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Buenafuente del Sistal: un capricho de Dios 

A orillas del Alto Tajo, rodeado de montañas y bosques de sabinas, se encuentra imponente el monasterio de la Madre de Dios de Buenafuente. En esta “escuela de amor” —como describían los primeros cistercienses a los monasterios— nueve hermanas del Císter alaban a Dios y proclaman su gloria desde la austeridad, el silencio y la vida fraterna. El Evangelio es definitivo y no pasa, por eso aunque hayan transcurrido casi nueve siglos, la vida de oración y trabajo sigue palpitando en estos muros como ofrenda permanente al Padre. Su sola presencia manifiesta lo que a tantos en el mundo se nos olvida: que frente al hacer, el ser; frente al tener, el despego; frente al poder, la humildad; frente al egoísmo, la entrega; frente a la prisa y el estrés, la Paz…

Más conocido como Buenafuente del Sistal, es el único monasterio cisterciense que se mantiene todavía en activo en esta parte de la provincia de Guadalajara. Sus orígenes se remontan a los tiempos de la reconquista cuando, expulsados los moros, el rey de Castilla Alfonso VIII quiso repoblar estas tierras por medio de la construcción de monasterios y de los núcleos rurales que se formaran en torno a ellos. Así, junto a una pequeña ermita que albergaba una fuente de aguas consideradas milagrosas, unos monjes franceses de la Orden Canónica Regular de San Agustín construyeron en 1177 este monasterio. Todavía hoy, casi nueve  siglos después, la fuente continúa manando en el interior de la iglesia románica. Pasaron los años, y en 1245 fue cedido a una comunidad de monjas cistercienses de la Común Observancia —a diferencia de la rama cisterciense de la Estricta Observancia, que son los trapenses—, que se mantiene hasta nuestros días. «El Sagrario lleva ininterrumpidamente ochocientos años ocupando la capilla, a pesar de tantas guerras como han ido sucediendo. Únicamente en la guerra civil (1936-39) las monjas se ausentaron durante un año, ya que por aquí se estableció un frente republicano y les aconsejaron huir a Medinaceli. Aunque dos de ellas se quedaron muy cerca», explica la Madre María, abadesa.

La Orden del Císter ha sido muy relevante en la historia de la Iglesia. Su  espiritualidad se apoya en tres pilares: ascetismo, liturgia y trabajo manual ­—el célebre “ora et labora” de la regla de San Benito. Esto propició que durante los siglos siguientes el monasterio de Buenafuente reuniera importantes propiedades que daban trabajo a numerosos aparceros. Sin embargo, en 1835 la Desamortización de Mendizábal supuso para las monjas la pérdida completa de sus bienes y derechos; solo pudieron mantener el edificio y lo que en él contenía. «Lo peor es que tras la desamortización los colonos pasaron a trabajar para otros dueños, y estos fueron muy inmisericordes. Las monjas eran más suaves; un año porque habían tenido un niño, otro porque la cosecha era mala…, se lo perdonaban todo».

En la actualidad, el monasterio se compone de las dependencias claustrales, el templo y un conjunto de casas que forman un pequeño pueblo como centro de espiritualidad y recogimiento, donde se acoge a todo aquel que quiera compartir la liturgia, el silencio y la contemplación con esta comunidad cisterciense.

el espíritu del Señor llena la tierra

La mayor de las nueve hermanas es la Madre Soledad —una vez que se ha sido abadesa se conserva el sobrenombre de Madre.  Aquejada de Alzheimer,  la comunidad se deshace en atenciones y mimos hacia esta hermana de 87 años. «Está preciosa. Es como una niña», comenta con cariño la Madre María. La siguiente en edad es Sor Lucía, natural de Trillo y hermana del P. Ángel Moreno, capellán de Buenafuente. La tercera es la priora, Sor Soledad, nacida en Cuenca pero criada en Vallecas (Madrid). Después le sigue Sor María Nela, de La Puebla de la Barca (La Rioja), Sor María Jesús, aragonesa, y Sor Inmaculada, la hospedera, que es valenciana. Desde hace más de un año se ha unido a la comunidad una novicia, Isabel, y desde el mes de noviembre, María, postulante.

Las hermanas profesan un amor especial a la Virgen, bajo la advocación de Santa María de Buenafuente. En el Císter, María tiene un puesto central: es madre, compañera, abadesa…, y los monjes y monjas están plenamente consagrados a ella. «El día de la Asunción, que es nuestra patrona, le entregamos las llaves, la ponemos en el sillón del capítulo como signo de que es nuestra abadesa, y le rendimos cuentas», señala la Madre María.

