Un mensaje profundo en un lenguaje sencillo|miércoles, septiembre 23, 2020
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Bienaventurados los que lloran 

¿A qué llanto, a qué aflicción, a qué consuelo y a qué risas se refiere el Señor?
Todos hemos estado afligidos y hemos llorado en ocasiones; pero ¿siempre hemos sido consolados y siempre hemos reído después?; ¿no nos ha ocurrido que se nos han secado los ojos, sin más, y que la angostura del corazón ha ido aflojando, simplemente porque se nos ha ido pasando? Es esta una reflexión bien oportuna y necesaria.
Sobre tres Palabras de la Escritura (entre otras muchas) puede articularse la bienaventuranza tercera:
Las lágrimas son mi pan noche y día,
mientras mis enemigos me acosan preguntándome sin cesar:
“¿Dónde está tu Dios?” (Sal 42,4).
… y saliendo (Pedro) fuera, lloró amargamente(Mt 26,7).
Bienaventurados los que ahora lloráis, porque reiréis (Lc 6,21b).

Hay lloros y lloros, lágrimas y lágrimas; es muy importante acertar con qué lágrimas y con qué risas podemos identificar esta bienaventuranza.
Si fundimos en una sola proclama a Mateo y a Lucas, el Señor llama dichosos a los que están afligidos (Mateo) o lloran (Lucas), porque serán consolados (Mateo) o reirán (Lucas). La experiencia del sufrimiento y la del gozo son universales.
En las bienaventuranzas enseña el Señor que se es feliz por aquello que acompaña al objeto de la bienaventuranza. Llorar, gemir, sufrir no hace a nadie feliz; es más, el mismo Jesús pasó sanando y curando, y el alivio de nuestras dolencias y sufrimientos es un signo de su mesianismo.
Mateo y Lucas ponen de manifiesto que cuando la aflicción acarrea el consuelo y las lágrimas producen el gozo del corazón en el Señor, entonces se trata de un sufrimiento que redime y salva.
La redención del alma es el fruto sazonado del llorar y de la aflicción según Dios.

mucho lloró Pedro, por la honda aflicción de su pecado

Seguro que Pedro recitaría miles de veces, desde aquel amanecer en que “cantó el gallo” hasta su muerte, con el corazón lleno de consuelo, el salmo 42: “Las lágrimas son mi pan noche y día” (v. 4).
Mucho lloró Pedro por la honda aflicción que le producía su pecado… ¡perdonado completamente por Jesús! No llora de remordimiento, sino de contrición; del amor que el “contacto” con el resucitado suscitaba en él.
También por amor la pecadora lavó con sus lágrimas los pies del Señor; por un amor que es imposible separar del perdón (Lc 7,36-50).
Si el dolor, el pesar, el sufrimiento, la aflicción y la angustia tuvieran peso del que obedece a la ley de la gravedad, y éste se amontonara en un borde de la Tierra, la misma se saldría de su carril y se despeñaría por los fondos abismales del universo.
Es mucho lo que los humanos sufrimos; muchísimo. Y también mucho lo que se ríe. El lamento del mundo y las risotadas del mundo a veces son ensordecedoras, es decir, nos hacen sordos a otros sonidos, a otras palabras. Las que nos traerían el consuelo y el gozo.
Tiene el Señor un dicho precioso que viene al caso: “Mirad bien cómo oís” (Mc 4,24). Para un mirar así, que permita oír como el Señor quiere, hay que tener “los ojos muy llorados”, a lo Pedro. Limpios por las lágrimas de la contrición, del amor rescatado, recuperado.

¿dónde está tu Dios ahora?

