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Cada latigazo iba dirigido a mí, pero yo allí no estaba 
24 de Marzo
Por Ángel Pérez

«Llegada la hora, se sentó Jesús con sus discípulos y les dijo: “He deseado enormemente comer esta comida pascual con vosotros, antes de padecer, porque os digo que ya no la volveré a comer, hasta que se cumpla en el reino de Dios”. Y, tomando una copa, pronunció la acción de gracias y dijo: “Tomad esto, repartidlo entre vosotros; porque os digo que no beberé desde ahora del fruto de la vid, hasta que venga el reino de Dios. Haced esto en memoria mía”. Y, tomando pan, pronunció la acción de gracias, lo partió y se lo dio, diciendo: “Esto es mi cuerpo, que se entrega por vosotros; haced esto en memoria mía”. Después de cenar, hizo lo mismo con la copa, diciendo: “Esta copa es la nueva alianza, sellada con mi sangre, que se derrama por vosotros. Pero mirad: la mano del que me entrega está con la mía en la mesa. Porque el Hijo del hombre se va, según lo establecido; pero, ¡ay de se que lo entrega!”. Ellos empezaron a preguntarse unos a otros quién de ellos podía ser el que iba a hacer eso. Los discípulos se pusieron a disputar sobre quién de ellos debía ser tenido como el primero. Jesús les dijo: “Los reyes de las naciones las dominan, y los que ejercen la autoridad se hacen llamar bienhechores. Vosotros no hagáis así, sino que el primero entre vosotros pórtese como el menor, y el que gobierne, como el que sirve. Porque, ¿quién es más, el que está en la mesa o el que sirve? ¿Verdad que el que está en la mesa? Pues yo estoy en medio de vosotros como el que sirve. Vosotros sois los que habéis perseverado conmigo en mis pruebas, y yo os transmito el reino como me lo transmitió mi Padre a mí: comeréis y beberéis a mi mesa en mi reino, y os sentaréis en tronos para regir a las doce tribus de Israel”. Y añadió:”Simón, Simón, mira que Satanás os ha reclamado para cribaros como trigo. Pero yo he pedido por ti, para que tu fe no se apague. Y tú, cuando te recobres, da firmeza a tus hermanos”. Él le contestó: “Señor, contigo estoy dispuesto a ir incluso a la cárcel y a la muerte”. Jesús le replicó: “Te digo, Pedro, que no cantará hoy el gallo antes que tres veces hayas negado conocerme”. Y dijo a todos: “Cuando os envié sin bolsa, ni alforja, ni sandalias, ¿os faltó algo?”. Contestaron: “Nada”. Él añadió: “Pero ahora, el que tenga bolsa que la coja, y lo mismo la alforja; y el que no tiene espada, que venda su manto y compre una. Porque os aseguro que tiene que cumplirse en mí lo que está escrito: Fue contado con los malhechores”. Ellos dijeron: “Señor, aquí hay dos espadas”. Él les contesto: “Basta”. Y salió Jesús, como de costumbre, al monte de los Olivos, y lo siguieron los discípulos. Al llegar al sitio, les dijo: “Orad, para no caer en la tentación”. Él se separó de ellos, alejándose como a un tiro de piedra y, arrodillado, oraba, diciendo: “Padre, si quieres, aparta de mí ese cáliz; pero que no se haga mi voluntad, sino la tuya”. Y se le apareció un ángel del cielo, que lo animaba. En medio de su angustia, oraba con más insistencia. Y le bajaba hasta el suelo un sudor como de gotas de sangre. Y, levantándose de la oración, fue hacia sus discípulos, los encontró dormidos por la pena, y les dijo: “¿Por qué dormís? Levantaos y orad, para no caer en la tentación”. Todavía estaba hablando, cuando aparece gente; y los guiaba el llamado Judas, uno de los Doce. Y se acercó a besar a Jesús. Jesús le dijo: “Judas, ¿con un beso entregas al Hijo del hombre?”. Al darse cuenta los que estaban con él de lo que iba a pasar, dijeron: “Señor, ¿herimos con la espada?”