Pudiera parecer un contrasentido que se ayude a la humanidad sin estar en primera línea de batalla. Pero, ¿quién establece los límites entre vanguardia y retaguardia? La Madre María no tiene ninguna duda: «Dios quiere nuestra mediación. Sin necesitarnos para nada, nos quiere hacer cómplices, partícipes, mediadores de la felicidad que Él quiere dar a cada uno de sus hijos. Podría prescindir totalmente de sus criaturas, pero quiere asociarnos con Él porque nos ha hecho a semejanza suya. La misión que nosotras tenemos es de intercesión, es decir, estar entre medias del Señor y la humanidad. Llevar al Señor todas las esperanzas y angustias de los hombres y, a la vez, que el consuelo y el amor de Dios se manifieste en los hermanos».

Cada día viven la plenitud del Evangelio como la única razón de todos sus quehaceres. Por eso la oración es el hilo conductor que eslabona sus horas y sus días.«Empezamos la jornada a las seis de la mañana —detalla la abadesa—: Nos levantamos a las 4:45 y poco después tenemos Maitines, un rato de oración personal y Lectio Divina. Al acabar, rezamos Laudes y después salimos a la sala capitular donde se lee un fragmento de las reglas. En el Capítulo diario aprovechamos para dar algún aviso, alguna exhortación de la  abadesa, la vestición de una novicia, etc. Luego, a las 8:15 celebramos la eucaristía y a las 9 desayunamos. Entonces nos ponemos cada una a realizar los trabajos encomendados. A las 12,40 se toca la campana para convocarnos al rezo de la Hora Sexta. Comemos a las 13:15 y después hay un rato de descanso. A las 15:30 rezamos la Hora Nona y acto seguido, dependiendo de cada día, tenemos formación o diferentes actividades en torno a la Palabra de Dios. A las 17:30 dedicamos cincuenta minutos de adoración ante el Santísimo y a las 18:30 rezamos Vísperas. Cenamos a las 19:15 y, tras una hora de recreación en comunidad y un rato de lectura, rezamos Completas y a la cama a descansar. En verano se alarga un poco la jornada».

quiero mirar con tus ojos, amar con tu corazón

No se puede hablar de Buenafuente sin hacer mención a Madre Teresita, la hermana que en la JMJ Madrid 2011 pudo saludar personalmente a Benedicto XVI en el encuentro con las religiosas en el Monasterio de San Lorenzo de El Escorial, y comentarle que entró en clausura el mismo día que él nació. En TV pudimos apreciar lo entrañable de este encuentro. «Todo lo que le iba diciendo Benedicto XVI era la humildad, la sencillez y la ternura juntas. igiosa contemplativa. “ios q durante mucho tiemnpo  esos herman el Papa se lo repetía yo a ella. Por lo que, disculpándome, le dije: “Santo Padre, es que tiene el oído un poco duro”. “Tiene oído interior”, me respondió él», recuerda la Madre María.

Entró al monasterio con diecinueve años y murió a los 105 años, con lo que vivió 86 felices años siendo monja cisterciense en Buenafuente del Sistal. Cuentan las hermanas que era de una madurez asombrosa, y en todos cuantos la conocieron ha dejado la huella de su afecto generoso. Con 27 años le nombraron priora y durante 21 años fue madre abadesa. Su santidad se reflejaba en la sencillez y caridad exquisita de su trato. Nunca ocultaba su especial predilección hacia Benedicto XVI. «Cuando me muera decidle que allí le espero”, nos dijo. Y así hicimos».

«Cuando nos enteramos de la renuncia de Benedicto XVI se lo informé. “¡Madre mía! Pero si no podía, es lo mejor que ha hecho”, me confesó Madre Teresita. Ella le comprendía perfectamente porque había habido entre ellos una plena comunión de almas. Leía muchísimo y vibraba por todo pero estaba mascando como el Papa  lo que era la limitación. Cuando estaba al final de sus días tan malita y con unos dolores tan fuertes se despidió de nosotras siendo plenamente consciente. Nos dijo que la Virgen le había anunciado que vendría y se la llevaría, y vivía su muerte con serenidad y paz. Todas pensábamos que la partida sería inminente pero pasó esa noche y le dije: “¿Qué, Madre Teresita, el tiempo en la otra orilla no es como en esta?”. Me contestó: “Es que me falta un poquito y tengo que sufrir”. Y no se quejó nada, aunque sabíamos que los dolores eran tremendos. Una hermana le dijo: “Piense en algo agradable”, y se le iluminó la cara con una sonrisa. “Pienso en lo que me queréis”».

