesús  (¡Quién sabe!). No obstante, y a Pablo sale al paso de quien pudiera concluir que si Dios es tan bueno, cuanto más pequemos más bueno se mostrará (Rom.3,8;6,1.15). ¡Ni hablar! ¡eso no! En nuestra forma y condición de ser va que pequemos y va la necesidad de ser “misericordiados” por Dios: ”Dios encerró  a todos los hombres en la rebeldía, para con todos usar de misericordia” (Rom.11.32). La historia de todo pueblo y de todo hombre muestra un elemento común: su negativa a la solicitud amorosa de Dios llega más tarde que aquella Bondad que se ofrece sin condiciones, arriesgando ser rechazada y despreciada. Porque Dios es Amor en estado puro. En las palabras de Pablo a los romanos no hay malévola intencionalidad de Dios, como en el bombero pirómano; no hay finalidad aviesa, porque la finalidad mira al fin y el amor de Dios mira al fin, al principio y al medio.

Se entiende ahora (quizá) que Cristo sea Alfa y Omega, no sucesivamente, sino todo a la vez. Es decir: es todo él Amor fiel. A Dios gracias, no nos ama con un amor como el nuestro, fragmentario, tornadizo, interesado y raquítico.

Los hebreos usan “hesed” en el mismo sentido que los griegos “eleos”: Dios ama con entrañas de misericordia (Dios posee “rehem” y “rahanum”): tiene un corazón de carne, indefectiblemente apegado a la ternura; como el de las madres.

Una madre ( y un padre) ama a su hijo “entrañablemente”, desde sus genes, que son esos ladrillitos minúsculos con que el Creador nos ha fabricado, y que además tienen  la peculiaridad de transmitirse en cuanto se les propicia el arrejuntamiento con los de otra persona, siguiendo un certero instinto, primero divisor( pasan el 50% de cada parte) y luego multiplicador: de dos seres resultan tres.

La arcilla origen de estos ladrillos responde a la tierra del paraíso convenientemente tratada por las manos de Dios: amasada y vivificada por su aliento; por su amor. A los primeros de todos los fabrico Él de ese modo; a los demás nos dan el ser hombres otros hombres que vienen de aquéllos. Solo el amor garantiza la plenitud del ser. Desde el Génesis a Juan (19,26-27), pasando por Isaias (49,15)y Oseas (11,b), Dios se ha esforzado en decirnos cómo es su misericordia y cuál la naturaleza de su Amor.

Y ¿cómo es?.¿cómo de grande; de intenso; de dulce; de tierno; de hondo; de divino; de extraordinario; de radiante; de vivificante, o bien dador de la más dulce de las muertes?: ¡quien pudiera morir de este Amor!

La misericordia no puede esperar; ni puede definirse: sólo puede mostrarse con contornos imprecisos y colores desvaídos. No es lo mismo decir “Dios de las misericordias” que decir que Dios tiene misericordia. En el plural hay algo que no se ve en el singular. “Misericordias” quiere poner en Dios una afición o deseo por mostrar el interior de las paredes de su corazón. Las misericordias son las entretelas, las entrañas nutricias del Padre, que por eso es Padre. Un ser con un interior así sólo puede serlo Dios. Dicho de derecha a izquierda: Dios verdadero sólo puede serlo aquél que nos ame nutricialmente , comunicándonos su misma vida. Cualquier otro es falso. Por ejemplo, el dinero es un dios falso porque no nos da la vida ( no la tiene), sino todo lo contrario. “Dios de las misericordias” desvela que Dios es amor en un grado ( por extenso y por intenso) que no podemos ni imaginar; sólo podemos…decir que ni lo podemos imaginar. Ahora, eso si,: como mucho ( y es muchísimo, es lo más y mejor) podemos disfrutarlo y aprovecharnos de él.

Un día este Dios dijo a Moisés: “ Tengo misericordia con quien tengo misericordia” ( EX.33,20). La reiteración no es tal, al menos, según Santiago: “quien no tuvo misericordia, tendrá un juicio sin misericordia”. Ahora sí que se acordaba de aquello del Señor:”Sed misericordiosos como vuestro Padre celestial es misericordioso “. Por otra parte, las palabras del Éxodo parecen simple repetición por la natural propensión que nos caracteriza al equilibrio, a la paridad, a la “justicia igualitaria”, es decir “interesada” la mayoría de las veces.

Cuando el amo de casa vuelve y llama a cuentas a sus criados, lo mismo que el amo de la viña cuando manda al capataz pagar a los trabajadores, salta a la vista lo des-medido o desproporcionado de la retribución, en el segundo caso, y de la respuesta de los criados retribuidos (no del otro) al don inicial de su señor, en el primero.  Un denario (por resumir lo que estamos diciendo) es absolutamente desproporcionado para cualquiera: a lo mejor  porque es mucho, o porque es muy poco, o porque comparativamente no hace justicia; por lo que sea. En cualquier caso, la enseñanza del Señor es clara: viniendo de Dios cualquier paga nos sobrepasa; y si esa paga es Él mismo…,¡ni te cuento! No mide Dios con nuestra vara: la suya no tiene medida, que es tanto como decir que a Dios no le vale lo de “uno me diste; pues aquí lo tienes” .