. Y uno de ellos hirió al criado del sumo sacerdote y le cortó la oreja derecha. Jesús intervino, diciendo: “Dejadlo, basta”. Y, tocándole la oreja, lo curó. Jesús dijo a los sumos sacerdotes y a los oficiales del templo, y a los ancianos que habían venido contra él: “¿Habéis salido con espadas y palos, como a la caza de un bandido? A diario estaba en el templo con vosotros, y no me echasteis mano. Pero esta es vuestra hora: la del poder de las tinieblas”.  Ellos lo prendieron, se lo llevaron y lo hicieron entrar en casa del sumo sacerdote. Pedro lo seguía desde lejos. Ellos encendieron fuego en medio del patio, se sentaron alrededor, y Pedro se sentó entre ellos. Al verlo una criada sentado junto a la lumbre, se lo quedó mirando y dijo: “También este estaba con él”. Pero él lo negó, diciendo: “No lo conozco, mujer”. Poco después lo vio otro y le dijo: “Tú también eres uno de ellos”. Pedro replicó: “Hombre, no lo soy”. Pasada cosa de una hora, otro insistía: “Sin duda, también este estaba con él, porque es galileo”. Pedro contestó: “Hombre, no sé de qué me hablas”. Y, estaba todavía hablando, cuando cantó un gallo. El Señor, volviéndose, le echó una mirada a Pedro, y Pedro se acordó de la palabra que el Señor le había dicho: “Antes de que cante hoy el gallo, me negarás tres veces”. Y, saliendo afuera, lloró amargamente. Y los hombres que sujetaban a Jesús se burlaban de él, dándole golpes. Y, tapándole la cara, le preguntaban: “Haz de profeta; ¿quién te ha pegado?”. Y proferían contra él otros muchos insultos. Cuando se hizo de día, se reunió el senado del pueblo, o sea, sumos sacerdotes y escribas, y, haciéndole comparecer ante su Sanedrín, le dijeron: “Si tú eres el Mesías, dínoslo”. Él les contesto: “Si os lo digo, no lo vais a creer; y si os pregunto, no me vais a responder”. Dijeron todos: “Entonces, ¿tú eres el Hijo de Dios?”. Él les contestó: “Vosotros lo decís, yo lo soy”. Ellos dijeron: “¿Qué necesidad tenemos ya de testimonios? Nosotros mismos lo hemos oído de su boca”. Se levantó toda la asamblea, y llevaron a Jesús a presencia de Pilato. Y se pusieron a acusarlo, diciendo: “Hemos comprobado que este anda amotinando a nuestra nación, y oponiéndose a que se paguen tributos al César, y diciendo que él es el Mesías rey”. Pilato preguntó a Jesús: “¿Eres tú el rey de los judíos?”. Él le contestó: “Tú lo dices”. Pilato dijo a los sumos sacerdotes y a la gente: “No encuentro ninguna culpa en este hombre”. Ellos insistían con más fuerza, diciendo: “Solivianta al pueblo enseñando por toda Judea, desde Galilea hasta aquí”. Pilato, al oírlo, preguntó si era galileo; y, al enterarse que era de la jurisdicción de Herodes, se lo remitió. Herodes estaba precisamente en Jerusalén por aquellos días, y al ver a Jesús, se puso muy contento; pues hacía bastante tiempo que quería verlo, porque oía hablar de él y esperaba verle hacer algún milagro. Le hizo un interrogatorio bastante largo; pero él no le contestó ni palabra. Estaban allí los sumos sacerdotes y los escribas acusándolo con ahínco. Herodes, con su escolta, lo trató con desprecio y se burló de él; y, poniéndole una vestidura blanca, se lo remitió a Pilato. Aquel mismo día se hicieron amigos Herodes y Pilato, porque antes se llevaban muy mal. Pilato, convocando a los sumos sacerdotes, a las autoridades y al pueblo, les dijo: “Me habéis traído a este hombre, alegando que alborota al pueblo; y resulta que yo lo he interrogado delante de vosotros, y no he encontrado en este hombre ninguna de las culpas que le imputáis; ni Herodes tampoco, porque nos lo ha remitido: ya veis que nada digno de muerte se le ha probado. Así que le daré un escarmiento y lo soltaré”. Por la fiesta tenía que soltarles a uno. Ellos vociferaron en masa, diciendo: “¡Fuera ese! Suéltanos a Barrabás”. A este lo habían metido en la cárcel por una revuelta acaecida en la ciudad y un homicidio. Pilato volvió a dirigirles la palabra con intención de soltar a Jesús. Pero ellos seguían gritando: “¡Crucifícalo, crucifícalo!”