«Creíamos que no íbamos a poder vivir sin Madre Teresita —añade Sor Lucía—: Su hermana, la Madre Margarita, y ella eran una columna para el monasterio, ¡una referencia de fe en el Señor! Siendo tan mayores se levantaban las primeras y nunca se venían abajo. Eran de Foronda (Álava), sus padres les habían enseñado a llevar una pareja de bueyes y no se arredraban por nada. Madre Teresita tenía 105 años y todavía se levantaba a las 5:00 para rezar Maitines. “Hija mía, para ser santa hay que pasar mucho. Pero tú no te desanimes y abrázate a Jesucristo”, me decía».

“he visto al Señor”

La Madre María es la abadesa desde el año 1999 y anteriormente también fue maestra de novicias. Tiene 67 años y es natural de Torrecampo (Córdoba). «Sentí la llamada al seguimiento del Señor a los dieciocho años. Sin embargo, o no tuve valor o me creí muy prepotente, y le dije al Señor que mirara para otro lugar porque yo me iba a organizar mi vida. Pasaron los años y cuando escuché la frase que Jesús le dice a la samaritana: “Si conocieras el don de Dios”, quise conocerlo. Me sorprendió que esa llamada que creía que se la había llevado el gato siguiera insistiendo. Entonces quise darme completamente al Señor y me fui, a los 26 años, como misionera seglar con las Siervas de San José a Zaire (actualmente El Congo). En esos tres años empecé a amar la Iglesia. Vine de visita a España y como mis padres tenían la salud muy quebrantada y yo era la única hija soltera, me quedé con ellos. No volví a Zaire pero en mí seguía viva la llamada a entregarme a mis hermanos a través de la vida consagrada en clausura. Año y medio después vine en junio a misa con unas amigas  y en agosto volvimos para hacer unos ejercicios espirituales. A una de ellas le picó un bicho y tuvimos que volver a Córdoba a los dos días, pero me fui sabiendo que quería ser monja. Yo no elegí la Orden ni el lugar, sino que ellos me eligieron a mí. Fui a visitar en Córdoba al monasterio del Císter de la Encarnación y la abadesa me dijo: “El lugar es muy importante porque nosotras hacemos votos de estabilidad, obediencia y conversión de costumbres, pero solo Dios y el alma saben cuál es”. Al oírlo le dije: “Madre, pues entonces mi sitio es Buenafuente”. A lo que me contestó: “Si lo tienes tan claro, vete, y que Dios te bendiga”. Vine a hacer una experiencia y al llegar pensé: ¡Es mi casa!».

«¿Cuál es el cometido de una abadesa? Un día se lo preguntaron a una hermana y ella respondió “Decir amén a lo que decimos las demás”. Pues eso, servir. ¡No me lo puedo tomar de otra manera! Es el Señor el que lo hace».

Sor Lucía es de Trillo, tiene 78 años y es la hermana del P. Ángel Moreno, el capellán. Nos cuenta que lleva cuarenta felices años en Buenafuente aunque sesenta de vida religiosa, pues antes fue clarisa en el monasterio de Sigüenza. «Desde siempre he querido ser religiosa y a los 18 años me encauzaron para allí. Estando en el convento oí hablar a Pío XII que los monasterios de clausura debían ser focos de espiritualidad donde los seglares pudieran participar de la oración y la liturgia. Me identifiqué con esta apertura hacia la gente, que yo veía tan necesitada de oración. Las clarisas nos levantábamos para Maitines a la 1 de la madrugada y mi naturaleza no lo soportaba; romper la noche me producía muchos dolores de estómago y vómitos. Tenía 22 años y parecía una anciana, pero por el Señor todo lo aguantaba. Mi hermano Ángel fue ordenado sacerdote y se vino a Buenafuente para asistir a las hermanas. Me contaba que este monasterio era un centro de espiritualidad y justo eso era lo que mi corazón deseaba. “Señor, si no es tu voluntad, que todo el mundo me diga que no”, y le expuse a mi abadesa y a mi confesor el deseo de venirme. Ellos se lo preguntaron al obispo y dijo: “¡Qué bien para esas hermanas porque son muy poquitas!”. Y así fue como el Señor me lo puso en bandeja de plata.  Cuando me vine aquí, día a día me sentía como una planta que trasplantan y rejuvenece».

