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Camina, ten fe y verás cosas grandes 
29 de Enero
Por Hermenegildo Sevilla

«En aquel tiempo, Jesús se puso a enseñar otra vez junto al lago. Acudió un gentío tan enorme que tuvo que subirse a una barca; se sentó, y el gentío se quedó en la orilla. Les enseñó mucho rato con parábolas, como él solía enseñar: “Escuchad: Salió el sembrador a sembrar; al sembrar, algo cayó al borde del camino, vinieron los pájaros y se lo comieron. Otro poco cayó en terreno pedregoso, donde apenas tenía tierra; como la tierra no era profunda, brotó en seguida; pero, en cuanto salió el sol, se abrasó y, por falta de raíz, se secó. Otro poco cayó entre zarzas; las zarzas crecieron, lo ahogaron, y no dio grano. El resto cayó en tierra buena: nació, creció y dio grano; y la cosecha fue del treinta o del sesenta o del ciento por uno”. Y añadió: “El que tenga oídos para oír, que oiga”. Cuando se quedó solo, los que estaban alrededor y los Doce le preguntaban el sentido de las parábolas. Él les dijo: “A vosotros se os han comunicado los secretos del reino de Dios; en cambio, a los de fuera todo se les presenta en parábolas, para que ‘por más que miren, no vean, por más que oigan, no entiendan, no sea que se conviertan y los perdonen”. Y añadió: “¿No entendéis esta parábola? ¿Pues, cómo vais a entender las demás? El sembrador siembra la palabra. Hay unos que están al borde del camino donde se siembra la palabra; pero, en cuanto la escuchan, viene Satanás y se lleva la palabra sembrada en ellos. Hay otros que reciben la simiente como terreno pedregoso; al escucharla, la acogen con alegría, pero no tienen raíces, son inconstantes y, cuando viene una dificultad o persecución por la palabra, en seguida sucumben. Hay otros que reciben la simiente entre zarzas; estos son los que escuchan la palabra, pero los afanes de la vida, la seducción de las riquezas y el deseo de todo lo demás los invaden, ahogan la palabra, y se queda estéril. Los otros son los que reciben la simiente en tierra buena; escuchan la palabra, la aceptan y dan una cosecha del treinta o del sesenta o del ciento por uno”». ( Mc 4,1-20)


Viajando el otro día en el metro de Madrid, alcé un momento la vista del libro que estaba leyendo, y pude observar que las personas que tenía enfrente se encontraban casi todas trasteando con sus teléfonos móviles o tabletas, aparentemente absorbidas por los artilugios  que tenían en sus manos. Hice un recorrido visual por el resto del vagón y me encontré con un panorama parecido: toda una serie de personas “poseídas” por esos aparatos de última generación que tanta dependencia ocasionan. Pasaba en ese momento Jesucristo, encarnado en un mendigo, pidiendo amor y misericordia, pero fue ignorado o rechazado por todos. No hay lugar para Dios en esta sociedad enferma.

Parecida circunstancia se puede observar en los centros comerciales (las “catedrales” del mundo de hoy): un montón de personas dominadas por un consumismo del que parece depender la vida del hombre. La Palabra  de Dios rebota en el corazón de estas personas, del que solo brota egoísmo e individualismo. El “otro” solo existe en función de intereses personales.

Los valores humanos han retrocedido paralelamente al avance que se ha producido en el campo tecnológico. Existe un fuerte desequilibrio en la humanidad. Es como si se pusiera un Formula 1 en manos de alguien que no supiera conducir. El hombre ha perdido el control sobre una serie de avances materiales que ha generado. El invento esclaviza al inventor. El ser humano ha llegado a un punto en el que ya se considera autosuficiente; piensa que ya no se necesita a Dios. La sola idea de depender de un Ser que trasciende al “yo” choca frontalmente contra la vanidad y el orgullo de este tipo de hombre.

En este mundo tan hostil al anuncio del Evangelio, el cristiano encuentra también numerosas dificultades para no ser absorbido por la corriente dominante. Es fácil dejarse llevar por las preocupaciones del mundo y olvidarse del que pasa a nuestro lado mendigando nuestra ayuda. Solo practicando la caridad se puede anunciar el amor de Dios.

La Palabra de Dios siempre es la misma y el demonio siempre ha intentado falsearla u ocultarla de la misma manera: alimentando el orgullo y la vanidad, las dos grandes debilidades del hombre. Solo desde la sencillez y el reconocimiento de nuestra pequeñez, la Palabra puede anidar en nuestro corazón y dar el fruto debido.

El hombre embriagado de sí mismo se niega rotundamente a entrar por la puerta estrecha a la que el Señor le invita a pasar para su salvación. La puerta ancha de marcarse cada uno sus propios límites y de buscar la autosatisfacción por encima de los demás es mucho más atractiva a los sentidos. Aunque la sed de trascendencia forma parte de la naturaleza humana, puede adormecerse con toda una serie de evasiones que el mundo actual ofrece de la mano del demonio.

Los cristianos, ante este difícil panorama, no podemos ni debemos caer en el desánimo, porque nuestro Dios está por encima de todas las dificultades. Es necesario y tenemos la sagrada misión de ser mensajeros de Dios, allí donde nos encontremos, sin que nos importe un posible fracaso humano. Solo nos debe preocupar que nuestro corazón sea “buena tierra” para poder ser útiles al Señor, con una vida que pueda cautivar al perdido, en la entrega de uno mismo, sin distinguir momentos ni personas. El Papa Francisco dice en su ultima carta exhortativa que la evangelización no es una empresa humana en la que tenemos que ver frutos concretos y tangibles. Eso está en las manos de Dios. En las nuestras está el dar amor y presentar a Jesús como el único que puede liberar y dar paz, sentido y alegría a la vida del hombre. Con la fuerza que da el haber sido testigos de ello en nuestra vida personal.

Jesús nos llama hoy, con carácter urgente, a evangelizar en todo momento, a tiempo y a destiempo. No se trata, la mayoría de las veces, de ser un héroe, basta que en el día a día salgamos de nosotros mismos y escuchemos al necesitado, compartiendo con él lo que Dios nos ha dado y transmitiendo lo bueno que ha sido con nosotros. Aceptando con mansedumbre y paciencia el rechazo o la burla, afrontando las dificultades con la esperanza y la alegría que da el saber que el Señor está con nosotros, contento de nuestra fidelidad y queriéndonos como hijos suyos que somos.

Hermenegildo Sevilla Garrido

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