.Él les dijo por tercera vez: “Pues, ¿qué mal ha hecho este? No he encontrado en él ningún delito que merezca la muerte. Así es que le daré un escarmiento y lo soltaré”. Ellos se le echaban encima, pidiendo a gritos que lo crucificara; e iba creciendo el griterío. Pilato decidió que se cumpliera su petición: soltó al que le pedían (al que había metido en la cárcel por revuelta y homicidio), y a Jesús se lo entregó a su arbitrio.  Mientras lo conducían, echaron mano de un cierto Simón de Cirene, que volvía del campo, y le cargaron la cruz, para que la llevase detrás de Jesús. Lo seguía un gran gentío del pueblo, y de mujeres que se daban golpes y lanzaban lamentos por él. Jesús se volvió hacia ellas y les dijo: “Hijas de Jerusalén, no lloréis por mí, llorad por vosotras y por vuestros hijos, porque mirad que llegará el día en que dirán: ‘Dichosas las estériles y los vientres que no han dado a luz y los pechos que no han criado’. Entonces empezarán a decirles a los montes: ‘Desplomaos sobre nosotros’, y a las colinas: ‘Sepultadnos’; porque, si así tratan al leño verde, ¿qué pasara con el seco?”. Conducían también a otros dos malhechores para ajusticiarlos con él. Y, cuando llegaron al lugar llamado “La Calavera”, lo crucificaron allí, a él y a los malhechores, uno a la derecha y otro a la izquierda. Jesús decía: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen”. Y se repartieron sus ropas, echándolas a suerte. El pueblo estaba mirando. Las autoridades le hacían muecas, diciendo: “A otros ha salvado; que se salve a sí mismo, si él es el Mesías de Dios, el Elegido”. Se burlaban de él también los soldados, ofreciéndole vinagre y diciendo: “Si eres tú el rey de los judíos, sálvate a ti mismo”. Había encima un letrero en escritura griega, latina y hebrea: «Éste es el rey de los judíos”. Uno de los malhechores crucificados lo insultaba, diciendo: “¿No eres tú el Mesías? Sálvate a ti mismo y a nosotros”. Pero el otro le increpaba: “¿Ni siquiera temes tú a Dios, estando en el mismo suplicio? Y lo nuestro es justo, porque recibimos el pago de lo que hicimos; en cambio, este no ha faltado en nada”. Y decía: “Jesús, acuérdate de mí cuando llegues a tu reino”. Jesús le respondió: “Te lo aseguro: hoy estarás conmigo en el paraíso”. Era ya eso de mediodía, y vinieron las tinieblas sobre toda la región, hasta la media tarde; porque se oscureció el sol. El velo del templo se rasgó por medio. Y Jesús, clamando con voz potente, dijo: “Padre, a tus manos encomiendo mi espíritu”. Y dicho esto, expiró. El centurión, al ver lo que pasaba, daba gloria a Dios, diciendo: “Realmente, este hombre era justo”. Toda la muchedumbre que había acudido a este espectáculo, habiendo visto lo que ocurría, se volvía dándose golpes de pecho. Todos sus conocidos se mantenían a distancia, y lo mismo las mujeres que lo habían seguido desde Galilea y que estaban mirando. Un hombre llamado José, que era senador, hombre bueno y honrado (que no había votado a favor de la decisión y del crimen de ellos), que era natural de Arimatea, pueblo de Judea, y que aguardaba el reino de Dios, acudió a Pilato a pedirle el cuerpo de Jesús. Y, bajándolo, lo envolvió en una sábana y lo colocó en un sepulcro excavado en la roca, donde no habían puesto a nadie todavía. Era el día de la Preparación y rayaba el sábado. Las mujeres que lo habían acompañado desde Galilea fueron detrás a examinar el sepulcro y ver cómo colocaban su cuerpo. A la vuelta, prepararon aromas y ungüentos. Y el sábado guardaron reposo, conforme al mandamiento».  (Lc 22,14–23,56)