“levántate, amada mía, hermosa mía, ven a mí”

Isabel, la novicia, es de Madrid. «Soy la quinta de nueve hermanos y he vivido la fe en familia. Hace años sentí la llamada del Señor y estuve casi ocho años en una congregación religiosa de vida activa, pero no acababa de encontrar mi sitio. Me marché y volví a la vida “normal”, con todas las dificultades que eso conlleva pues me quedé en tierra de nadie. Empecé a tener dirección espiritual con un sacerdote y a colaborar en una parroquia en la catequesis, el coro, los campamentos, etc. Pensé que mi vida iba a ser así para siempre pero en un encuentro de catequistas sentí cómo el Señor me decía: “¿Pero hasta cuándo me vas a hacer esperar?”. Con un gran miedo empecé a plantearme la clausura, ya que la vida escondida en Dios me llamaba mucho la atención. Conocí a esta comunidad y pude ver claro que era mi lugar. Entré el domingo de la fiesta de Cristo Rey  del año pasado y estoy muy contenta».

María, la postulante, tiene 21 años. Nació en Granada y es la mayor de siete hermanos. «Desde los catorce años llevo viniendo con mi familia a Buenafuente en Pascua y una semana en verano.  El año pasado hice un curso de Diseño de Moda donde aprendí y disfruté un montón, pero sentía un vacío que no me dejaba ser feliz. Necesitaba que el Señor me dijera qué quería de mí y un día se lo pedí a gritos. A los veinte minutos recibí un correo de una amiga hablándome de una congregación religiosa; a las pocas horas otra amiga me invitó a conocer unas monjas; y además, el Evangelio de ese día decía: “Hágase en mí tu voluntad”. “¡Ay, Señor, me estás dando miedo!”, le dije. Me puse delante del sagrario: “Sí, me voy a Buenafuente”, y hasta físicamente fue como quitarme un peso de miedos e incertidumbres de encima. Si Él llama no puedes resistirte porque al final vence. Ahora veo que todo en mi vida ha sido una consecución de acontecimientos para que yo esté aquí. Pero Dios elige a lo peor. Yo soy una orgullosa de mucho cuidado que no merezco ni que me quiera la gente, ¡cómo voy a merecer que me quiera el Rey de reyes! Pero tengo la certeza de que Él lleva mi vocación». 

Antonia Efsola es de Yaundé (Camerún) aunque vive en España desde hace muchos años. Tras comentarle a su párroco el deseo de hacer un retiro espiritual, este le aconsejó Buenafuente.  «Mi familia es católica y me transmitieron la fe. Vine a Torrejón de Ardoz (Madrid), me casé con un español y tengo cuatro hijas. Llevo solo tres días aquí y siento mucha paz porque se siente a Dios muy cerca. Las experiencias de la vida me han enseñado a agarrarme más a Dios y encontrar la paz espiritual dentro de los muchos problemas que tengo. La fe me hace estar alegre y tranquila”.

sin ti, Dios eterno, ¿quién puede vivir? 

En Buenafuente, como en cualquier otro monasterio o convento, todo se mueve en el ámbito de la Providencia de Dios. «Nuestro medio de vida es la acogida de la gente. Vienen un día, dos, tres, máximo ocho y cada uno aporta lo que buenamente puede o quiere. Pero si tenemos necesidad de hacer alguna obra el Señor siempre se nos adelanta. El año pasado estuvimos reparando los baños del noviciado y al arreglar las tuberías de desagüe vieron que dieciocho vigas que sostenían el cargadero se encontraban en un estado lamentable. ¡Eran las vigas originales del siglo XII! ¡Que no ocurriera nada ha sido un milagro! En ese tiempo nos comunicaron que una señora dejaba en su testamento una parte para el monasterio. Con ese dinero pudimos arreglar las vigas. Estar en las manos de Dios son las más seguras que hay», explica la Madre María.

Así de sorprendentes son las cuentas de Dios, cuyo balance siempre es positivo cuando se encarga Él. Y es que, a pesar de las duras épocas de carestía, siempre ha habido benefactores movidos por la semilla evangélica que las hermanas siembran.  «Madre Teresita nos contó que durante la guerra, todos los días daban pan a una señora que estaba sola. Pasados los años y a punto de morir dijo: “El trocito de tierra que tengo es para las monjas por el pan que me dieron”—recuerda Sor Lucía—: Otra vez, siendo abadesa, la hospedera le informó que no tenían nada para dar de comer a la gente. “Voy a hablarlo con San José, que lo tengo por administrador”, le contestó Madre Teresita. No había pasado una hora cuando llamaron a la puerta y era un señor con un saco de judías verdes. “Me lo he encontrado y lo traigo para las monjas”».

