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“Bienaventurados los que crean sin haber visto” 
19 de Abril
Por Mª Nieves DíezTaboada

AL anochecer de aquel día, el primero de la semana, estaban los discípulos en una casa, con las puertas cerradas por miedo a los judíos. Y en esto entró Jesús, se puso en medio y les dijo: «Paz a vosotros».Y, diciendo esto, les enseñó las manos y el costado. Y los discípulos se llenaron de alegría al ver al Señor. Jesús repitió: «Paz a vosotros. Como el Padre me ha enviado, así también os envío yo».

Y, dicho esto, sopló sobre ellos y les dijo: «Recibid el Espíritu Santo; a quienes les perdonéis los pecados, les quedan perdonados; a quienes se los retengáis, les quedan retenidos».

Tomás, uno de los Doce, llamado el Mellizo, no estaba con ellos cuando vino Jesús. Y los otros discípulos le decían: «Hemos visto al Señor».

Pero él les contestó: «Si no veo en sus manos la señal de los clavos, si no meto el dedo en el agujero de los clavos y no meto la mano en su costado, no lo creo». A los ocho días, estaban otra vez dentro los discípulos y Tomás con ellos. Llegó Jesús, estando cerradas las puertas, se puso en medio y dijo: «Paz a vosotros».

Luego dijo a Tomás: «Trae tu dedo, aquí tienes mis manos; trae tu mano y métela en mi costado; y no seas incrédulo, sino creyente».

Contestó Tomás: «¡Señor mío y Dios mío!».

Jesús le dijo: «¿Porque me has visto has creído? Bienaventurados los que crean sin haber visto».

Muchos otros signos, que no están escritos en este libro, hizo Jesús a la vista de los discípulos. Estos han sido escritos para que creáis que Jesús es el Mesías, el Hijo de Dios, y para que, creyendo, tengáis vida en su nombre (San Juan 20, 19-31).

COMENTARIO

La liturgia nos ofrece hoy este precioso  pasaje del evangelio de Juan en un  álgido momento de la  luminosa  Pascua de Resurrección. Los humanos  estamos pasando un tiempo especialmente duro,  atemorizados, sobrecogidos, por  la horrible presencia de la peste. Nosotros los cristianos, que vivimos la esperanza como un mandato inherente a la fe y la alegría como  consecuencia de ella, estamos ahora desorientados ante el siniestro desfile de los muertos.  La muerte se nos olvida con el ensordecedor estruendo de la vida, pero ante su tan descarnada y cruel presencia,  cuando se ha ensañado sobre todo con el frágil grupo de los ancianos recluidos en las residencias, todo se nos presenta borroso y fuera de foco. ¿Por qué?

Nos negamos a admitir un castigo a tanta frivolidad  humana, a tanta indiferencia suicida, a tanto egoísmo culpable. Intentamos apartar los negros nubarrones y sabemos que detrás de la apretada niebla está el sol y ahí arriba sigue Dios mirando su obra con amor.

Llanto y luto. No, Jesús ha resucitado y no podemos llorar lo mismo que el viernes santo. No, Él ya ha  acogido en su amoroso  corazón abierto a todos los ancianos  muertos sin la caricia de los suyos y los ha abrazado entre la dulce tenaza de sus brazos llagados. Él ya les ha mostrado la armoniosa belleza de su rostro   inundándolos  de esa luz  del que es luz, que dañaría nuestras débiles retinas, Él  les enseña las estancias del paraíso, los alegra con las melodías de los coros angélicos y les hace gustar la fragancia de sus jardines. para que disfruten del gozo de habitar para siempre en el reino de Dios.

RESURRECCIÓN

Ímpetu de vigor y de potencia

bajó a tu sepultura en llamarada,

de la divinidad, la ilimitada

energía creadora de su esencia;

rehizo tu vivir y tu consciencia,

más, en tu mansa carne castigada,

del látigo, los clavos, la lanzada

firmó la cicatriz feroz presencia.

Como Tomás, mi Dios y Señor mío,

mis dedos en tus llagas, canto al verte

vivo resucitado tu victoria

sobre el mal y el dolor, tu poderío,

que humillada la muerte con tu muerte,

inauguró tu gloria nuestra  gloria.

Abril-Mayo, 2014

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