Domingo de Ramos. Nos acercamos a una semana que debe ser crucial para todo cristiano: La semana santa. Dejemos que este Evangelio se introduzca en nuestra vida de hoy, que se filtre en nuestros sentimientos, en nuestras expectativas, en nuestras tristezas, esperanzas y alegrías para que ilumine el tiempo que nos anuncia: 

Al comienzo de la palabra vemos cómo el Señor quiere preparar a sus amigos a vivir este acontecimiento que va a ser tan importante para ellos. Para empezar, hace nueva la Pascua judía. Aquel pan que representaba para ellos las esclavitud, el sufrimiento, el dolor va a ser asumido por su cuerpo. El Señor quiere coger todo lo que te hunde —aquello que utiliza el enemigo para tenerte hundido en la miseria— y estrellarlo contra su cuerpo, de tal forma que tú y yo podamos ser libres. Lo mismo con el cáliz, que recogía la gratitud con el que el pueblo de Israel bendecía al Señor por la Tierra Prometida. Ahora ese cáliz está lleno de la sangre de Cristo que al participar de ella te libera de la deuda por la cual vivías en esclavitud.

Pero el Señor les avisa sobre la persecución, tanto interna como externa, a la que van a verse sometidos, para acrisolar así su fe y poder ser portadores de la buena noticia allende los mares. Les invita a entrar en su realidad de debilidad, de impotencia que van a experimentar.

De nuevo les sube a un monte en busca de la oración. Esta vez es una ocasión especial. Esta vez la prueba es la definitiva. Jesús coge nuestros miedos, toma todas nuestras culpas, nuestras debilidades mientras nosotros dormimos. Dice el Salmo que Dios le da el pan a sus amigos mientras duermen. Jesucristo está tomando la realidad que representamos tantas veces mientras nosotros dormimos. Nos abre un camino a través de la muerte en la que nosotros no podemos entrar.  Pero… “Ya es hora de despertarnos del sueño, la noche está avanzada, pertrechémonos con las armas de la luz”, dirá San Pablo. 

El beso de Judas contiene el desprecio sutil con el que entregamos a Jesús habitualmente cuando nos asociamos con el mundo, con su política, con sus placeres, por un puñado de monedas, por un poco de fama, por un momento de gloria… 

Ante la cruz el hombre saca lo peor de él: primero la violencia, después la negación, por último la huida. Somos así. Tenemos miedo a la muerte. La cruz es antinatural, no se puede soportar… ¿Todavía estás como los apóstoles sin ver absolutamente nada? ¿No te das cuenta que ser cristiano es una gracia? Es Dios quién elige. Es Él el que te concede la gracia de caminar por dónde tú no eres capaz.

Cada vez que un hombre juzga a otro buscando su perdición se representa este juicio al que estuvo sometido Jesús. Jesús recoge nuestra soberbia representada en los judíos que le juzgan; asume nuestra doblez e hipocresía descubierta en Pilato, que viendo la inocencia se ve abocado a la presión de los judíos por miedo a perder el prestigio.

En el ¡crucifícalo! y ¡suelta a Barrabás! se reconoce a esta sociedad de hoy que ha renegado de Dios y ha encumbrado al hombre a la categoría de “hacedor”. En estas voces está representada la conversación de Eva y el maligno; recuerda a la actuación de Caín con Abel. Cada vez que se nos presenta el sufrimiento, la injusticia, la inseguridad en nuestra vida y murmuramos, reclamamos la justicia humana, lo que nos merecemos por lo buenos que creemos ser (Barrabás), enarbolando la bandera de la coherencia y despreciando la justicia divina, la solución de Dios para la vida del hombre: el amor (Jesucristo), pensando que estamos en la verdad.

Y de nuevo aparece un monte: Calvario. La obra que no culminó Abraham con su hijo Isaac, la va a culminar Jesucristo. La ceguera de toda aquella gente que insultaba, que escupía, que golpeaba al hijo de Dios es nuestra propia ceguera, es la ceguera de la sociedad de hoy inmisericorde. Jesucristo es despojado de sus pertenecías materiales y de su dignidad, por amor. Cada latigazo que recibía, cada espina que se introducía en su cabeza, cada desprecio que golpeaba su pecho iban dirigidos a ti y a mí, y yo allí no estaba. ¿Estabas tú?

La conversión es creer que estos pecados que se ven de forma clara en este texto: la pereza, la incredulidad, la arrogancia, la soberbia, el cinismo, la hipocresía, la cobardía, el odio, el juicio, el asesinato… son nuestros pecados, nuestros miedos que han empujado a Jesús a la muerte. Por amor, Él no ha huido; por rescatarnos ha despreciado su dignidad. Solo pido al Señor que podamos, al contemplar a Jesucristo crucificado, tener el discernimiento de aquel pobre ladrón que descubrió en el que todo el mundo despreciaba, al Hijo de Dios y que como él le pidamos: “acuérdate de mí cuando llegues a tu Reino”.

Ángel Pérez Martín

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