Tampoco debiera servirnos o valernos a nosotros: debiéramos amar a los demás sin cinta de medir.

Lo que nos pondrá a la derecha o izquierda del Juez Justo, en aquél  Día de la Verdad verdadera, es el amor a los “pordioseros”, en el sentido literal de que amamos “por Dios” a quien nos solicita nuestro amor “por-Dios-eramente”. Amar a los hermanos por Dios es el criterio que S.Juan utiliza para hallar la solución al único problema auténticamente tal: si hemos pasado o no de la muerte a la vida (1 Jn.3,14). Y es esto así porque la sola presencia de los pordioseros atestigua la necesidad que el mismo Dios tiene de nuestro amor. El pordiosero hace sobre el mundo un juicio, según el cual, quien más da es quien recibe de nosotros el amor, y quien más recibe somos nosotros al usar con ellos de misericordia. Magnifico trueque que nos reporta la vida eterna. Fray Ángel de Alarcón lo dijo en unos versos preciosos acerca de esta bienaventuranza:

“…serán del justo Juez reconocidos,

dándoles la corona,

como si en su persona

fueran dél tales dones recibidos,

dándoles por los bienes temporales

los inmensos sin fin y celestiales.”

(“Sobre las ocho bienaventuranzas predicadas por Cristo en el monte!. En “Suma Poética”. José María Pemán. BAC. Madrid, 2008)

Para la espiritualidad cristiana la misericordia es hermana gemela de la contrición de corazón; David, el rey, sabía mucho de esto. Sabía que sólo Dios es capaz de un perdón a la medida de tan gran pecado como el suyo: Dios se vengó del adulterio y del asesinato convirtiendo el corazón del rey, prepotente e injusto, en otro “contrito y humillado” (Sal.51,19). El amor misericordioso de Dios anegó la maldad de David como las aguas colman el mar. La misericordia desde las entrañas, como es la de Dios para con nosotros, resulta de la confluencia de la ternura y la fidelidad de Yavé en Jesús de Nazaret, nuestra Nueva Alianza. En Jesús Dios es plenamente Dios con nosotros, Dios fiel al juramento hecho a los padres(Neh.1.5;9.32;Dt.7.7;2 Re.13,23); Dios, auxilio en la necesidad; Dios activo en  la aflicción, al  oir el clamor, conocer las angustias de su pueblo, y en bajar a salvarlo( Ex.3,7 ss). Así se nos muestra “hanúm wé-rahum”, piadoso y compasivo, tardo a la cólera y rico en piedad y misericordia(Ex.34,6-7)

Nuestros ojos no saben  ya en qué fijarse más: si en lo lenta que va su ira o en lo abundante e ilimitada que es su bondad. Lo que si está claro es que su ser de Dios, su “quieta eternidad” es movible, y se acomoda a nuestras idas y venidas, a nuestra proclividad al pecado, sin dejar nunca de ser Él mismo. Como dice el Salmo 118, su misericordia es eterna, sin desmayos, inquebrantablemente  fiel a la Alianza(Ex.6,5). Lo único que en Yavé Dios es un tanto débil, es la memoria ,para bien nuestro, pues dice Jeremías que un día vendrá en que Dios hará con su pueblo una Alianza nueva, o sea en la que la culpa quedará perdonada, y del pecado ya no se acuerde más(Jr.31,34). Sólo con los hijos mimados se tienen olvidos así (v.20)

Jesús, el señor, nos reveló de cuántas misericordias es Dios su padre celestial. Lo que más admira en la parábola contada por Lucas en 15,11-32 es el profundo conocimiento que el padre tiene del alma de sus dos hijos: sabe que en todo corazón se dan las dos actitudes. Desde el corazón del padre: ¿con cuál de los dos fue más misericordioso: con el pródigo o con el que se quedó en casa? Una misma  es la esperanza que llena el corazón del padre: que vuelva a casa el que se fue y que entre en casa el que rehusaba hacerlo. Dios Padre no puede con la idea de estar solo en una casa tan grande, pensada y fabricada con tanto esmero y cariño para cobijo de todos.

Y hablando de esperanza: ¿Quién esperó como María, la Madre de Jesús? El Dios misericordioso la vistió con un traje de gala y de triunfo que es la envidia de la luz de las estrellas, y le puso la corona duodeciforme de todas las gracias ante la que apenas se notan los relumbres de las piedras preciosas; pero sobre todo le dio un rostro…Si así era la corona, ¿cómo eran sus ojos?¿cómo son sus ojos? Pues son…¡misericordiosos!, y los tiene para mirarnos a nosotros, sus hijos. Arrebatados, pues, por tan excelsa y bellísima hermosura no nos queda otra cosa que decirle que los mantenga vueltos a nosotros , porque en este fatigoso caminar su inmaculada dulzura es toda nuestra vida.

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