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Boyhood 

Título Original: Boyhood (momentos de una vida).  Dirección: Richard Linklater. País: USA Año: 2014.Duración: 166 min. Género: Drama. Interpretación: Ellar Coltrane, Patricia Arquette, Ethan Hawke, Lorelei Linklater, Jordan Howard, Tamara Jolaine, Tyler Strother, Evie Thompson, Tess Allen, Megan Devine, Fernando Lara, Elijah Smith, Steven Chester Prince, Bonnie Cross, Libby Villari, Marco Perella, Jamie Howard, Andrew Villarreal, Shane Graham, Ryan Power, Sharee Fowler. Guión: Richard Linklater. Productora: IFC. Música: Steven Price. Fotografía:Lee Daniel, Shane Kelly. Montaje:Sandra Adair. Estreno en España:12 Septiembre 2014.

Boyhood ha ganado importantes y merecidos premios: Mejor director (Festival de Berlín); Sección “Premieres” (Festival de Sundance); Gran Premio FIPRESCI: Mejor película del año (Festival de San Sebastián), Cuatro nominaciones: mejor película, actor, actriz, actor revelación (Premios Gotham). Lo más curioso y original de la esta película es que vemos al protagonista, Mason, cómo evoluciona durante doce años: desde que tiene seis hasta que cumple los dieciocho e ingresa en la Universidad. Y estos años que se reflejan en la película han ocurrido en la vida real, puesto que su director y guionista, Linklater, ha dedicado ocho años para hacerla; eso sí, a tres días de rodaje por año, la película ha ocupado unos treinta y nueve días de rodaje. Para la puesta en marcha del film ha contado con los mismos actores-protagonistas a lo largo de este tiempo; y claro, van cambiando y envejeciendo de una manera real.

un elogio de lo cotidiano

Linklater nos ofrece una película distinta, una auténtica genialidad en su sencillez. La película, desde la temporalidad, presenta una maravillosa armonía sin solución de continuidad al narrar la vida de este niño —o mejor, desde este niño—: su paso a la adolescencia y a su primera juventud. Hay una fuerza creativa grande, tanto en la dirección como en el guión, para saber resaltar, suprimir y facilitar la imaginación en la continuidad del relato, que implica una aportación muy interesante desde el punto de vista cinematográfico y también antropológico. Linklater desarrolla en esta película macro-conceptos (principalmente la mella o huella del paso del tiempo en el devenir de la existencia).

El film puede definirse como un elogio de lo cotidiano. Un pedazo de vida real llevado a la pantalla. Una película en la que todo evoluciona. Crecer —todos lo hacemos— es una aventura apasionante en la que estamos —nos demos cuenta o no— en un permanente cambio. Cambiamos por dentro y cambiamos por fuera. En el crecimiento real del niño (Ellar Coltrane) y de los actores, entre los que destacan los padres (Ethan Hawke y Patricia Arquette) nos vemos nosotros mismos. ¿Cómo hemos cambiado desde hace doce años hasta aquí?, podemos preguntarnos.

Llama la atención cómo se facilita al espectador que se introduzca con enorme naturalidad en la vida de Mason, que fluye, como ocurre en cualquier chaval, de la ingenuidad infantil a los cambios inestables de la adolescencia que, en este caso tienen un matiz negativo y tristón —lógico porque, además de la edad, las circunstancias familiares son inestables—, y también un cierto escepticismo cuando llega a la juventud.

Su hermana Sam, que al principio es una niña simpática, ligeramente cursi y algo repelente (es la propia hija de Linklater) llega a convertirse en una muchacha hermética, ensimismada y también interesante. Al lógico cambio físico de Mason y su hermana se une también el cambio que va experimentando la madre; que pasa de ser una mujer luchadora y atractiva a una mujer descuidada, marcada por las arrugas amargas de cada uno de sus fracasos sentimentales, ya que no ha tenido suerte con los hombres. También evoluciona el padre, que abandona su planteamiento bohemio e infantiloide de la vida y forma una segunda familia, a la sombra de un árbol casi peligroso de puro conservadurismo. Este chaval ve así a sus padres y… así los quiere. Ellos son su familia a pesar de los pesares. En cada una de las diversas secuencias pueden descubrirse retazos preciosos de la felicidad que siempre proporciona el ambiente familiar, aunque cuando no sea un momento maravilloso. Una vez más, se presenta el cine, como espejo de la vida que merece vivirse.

