Un mensaje profundo en un lenguaje sencillo|martes, septiembre 29, 2020
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Bienaventurados los que trabajan por la paz, porque ellos serán llamados hijos de Dios 

Un buen padre reserva, siempre que puede,

para sus hijos el mejor de los trabajos;

y no lo hay mejor que aquel que obtiene,

como acreditación de sí  mismo,

el título de hijo de tan buen Padre.

La razón está en que se trata de un trabajo que filializa,

que nos confiere ser, y por eso llamarnos,

hijos de Dios

¿Qué tendrá la paz para haber comprometido el Señor su palabra en que para quienes la trabajen, la Bienaventuranza consista en tener como paga a su mismo Padre? Tiene eso que hace que uno se sienta tan bien cuando cesa definitivamente un rabioso dolor de muelas…, o de lo que sea. La paz es el alivio del dolor de alma. También es una ocupación, una tarea, y una herencia; un regalo y un salario. La verdad es que ya es bastante paga el trabajo mismo en el negocio familiar de quien es “Príncipe de la paz”.

vino a anunciar la paz

La Cruz nos ha conseguido un patrimonio y caudal de vida y gloria incalculable: la paz con el mismo Dios (Rm 5,1). Esta paz es el cambio en gracia y vida eterna en que ha venido a transformarse el “kirógrafôn” o acta condenatoria que Dios clavó en la Cruz (Col 2,14). Aquella acta de muerte para nosotros se ha trocado en Letra del Tesoro celestial: la glorificación final en el Hijo, hecho primogénito de muchos hermanos (Rm 8,28-30). Cristo Jesús es nuestra paz, Él hizo la paz, haciendo de los dos hombres que habitan en nosotros uno nuevo, reconciliando los dos pueblos que dividen el mundo por el odio, matando a éste en sí mismo (Ef 2,14-16).

Lucas, muy al comienzo ya de su Evangelio (2,14), establece los límites o fronteras del Reino:  “Gloria a Dios en las alturas / en la tierra paz a los hombres”.

Entre el cielo y la tierra, por todo el orbe, la paz  y la Gloria de Dios se convierten en el anuncio del acontecimiento que cambiaría la Historia. Pablo coincide con Lucas: Vino (Jesús) a anunciar la paz: paz a los de lejos y a los de cerca. Porque por Él los unos y los otros tenemos acceso al Padre en un mismo Espíritu (Ef 2,17-18). Esta paz define el Reino de Dios no como de este mundo, por lo que no necesita armas para defenderse (cosa inalcanzable para Pilato; Jn 18,36), sino como de la verdad. La paz en la Verdad es la condición del hombre nuevo, de quien ha pasado de ciudadano terrestre a persona llamada por Dios a una patria nueva, en la que habita la justicia. De aquí que, por un lado, la justicia y la paz se besen, y que Dios bendiga a su pueblo con la paz.

germinó un renuevo de olivo

En María, Tierra Madre, germinó el Espíritu Santo un renuevo de olivo, símbolo y realidad de la paz; se extenderá de mar a mar y de un confín a otro de la tierra, llenando el orbe de bendición. El seno de María, lleno de la Gracia de Dios y del Verbo, es seno del mundo nuevo en que el Cuerpo entero de Cristo se gesta dando cabida en él a todo hombre que lo acepta por la fe. Por esta razón, la Iglesia, el Cuerpo de Cristo, es portadora de la paz como germen de la nueva vida, y no puede renunciar a su anuncio, ya que sería tanto como renunciar a su naturaleza misma de Sacramento de Salvación para todas las generaciones.

Lugar privilegiado donde esta sacramentalidad se ejerce y realiza es la Eucaristía, porque la carne de Cristo actualiza su pacificación del mundo: se convierte en el estaño que restaña las heridas del pecado del mundo y de cada hombre. En la Eucaristía el Cordero inmolado y resucitado reactualiza permanentemente el perdón de los pecados, inunda a la  Iglesia de paz y unidad, en las que se cifra la posibilidad de que el mundo crea en el enviado de Dios Padre.

Sin embargo, el Señor es bandera discutida: con su venida un juicio se ha establecido en el mundo. No ha venido a traer paz, sino guerra; un fuego que está deseoso arda con fuerza… Las casas se dividirán: los padres contra los hijos, y los hijos contra los padres. Es llegado el tiempo en que quien no tenga espada, venda sus pertenencias y se compre una.

sus llagas nos traen la salud

Esta aparente contradicción no es otra cosa que la tensión interna con que opera la dinámica de ese fuego que ha venido Jesús a prender. Su paz tiene como enseña la Cruz, desde la que Él ejerce su Señorío sobre toda carne…, una Cruz que fue la de un ajusticiado y que es ahora de un Resucitado. Por otro lado, su paz no está acabada, porque su pasión ha de ser completada con las nuestras. Las cicatrices del Resucitado están aún sin cerrar (¿cómo, si no fuera así, íbamos Tomás y todos sus hermanos mellizos, a decir “Señor mío y Dios mío?”) y por ellas fluye la vida hasta nosotros. Sigue, día a día, realizándose la palabra del profeta: “Con sus heridas hemos sido salvados”. Sus llagas traen la salud. De aquí que el Señor aparece resucitado con el saludo  de la paz y la presentación de sus heridas. La paz va acompañada de la salud. La paz de la Pascua es salutífera, y cuando nos damos la paz nos saludamos con la Resurrección; literalmente nos salud-damos: nos damos la salud verdadera.

