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 Cardenal Omella , pide no ceder a “brotes populistas e ideológicos” 

En su discurso inaugural, el presidente de los Obispos españoles afirmó que la situación actual somete a la sociedad a un intenso estrés “que agudiza las diferencias entre unos y otros” y ante el riesgo de que aflore el resentimiento y la división, debemos potenciar la comunión para vencer este desafío que no es solo sanitario, sino también económico, social, político y espiritual”.

Espíritu de concordia

Por eso recordó el reciente encuentro entre el Papa Francisco y el presidente del Gobierno de España, Pedro Sánchez, en donde el Papa le aseguró que es necesario “construir una patria con todos”.

Según afirmó el Cardenal “no es momento de divisiones, no es momento para dejar que los brotes populistas irresponsables e ideológicos traten de colarse. Es el momento de la cohesión, de la cordialidad, de trabajar unidos, de mirar a largo plazo liberándonos del cortoplacismo de las elecciones o de la bolsa”.

Animó “centrarse en encontrar soluciones que ayuden a salir a flote a las familias que se están hundiendo, a los empresarios que no tienen más remedio que cerrar sus negocios. Por tanto, es conveniente evitar distracciones inútiles y polarizadoras que no conducen a la solución de la grave crisis que nos afecta”.

Para ello animó a retomar el “espíritu de la Transición” en España que con “que fue capaz de alcanzar el gran pacto nacional que cristalizó en nuestro actual sistema político definido en la Constitución de 1978 y que hemos de preservar y fortalecer”.

Instó a recuperar de nuevo el “espíritu de concordia” que hizo posible salir de la Guerra Civil y del régimen franquista con el que “fuimos capaces de perdonarnos, de reconciliarnos, de programar unidos la España del futuro”. “No caigamos en el virus de una polarización que haga imposible tender la mano, e incluso dialogar con el que piensa diferente”, afirmó.

Pacto educativo

El Cardenal Omella también destacó la relevante labor de la Iglesia en el ámbito educativo ya que atiende “a casi dos millones de familias, muchas de ellas en los enclaves más pobres y populares de nuestra sociedad”.

Hizo una llamada “a todas las naciones e instituciones a participar en un Pacto Educativo Global con el fin de alcanzar un acuerdo que permita generar un cambio a nivel planetario que promueva una educación que sea creadora de fraternidad, paz y justicia”.

En relación con la situación que vive España y la próxima aprobación de la reforma de la ley de educación, el Cardenal lamentó “profundamente todos los obstáculos y trabas que se quieren imponer a la acción de las instituciones católicas concertadas”.

Por eso reiteró  que “no es el momento de poner trabas, de enfrentar instituciones públicas y privadas, sino de trabajar conjuntamente, de cooperar de forma eficaz y eficiente para ofrecer una educación adecuada a todos los niños”.

También destacó la importancia de respetar “en todo momento el derecho constitucional de los padres y madres a escoger libremente el centro y el modelo educativo para sus hijos, en consonancia a su conciencia, identidad y tradiciones, y asegurando siempre el derecho constitucional a la libre iniciativa privada”.

En su defensa de la escuela concertada, el Cardenal Omella aseguró que “sigue siendo plenamente válida y útil para que se dé la participación plural, la diversidad que enriquece a la sociedad y la implicación de la ciudadanía en la consecución del bien común”.

Además animó a valorar “otras medidas interesantes adoptadas en países de nuestro entorno europeo, como es el caso del “bono escolar”,  con el fin de garantizar los derechos constitucionalmente reconocidos a los padres y a la libre iniciativa privada”.

Defensa de una vida digna y justa

En su discurso, el Arzobispo de Barcelona también habló sobre las consecuencias de la pandemia que nos hicieron conscientes de que “habíamos desatendido el cuidado de la vida, particularmente la de nuestros hermanos más vulnerables”.

Recordó cómo “la sociedad ha vivido con mucho dolor y angustia las decisiones en materia de cribado de los enfermos de coronavirus en razón de su edad, grado de discapacidad o dependencia”.

Y aseguró que es “indispensable” tomar medidas necesarias para que esta situación no se vuelva a repetir, especialmente entre los mayores y personas con discapacidad.

“Esta pandemia nos está empujando a recuperar el valor de la vida y, de una manera particular, la de nuestros mayores y la de las personas que viven con más soledad y aislamiento”, destacó.

El Cardenal Omella también insistió en que “es absolutamente necesario que tengamos un sistema sanitario, residencial, de medicina del dolor y de curas paliativas que cubra todo nuestro país y del que nadie quede excluido”, porque “todas las personas merecen un trato humano y fraterno por parte del resto de la sociedad”.

Ante quienes proponen la eutanasia como solución al sufrimiento de las personas, la Iglesia apuesta “por una cura integral de las personas que trabaje todas sus dimensiones: médica, espiritual, relacional y psicológica”.

No dejaremos nunca de repetir que no hay enfermos “incuidables” aunque sean incurables”, aseguró el Purpurado e insistió que la respuesta ante la tristeza, el dolor, la soledad y el vacío existencial de las personas enfermas “no puede ser única y exclusivamente la eutanasia. Esta medida no sería ni la más justa, ni la más humana, ni la más fraterna”.

También insistió en que la eutanasia “no cabe ser catalogada como derecho subjetivo, sino como ‘un falso derecho de elegir una muerte definida inapropiadamente como digna solo porque ha sido elegida’”.

Por eso con ella “se produce una derrota del ser humano y una victoria de la ‘cultura del descarte’ que resquebraja “los deberes inderogables de la solidaridad y fraternidad humana y cristiana”.

Como respuesta a esta tendencia eugenésica, el Cardenal animó a “promover la ética del cuidado y del reconocimiento personal”, como respuesta a la eutanasia que margina y estigmatiza a los ancianos o discapacitados.

“Una sociedad que no cuida a sus mayores y a sus enfermos es una sociedad que se va muriendo lentamente”, insistió y por eso subrayó su deseo de “renovar nuestro compromiso irrenunciable con la defensa de la dignidad incondicional de cada ser humano desde el momento de su concepción y con un morir digno en que la vida sea plenamente humana y pacífica hasta el final, excluyendo tanto la anticipación de la muerte como su retraso mediante el ensañamiento terapéutico”.

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