También evoluciona, ¡cómo no!, el país, con la herida de la guerra de Irak, que experimenta una transición hacia el gobierno de Obama. Evolucionan los coches, los móviles, los ordenadores… Solo el paisaje (bellísimo) se mantiene firme, apasionante e inmutable.

instantáneas de la vida misma

El núcleo del film es la infancia y juventud de Mason, un chaval amante de la fotografía, que nos hace participar de lo que ve y de lo que quiere ver; pero la película supone también ver el devenir de su familia natural, a la que se unen y se separan diversos personajes, y a los que la cámara presta atención a pesar de partir siempre del punto de vista de Mason. Además, asistimos a diversos avatares dramáticos de distintas relaciones humanas en donde se impone, con potencia expresiva, la noción del paso del tiempo que modifica casi todo.

Todo fluye de una forma natural, como el paso de las fotografías en un álbum familiar, sin que pesen las elipsis, sin necesidad de más explicaciones. Se podría afirmar que se nos relata el viaje íntimo y épico de Mason en el que comprueba, en la euforia de su joven vida, los sísmicos cambios de su familia a través de esos años. No se ve nada espectacular pero sí dramas, como puede ser un cruce de miradas cómplices entre un hombre y una mujer captado por un niño desconcertado, y que afecta a la historia de una vida. (Se ha dicho que solo por esta escena, el director merecería un León de Oro).

Mason adopta la actitud de un observador permanentemente insatisfecho, de alguien que tiene que madurar aceptando una realidad imperfecta que no es de su gusto, de un adolescente que le da muchas vueltas al coco tratando de entender al padrastro autoritario o a esa chica de intenciones complicadas. Lo suyo es sacar fotografías y dejar en ellas su espíritu creativo, reflejar en esas instantáneas una sensibilidad herida por la vida.

el paso del tiempo y sus heridas

Para Linklater, fotógrafo e investigador del tiempo, esta película quedará como legado, ya que a este modo de proceder nos tiene acostumbrado el director. En efecto, en el año 1995 Richard Linklater rodó “Antes del amanecer”, film que iniciaba una trilogía sobre las relaciones de una pareja de enamorados. A esta les siguieron “Antes del atardecer” (2004) y “Antes del anochecer” (2013); las tres fueron protagonizadas por los mismos actores. En estas películas se descubre un cineasta con un firme pulso narrativo, capaz de contar historias cotidianas con enorme seriedad. Pero hay algo importante que destaca Ana Sánchez de la Nieta en Boyhood, y es que —como en el resto de la filmografía del director británico— hay una especie de determinismo, de tristeza existencial que tiñe de melancolía sus películas y que, curiosamente, las hace menos verdaderas. Para Linklater, el tiempo acaba siempre con la vida, los amores, las esperanzas y los ideales, sin alternativas ni opciones. Sin toparse con el hombre, ese hombre real que con épica, con lucha, es capaz de mantener amores, ideales y esperanzas a través del tiempo. Un hombre al que, como refleja de una forma soberbia Malick en “El árbol de la vida”, el tiempo puede corromper pero también madurar, hacer crecer y mejorar. Un hombre que puede atravesar el tiempo, y no al revés. Algo de este contrapunto le falta a Boyhood para ser una obra maestra.

Boyhood se ve con gusto y sin mirar el reloj durante las casi tres horas de duración, señal de que su director ha sabido captar la vida real y no se ha empantanado en artificios de falsedad. El paso del tiempo y las heridas que deja en el alma están ahí…, lo mismo que el deseo de encontrarle un sentido y de aprender a vivir. Quizás, en el crecimiento de Mason nos vamos viendo reflejados todos porque sus reacciones, su rostro, su físico, su forma de andar y de relacionarse, van evolucionando en la película de una manera fluida, con una naturalidad sorprendente.

Al final de la película, Mason —apasionado por la fotografía— va tomando instantáneas de objetos viejos: un semáforo roto, un farol oxidado, una toma de agua inutilizada… Son los símbolos del paso del tiempo, del envejecimiento, de lo que ha sido y no será. Crecer es duro, nos dice el film; conlleva alejarse de lo amado (la madre, el hogar…) para poder ser uno mismo. Solo el amor da sentido a esas idas y venidas físicas e interiores que conllevan los años. Solo el amor es inmutable.

La película pone punto final cuando, Mason tiene que asumir sus responsabilidades para así graduarse en la vida y abrirse al amor que se le presenta en su primer día de Universidad. Una película que, en palabras de Rodríguez Chico, nos habla del paso del tiempo y sus heridas.

Gloria María Tomás y Garrido
Catedrática honoraria de Bioética

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