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Bienaventurados… los “pringaos” 
12 de Junio
Por Jerónimo Barrio

“En aquel tiempo, al ver Jesús el gentío, subió al monte, se sentó y se acercaron sus discípulos…”

Jesús se percata de la multitud que ha concentrado y como buen pedagogo, se pone en el lugar mas apropiado para ser bien visto y oído. Se sienta para dar serenidad y calma a su discurso, como el juez que va a dictar sentencia. Se preocupa de que los suyos, sus elegidos, estén en primera fila para enterarse mejor que nadie de lo que va a decir.

Todos estos detalles, preliminares al discurso de las Bienaventuranzas, dicen mucho. Jesús sabe bien la trascendencia de  lo que va a decir. Sabe también que  es el momento idóneo para lanzar el discurso estrella de toda su enseñanza, el compendio de lo que debe ser un seguidor de Cristo, la esencia del ser cristiano.

Es como un mitin de fin de campaña electoral, lleno eslóganes, promesas de todo tipo y frases contundentes, que llenan de esperanza a sus votantes y que resume lo dicho en el resto de la campaña.

De Jesús, también podríamos esperar un discurso de este estilo para llevar al bienestar a sus votantes, al triunfo en sociedad y a la grandeza al estilo humano.

Sin embargo lo que Jesús proclama es una sucesión de sentencias en forma de bienaventuranzas que son un “tratado del fracaso” o como diríamos hoy, un manual breve de “el buen pringao”, un ejemplo perfecto de ciudadano perdedor a los ojos del mundo: bienaventurados los pobres, los mansos, los que lloran, los que padecen la injusticia, los que son insultados por su nombre…

A cualquier político con este discurso ya le habrían abandonado todos.

Pero lo asombroso de Jesús es que después de este discurso de las bienaventuranzas, de este discurso del “fracaso”, logra el mayor éxito electoral posible: 21 siglos siendo reelegido silenciosamente y a diario por sus “electores”, en cada rincón del mundo, en cada Iglesia, en cada hogar, en cada corazón de un bautizado.

Las Bienaventuranzas van dirigidas al corazón, a aquel lugar al que Dios apunta siempre, en lo profundo del ser, allí donde no llegan los hombres por brillantes y prometedores que sean sus discursos. No hay nada como haber experimentado alguna vez el fracaso a los ojos del mundo, el dolor por sentirte apartado de los demás, la injusticia y la burla por ser fiel al Señor, para comprender a fondo las Bienaventuranzas.

Bienaventurados los pobres de espíritu, aquellos que se preocupan por la vida espiritual, por lo que no se ve, aquellos que rezan frente a la mirada incrédula de los demás,

Bienaventurados los que lloran, aquellos a los que nunca parece salirles nada bien en esta vida, los que viven en la ruina, los que pierden personas y cosas importantes y no se desesperan porque confían en Aquel en el que han puesto su verdadera esperanza.

Bienaventurados los que tiene hambre y sed de la justicia, los que buscan la Verdad, esté donde esté, los que se oponen a los crímenes silenciosos de este mundo que todos callan, los que no aceptan que unos mueran de hambre y otros tiren comida, los que no aceptan que se llame derecho a lo que es un crimen…

Bienaventurados los misericordiosos, aquellos a los que les duele el sufrimiento ajeno, que no pasan de largo frente al dolor del hermano, los que pierden su tiempo por los demás para alegrarles un poco la existencia, los que están siempre disponibles aunque sea para coger una mano cuando sólo se pueda hacer eso.

Bienaventurados los limpios de corazón, los que viven en el orden de Dios, el de la Verdad, sin dejarse llevar por las modas ni las conveniencias

Bienaventurados los que trabajan por la paz, los que saben ceder para evitar conflictos, los que no son vengativos, los que saben perdonar de verdad sin rencor, aquellos que silenciosamente  crean ambientes de paz y de concordia, sin ponerse medallas, sin que nadie lo sepa.

Bienaventurados los perseguidos por causa de la justicia, por decir la verdad aunque les cueste perder, por defender lo justo aunque les lleve a la ruina o a la deshonra.

Esa es la grandeza de Jesús. Dice lo que otros no se atreven a decir por miedo a perder votantes. Dice lo que hay que decir para ganar las únicas elecciones que nos deberían de importar, las del Cielo.

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