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Brille así vuestra luz 
26 de Abril
Por Victoria Luque

 

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: «Vosotros sois la sal de la tierra. Pero si la sal se vuelve sosa, ¿con qué la salarán? No sirve más que para tirarla fuera y que la pise la gente.

Vosotros sois la luz del mundo. No se puede ocultar una ciudad puesta en lo alto de un monte.

Tampoco se enciende una lámpara para meterla debajo del celemín, sino para ponerla en el candelero y que alumbre a todos los de casa.

Brille así vuestra luz ante los hombres, para que vean vuestras buenas obras y den gloria a vuestro Padre que está en el cielos». (Mateo 5, 13-19)

Es recurrente el ejemplo de la sal vertida con moderación en el cocido. Si echamos mucha sal, aquello no hay quien lo coma, lo expulsamos de la boca con más de un aspaviento… si por el contrario olvidamos echar una pizca de sal al cocido, este quedará insípido, y tampoco meteremos la cuchara en el plato más de dos veces. En cambio, la pizca de sal, la medida oportuna de este elemento insignificante, dará sabor a todo el cocido, y será un verdadero manjar para quien lo coma.

Esto mismo ha de ser aplicado a nuestra cotidianeidad como cristianos, una pizca de fe puede hacer que esta o aquella persona sea “salada”, conozca el amor de Dios, empiece a ver su vida con otros ojos… si por el contrario obviamos decir la palabra oportuna a esa persona que sufre, entonces seremos insípidos, sosos, no valdremos mas que para ser tirados fuera, al mundo, allí donde nadie tiene esperanza. Y seremos pisoteados, machacados por la concupiscencia, los placeres, la esclavitud del dinero…Por otra parte, si cargamos las tintas y empezamos a dar “cristazos” por aquí y por allá es más que probable que nuestro esfuerzo resulte inútil. Porque en ese caso nos faltaría algo fundamental, la caridad hacia el otro. Y sin ésta, ya sabemos que todo intento de dar a conocer a Dios es infructuoso.

Así pues, hermanos, salemos con paz en el corazón, con Espíritu santo derramado, con sencillez y humildad, pero también con valentía. Porque esta es en definitiva nuestra misión, darle a conocer a Él, supremo bien, y a su Hijo Jesucristo.Y en esta labor llevamos ya la recompensa. Porque el Señor, lo sabemos de sobra, es el mejor pagador. 

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