Por otra parte, en las apariciones, cuando el Señor “se dejaba ver” de sus discípulos, debía pronunciar aquel: “La Paz a vosotros”, “Eiréne humin” (Jn 20,19.26), de un modo muy peculiar, como era singularísima su manera de fraccionar el pan, para que en esas “formas” los discípulos reconocieran a Jesús en el Resucitado presente.

Lo esencial reside en que cambia lo que toca: no fueron los discípulos quienes inventaron la historia pascual de Cristo, sino que fue ésta quien los inventó a ellos como Apóstoles de este “camino de vida”. Ellos fueron agregados a la Vida objetiva del Resucitado de modo que ya no vivieran para sí, sino para Aquel que murió y resucitó por ellos: lo que a nosotros se nos propone igualmente.

que no se enturbie vuestro corazón

Una cosa queda, creo yo, bien patente en los relatos anastásicos: la Paz que nos dejó por dos veces el mismo día de la  Resurrección por la tarde (Jn 20,19-21) y el pan partido, también aquel mismo Domingo al atardecer, según cuenta Lucas (24,29-31), son signos repletos de salud para el corazón; realizan su promesa: “Que no se turbe vuestro corazón ni se acobarde; os dejo mi paz” (Jn 14,27). Pido licencia para traducir “tarasestho” por “se enturbie”, pues añade un matiz de enrarecida visión a la zozobra de la turbación y el acobardamiento. Para  ver a Dios en el Resucitado el corazón ha de ver claro, no turbiamente. La Paz aclara el alma  y la orienta en la dirección adecuada. Es lo que le pasó a Tomás que pidió las heridas de Cristo no por malicia, sino por el miedo a que no fuera cierta tan maravillosa noticia de la Resurrección de su Señor.

Ciertamente, sólo quien ha regresado de la oscuridad absoluta de la muerte puede iluminar nuestro interior de ese modo. Sólo quien ha vuelto “ek nekrôn”, de los muertos, puede arrastrarnos al otro lado del valle oscuro y tenebroso. Ahora bien, ¿volvería, por mí, a pasar Jesús por lo mismo que pasó desde Jueves Santo, anochecido, a la madrugada del Domingo? La respuesta en la Eucaristía Pascual. No sólo pasaría…, es que pasa. Eucaristía Pascual es una magnífica redundancia para fortalecer la creencia de que cada Eucaristía es un Triduo Santo y un Domingo Pascual. ¿”Sufre” nuestro Señor cuando se parte y reparte en la Santa Misa? ¡Quién sabe las locuras de su Amor extremo!

cruz, ya siempre, de gloria

Hay muchos sufrires distintos, como muchos  gozares y muchos morires; hasta se muere por no morir:

”(…) sobre un árbol do abrió sus brazos bellos,

Y muerto se ha quedado, asido de ellos,

El pecho del amor muy lastimado”.

Este Juan de la Cruz se parece mucho al otro, al Juan del Evangelio. No se puede amar tanto y estar muerto. El Amor de Cristo exaltado ya y triunfador en la Cruz es nuestra justicia en un íntimo abrazo y beso con la paz.

Una jornada de trabajo en la labranza del Señor…, y nos cae del cielo el “denario de la paz”, salario de los cuatro meses que aún quedan de laboreo, con su sudor y su gozo. Pedro Casaldáliga lo dice en versos muy hermosos:

“Decir el pan, la lucha, el gozo, el llanto,

El monótono sol, la noche ciega.

Verter la vida en libación de canto,

Vino en la paz y sangre en la refriega”.

(Del poema “Y el Verbo se hizo carne”).

No hay gloria sin Cruz. Aún mejor, la Cruz que hay es ya para siempre de gloria, sobre todo porque clavada en las encrucijadas de la existencia señala la dirección correcta por la que se llega a la vida. Basta comparar una habitación de hospital con crucifijo con otra que no lo tenga. Y lo mismo en los colegios y en las clínicas psiquiátricas y en otros sitios.

ha firmado la Letra del Tesoro

¡Qué curioso! La muerte, que es la cosa más común y recurrente, no deja de sorprendernos, como la mayor novedad. He tenido recientemente la gracia de estar presente en la celebración de la muerte (del día del nacimiento auténtico) y, luego, en el lugar de su descanso, de una hermana en la fe con muchas peonadas por la paz en su haber. Cuando quedó definitivamente cerrada la tumba con la lápida, recordé el hermosísimo capítulo 4 de la Carta a los Hebreos: para nosotros, que somos el pueblo de Dios y la casa propia del Señor Jesús (3,6) queda un descanso sabático, que para ella es un año que comienza ahora y acabará el día de la Resurrección.

Y, por otra parte, qué suerte la de los enterrados a su lado; tenerla por vecina en este lugar de dormición santa les acarreará un auxilio final adicional: la resurrección de Carmenchu les arrastrará al cielo en aquel día feliz. Hay una cierta y misteriosa similitud entre INRI y RIP. Nuestro Señor Jesucristo ha firmado con sus iniciales la Letra del Tesoro que en aquel día canjearemos por una morada en el Reino de la Vida.

Todo príncipe tiene por madre una reina. La  Madre del Príncipe de la Paz es la Reina del Cielo y de todo lo creado. ¿Qué no sabrá ella de trabajos durante el día y de descansos en la paz en el final de la jornada? María Santísima es nuestro Amor y nuestra Alegría. En su regazo se está tan bien, tan en paz, que se está en la Gloria.

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