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Para amar hay que remangarse 
28 de Marzo
Por Jerónimo Barrio

«Antes de la fiesta de la Pascua, sabiendo Jesús que habla llegado la hora de pasar de este mundo al Padre, habiendo amado a los suyos que estaban en el mundo, los amó hasta el extremo. Estaban cenando, ya el diablo le había metido en la cabeza a Judas Iscariote, el de Simón, que lo entregara, y Jesús, sabiendo que el Padre habla puesto todo en sus manos, que venía de Dios y a Dios volvía, se levanta de la cena, se quita el manto y, tomando una toalla, se la ciñe; luego echa agua en la jofaina y se pone a lavarles los pies a los discípulos, secándoselos con la toalla que se había ceñido. Llegó a Simón Pedro, y este le dijo: “Señor, ¿lavarme los pies tú a mi?”. Jesús le replicó: “Lo que yo hago tú no lo entiendes ahora, pero lo comprenderás más tarde”. Pedro le dijo: “No me lavaras los pies jamás”. Jesús le contestó: “Si no te lavo, no tienes nada que ver conmigo”. Simón Pedro le dijo: “Señor, no solo los pies, sino también las manos y la cabeza”. Jesús le dijo: “Uno que se ha bañado no necesita lavarse más que los pies, porque todo él está limpio. También vosotros estáis limpios, aunque no todos”. Porque sabía quién lo iba a entregar, por eso dijo: “No todos estáis limpios”. Cuando acabó de lavarles los pies, tomó el manto, se lo puso otra vez y les dijo: “¿Comprendéis lo que he hecho con vosotros? Vosotros me llamáis ‘el Maestro’ y ‘el Señor’, y decís bien, porque lo soy. Pues si yo, el Maestro y el Señor, os he lavado los pies, también vosotros debéis lavaros los pies unos a otros; os he dado ejemplo para que lo que yo he hecho con vosotros, vosotros también lo hagáis”». (Jn 13,1-15)


Si el Viernes Santo es la cumbre teológica de la historia de la Salvación: Dios crucificado; el Jueves Santo es la cumbre pedagógica en la vida de Cristo.

El relato de San Juan nos lleva a ese primer Jueves Santo de la Historia.  Jesús sabe bien todo lo que ocurrirá en las siguientes horas, domina el tiempo y sus entrañas. Y desde ese clima de despedida final elige como última enseñanza a sus discípulos el gesto del lavatorio de pies con el que quiere dejarles claras dos cosas:

Cristo, el Hijo de Dios, se entrega al hombre, le sirve, se humilla como un esclavo para ofrecerse a él. Es una donación de sí mismo simbólica, que se hará real y cruenta en el madero de la Cruz. Pues si Dios se hace servicio, don y entrega, ¿cómo no voy a servir yo a mi hermano con esa misma vida que Él me regala? Si Cristo, sin dejar de ser lo que es, me lava los pies, ¿puedo tener yo algún argumento para no hacerlo con mi hermano? Lavarse los pies unos a otros es vivir los unos preocupados y comprometidos de verdad por los otros, y eso es precisamente el amor.

La segunda lección es más práctica. ¿Cómo debo hacer este servicio? ¿Cómo debo amar? Aquí ya no hay simbología. El evangelista lo relata al detalle con toda la intención: Jesús se quita el manto, toma una toalla, se la ciñe, echa agua en la jofaina y se agacha a lavar los pies de los discípulos. Son todo acciones concretas cargadas de sentido. Lavar los pies en aquellos tiempos era una tarea de esclavos, y además del gesto que eso significa, lavar unos pies sucios era y sigue siendo una tarea repulsiva

Para servir a mi hermano hay que remangarse. Amar no son bonitas palabras ni bellos deseos teóricos, son obras concretas de servicio. Cristo pudo elegir otros ejemplos de servicio menos degradantes e igual de instructivos —pues al fin y al cabo Él era el maestro y cualquier tarea que hiciese no le correspondía por su rango— pero quiso escoger la más humilde de ellas. No les dio un bello discurso como otras veces, esta vez  —y precisamente la última noche de sosiego para enseñanzas— escoge remangarse y darles a los discípulos lo que podría llamarse una clase práctica de amor. Algo mas que un simple gesto de humildad.

Pues sí, para amar de verdad, como nos ama Dios, hay que remangarse, hay que agacharse hasta que duelan los riñones. Lo hacemos todos los días por dinero, por fama y hasta por deporte, pero parece que nos cuesta más cuando es solo por amor, es decir, sin esperar recompensas de nadie.

Remangarse es ir donde no me apetece ir, donde me cuesta más ir, con quien menos me apetece, cuando menos me apetece o cuando mas cansado estoy… Y todos esos esfuerzos son los que miden realmente el amor que ponemos en nuestras obras. Dejémonos de bonitas palabras y gestos simbólicos de afecto. Hay que remangarse y sudar la camiseta si queremos ser verdaderos discípulos del Amor. Si mi amor no se mide por “pies lavados” es un amor de pacotilla.

Este relato me hace recordar una experiencia personal inolvidable ocurrida hace muchos años. Mi primer paciente como médico misionero en Perú era un campesino quechua harapiento. Jamás había olido un hedor tan repulsivo en una persona. Recuerdo que me quedé parado y no tenía fuerzas para acercarme a ese pobre hombre. Tras unos segundos de pelea interior conseguí vencerme, retiré sus harapos con mis manos y toqué aquel cuerpo mugriento y lleno de úlceras. El Señor me regaló un gozo y una satisfacción tan profundas que aún las recuerdo. Aquel olor se convirtió en un dulce perfume para mi alma.

Que seamos capaces de lavar los pies sucios de quienes se presenten en nuestra vida para ser su alivio y consuelo. Cosecharemos el suave olor del Señor en nuestras vidas.

Jerónimo Barrio

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