En el corazón de la vida contemplativa prevalece la obediencia. Seguir la regla ayuda a ser fiel en la vocación pero, como dice la constitución de las monjas dominicas “no como esclavas bajo la ley, sino como libres por la gracia”. «El demonio está en todos los lados, ¡y no es ajeno a Buenafuente! Tiene una baza a su favor muy fuerte y es que en muchos ambientes se le ignora. El otro día leí una frase que me impactó: “Dios es conocido pero no es amado; el demonio no es conocido pero es amado”. Al mundo no le interesa saber que el demonio existe; es mejor creer que es una invención del oscurantismo de la Edad Media. Pero lo que no saben es que al ignorarle le dejan libre y entonces él va ganando terreno. Y así, en cuanto hacemos —o no impedimos hacer— las obras del demonio lo estamos amando, le estamos dando culto. Y sin embargo, Dios, que es el Amor pleno, el único que nos plenifica y hace felices, o le niegan o no les interesa», asegura la madre abadesa.

Como en San Pablo, Dios para ellas es la causa primera y todo lo estiman basura con tal de ganar a Cristo. «El hábito me ayuda a adaptarme a esta vida de pobreza y sencillez —reconoce Isabel—: Como dice el salmo, “siento que el Señor me ha desatado el sayal y me ha vestido de fiesta”, como una novia. Él va marcando y  acompañando. Las hermanas, el horario, el trabajo, etc. estimulan y ayudan a salir de una misma. Siempre sucederán acontecimientos que nos entristezcan, y la cruz estará ahí, pero el Señor nos regala una felicidad básica, de fondo, que es el saber que uno está haciendo su voluntad. Aquí soy feliz porque sé que estoy donde Dios quiere».

«¡Con lo presumida que soy y me encanta llevar esta ropa de postulante! —confiesa, a su vez, María—:  La imagen esclaviza mucho y Dios me ha librado de eso. El mundo de la moda es muy banal y he visto lo necesitada que está la gente de oración. Son corazones preciosos pero vacíos». 

yo soy de mi amado

Al igual que un buen día pasó Jesús junto al lago de Genesaret e invitó a Pedro y a su hermano Andrés a seguirle, y ellos así hicieron, las hermanas han imitado a los apóstoles en la santa locura de abandonarlo todo por Dios. «A los catorce años tuve unas fiebres muy altas y se me resintió el oído. Poco después me llevaron al sanatorio de San José en Madrid para operarme. Cuando pude levantarme de la cama fui a la capilla del sanatorio y al ver cantar a las hermanas sentí como un flechazo: “Te quiero para mí”. Desde ese momento supe que Dios me llamaba a ser religiosa», explica Sor Lucía. «Me cuesta deshacerme de mi vida anterior, sobre todo dejar a mi hermanillo Nicolás, de cuatro años. Pero estar con el Señor es lo mejor. Es más lo que se recibe que lo que se renuncia. He pasado de ser la hermana mayor en casa a ser la hermana menor aquí en la comunidad, pero hay una comunión entre todas que me hace tener mucha paz», comenta María.

Son mujeres que han apostado por los valores evangélicos como norma de vida. Es Dios el que orienta, acompaña y les hace con su gracia perseverar en un camino de sacrificios y renuncias, pero estar radiantes de alegría. «Cuando yo llegué aquí las ventanas no tenían cristales y hacía un frío horroroso. En las celdas estábamos a cinco grados bajo cero y nos poníamos mantas sobre mantas para aliviar el frío. Las familias del pueblo acabaron marchándose y aquí no venía nadie. Solo comíamos sopas de ajo pues, aunque había gallinas, los pollos y huevos los teníamos que vender para comprar aceite, harina… Pasábamos necesidad pero por amor a Dios estábamos felices».

La paz de las hermanas hace visibles las riquezas del Reino de Dios, pues ante la incertidumbre del mañana prevalece la confianza en Dios, como señala la madre abadesa: «Si digo que el futuro no me preocupa miento. Somos solo nueve y confieso que me gustaría que fuéramos más, tener un coro más potable… Sin embargo, con lo escondido que está y nunca han faltado vocaciones. Muchos dicen que Buenafuente es un capricho de Dios y así es».

Victoria Serrano Blanes

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