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Campos de la ciencia y de la fe 

Todos, en uno u otro momento, hemos oído afirmaciones como las siguientes: “La Ciencia ha demostrado que Dios no existe; que el hombre no tiene alma; que no hay vida después de la muerte…” Y es bueno aclarar que la Ciencia no puede demostrar ninguna de esas cosas porque todas ellas quedan fuera del método científico.
Miremos a los diversos útiles o herramientas manejados por el hombre: el bisturí del cirujano, el pincel del pintor, el cincel del escultor, la gubia del carpintero, la azada del labrador…  Cada uno de ellos posee un campo concreto de aplicación y no se nos ocurre utilizarlo para un campo diverso del específico. ¿Qué haría un labrador con la herramienta de un carpintero?
De modo semejante, cada parcela de la sociedad o del saber humano progresa mediante una metodología propia: la entidad bancaria por el voto de los accionistas, el arte por la creatividad, el deporte por el entrenamiento, la filosofía por el raciocinio. ¿Para qué le sirve al filósofo la destreza manual o el cálculo?
Pues bien, también la Ciencia posee un ámbito de desarrollo y una herramienta de prospección. Su campo es la Naturaleza material y su herramienta el método científico. Se dice, y acertadamente, que la Ciencia sólo puede estudiar aquello que puede medirse. Entendemos, pues, que realidades como el dolor, la pasión, la belleza, el amor, la sencillez, la generosidad, la simpatía… escapan del ámbito de lo cuantificable.
Imaginemos un lago lleno de peces, de los cuales queremos conocer sus características. Nos embarcamos, lanzamos una red y, arrastrando esta a la orilla, comenzamos a analizarlos y sacar conclusiones. Supongamos que medimos la longitud de cada uno de los peces así extraídos e hiciésemos la afirmación siguiente: “En este lago no hay peces de longitud inferior a dos centímetros”. ¿No sería absurda tal afirmación? Bastaría con hacerle ver que el dimensionado de la red imposibilita que peces de tamaño más pequeño queden atrapados. Utilice una red de inferior reticulado y atrapará peces de menores dimensiones.
De modo análogo, la metodología propia del científico le posibilita estudiar las realidades materiales, pero estas no agotan la riqueza del ser humano. Hay campos que sólo pueden ser abarcados por el filósofo, el psicólogo, el artista o simplemente el hombre animado por su fe religiosa.
Hay en ese lago realidades muy diversas, no sólo la de los peces. La misma agua por la que se desplazan, ¿no resulta inatrapable por la red? Invisible es el aire que nos rodea, pero perfectamente real e incluso vital. Pues no olvidemos la afirmación de san Pablo en el Areópago de Atenas, centro de la sabiduría griega, indicando que Dios “no está lejos de cada uno de nosotros, ya que en Él vivimos, nos movemos y existimos” (Hch 17,28).

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