El salmo 42 es una hermosísima oración del corazón de un desterrado, de quien ha perdido lo que más ama: la tierra donada por Dios como signo de su Amor y su Alianza. Este dolor sólo es comparable al de perder al hijo único.
Era el —dolor— de María, que a cuantos pasamos por la Cruz nos pregunta, como ya hiciera el profeta, si conocemos un sufrimiento como el suyo.
Y lo más lacerante del sufrir humano es la insidiosa pregunta con que se hace acompañar, que nos asalta como se asaltan las almenas de una fortaleza, “a sangre y fuego”: ¿Dónde está tu Dios ahora? ¿a ver?
Punzada en el corazón, que te lo raja incurablemente, si Dios no lo remedia.
Le pasó a Judas: su suicidio fue… ¡una pena!, es decir, fruto de un penar sin fondo, que hizo trizas el último baluarte de su castillo interior. Pero ¿fue su traición —la de Judas— mayor que la de Pedro o que las nuestras? Sin dónde guarecerse, su alma se quebró sin remedio. Luego lo hizo su cuerpo. Según Lucas, Satanás trabajó a Judas desde dentro y meticulosamente (22,3): fue apagando una tras otra las lámparas que el Maestro encendió en él, a lo largo de los años que vivieron juntos. Que la noche se lo tragara definitivamente fue una lógica consecuencia (Jn 13,30). Judas es el mundo; ni más ni menos.

la respuesta, a la altura del costado derecho del crucificado

Una señal inequívoca de esta negra y espesa noche, es el empeño de tantos en que las madres nieguen la luz al hijo de su seno, haciendo así de su vientre su primera sepultura.
¡Lo que habrán llorado luego estas mujeres en la más fiera aflicción! Lo dice la Escritura: “Es una aflicción de la que sale la muerte o que colapsa el corazón” (Si 38,18),”con tan grande quebranto y grandísimo golpe es golpeada la Hija de la humanidad” (Jr 14,17).
Por eso, el mundo “llora que llora por las noches, y las lágrimas arrasan y resquebrajan las mejillas de los hombres sin cesar “(Lam 1,2; 3,11).
Y todo, ¿para qué?, ¿quién capitaliza tanto dolor?
Dios, lejos de escamotearnos la respuesta, la ha dejado bien clara y palpable a la altura del costado derecho del Resucitado.
María Magdalena la trajo para todos, en la persona de aquellos discípulos, “que estaban afligidos y lloraban, según Marcos (16,10).
Pero hubo resistencias: la de Tomás (el “Mellizo”) fue la mayor. Pero gracias a su metedura de… mano, sus hermanos mellizos (igualitos a él en tozudez) hemos encontrado la llave del Amor mismo de Dios, para el arreglo de nuestros males.

corazones sanados por el agua del Espíritu

En aquella santa “Mezuzá” del Corazón de Jesús, están las últimas voluntades del Padre:  “Ni mi Amor se ha agotado, ni gastado mi ternura. Para vosotros tengo planes y designios no de aflicción, sino de consuelo: Daros un porvenir y una esperanza “(Lam 3.22; Jr 29, 11).
Asunto del corazón es, como se ve, la tercera bienaventuranza. A ella pertenecen los corazones que lloran de contrición y amor arrepentido. Los que han sido saneados por el torrente de agua pura del Espíritu (Ez 36,25ss).
Si las lágrimas no son de amor penitente, sólo queda —está bastante claro— el rechinar de dientes. Cuando la pecadora lloró sobre los pies de Jesús, fue sobre todo su alma la que se limpió. Por eso lo recuerda el Evangelio; para enseñanza nuestra.
En verdad, sólo Dios conoce bien nuestro ser íntimo (Sal 17,3; Jn 2.24-25; Lc 16,15). Por eso ha fabricado nuestro corazón con una “Rosa de los vientos”, de serie (Si 37, 17).
Nada nos atrae tanto como el lucero brillante de la madrugada; sin embargo, mira que braceamos en dirección contraria.
Pero también es verdad que Dios nos ha dado, en sus preceptos y mandatos, gozo y solaz para el alma (Sal 19,8-9); nos capacita para su guarda y cumplimiento, a fin de alcanzar la Sabiduría, y de este modo esperar un día último, en que Él mismo enjugará las lágrimas de todos los ojos, y ya no habrá más duelo ni llanto.
Y así vamos por este valle de lágrimas, con los ojos puestos en las manos de nuestra Señora. Su sonrisa es nuestra vida; la dulzura de su maternidad es alivio a nuestro dolor, y su celestial amor y cariño es prenda y garantía de llegar a entrar un día en el gozo de Cristo Jesús, su hijo y hermano nuestro. Por María Santísima, al Cielo.

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