Un mensaje profundo en un lenguaje sencillo|sábado, octubre 19, 2019
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Celos delirantes 

Los celos en la pareja suelen ser relativamente frecuentes. En ocasiones, están más vinculados a la afectividad y sexualidad, y se resuelven cuando las personas maduran. Otras veces, muy poco o nada tienen que ver con la realidad, por lo que habrá que pensar en un posible trastorno psíquico. Sea como fuere, ¿qué es lo que se esconde tras los celos en la pareja? En las líneas que siguen trataré de desentrañar lo que en ellos se oculta, tanto en lo relativo a su origen como en lo que respecta a sus nefastas consecuencias.

Lo que acontece es que las personas nos comparamos. Esto es un hecho relativamente horroroso. Si cada persona es un ser único e irrepetible, la comparación es imposible, un imposible metafísico. Por eso, toda comparación resulta invalidada además de odiosa. Ciertamente, no somos comparables; pero el hecho es que, frecuentemente, nos comparamos con los demás. En esto juega un papel determinante la inseguridad en sí mismo y la envidia.

A lo que parece, se comparan más las chicas que los chicos, por lo que suelen ser más celosas las mujeres que los hombres. El varón suele compararse con los otros en lo que se refiere al rendimiento en su trabajo, los resultados que obtiene, el prestigio social alcanzado y, si es joven, en sus habilidades y destrezas deportivas. Entre las mujeres, en cambio, suelen darse muy variadas clases de comparaciones. Comparaciones acerca de si combina o no su forma de vestir, de la elegancia, del buen o mal gusto, de la belleza, del peso y el tipo, de la educación, de los modales, de si atraen al varón, etc.

En la estructura del comportamiento celoso están presentes casi siempre las comparaciones. Pero, cada persona es un ser único, incognoscible e impredecible, por lo que no tiene sentido alguno compararse con los demás.

no son amor sino temor

En la pareja, el diálogo cambia cuando se parte de la comparación. El diálogo espontáneo es sustituido por la interpretación y el cálculo. Uno de los cónyuges dice esto para que se entienda lo otro; se da sólo hasta aquí para que el otro cónyuge entienda que se le ha dado hasta allá. Cálculo, cálculo… Es decir, no se habla con espontaneidad de lo que hay que hablar. Se habla rebuscando las palabras y calculando su efecto en el otro. Este modo de conducirse es insincero. Por esta vía se cae enseguida en la manipulación.

Tiene celos quien no sabe amar, quien es inseguro, quien es desconfiado. Tener celos supone una presunción no fundada acerca de la supuesta infidelidad del otro. Si una persona está segura del cariño de su mujer o su marido, no experimentará los celos. La celotipia es consecuencia del afecto, sí, pero de un afecto que hinca sus raíces en la inseguridad. Lo que experimenta sobre todo la persona celosa es el temor a perder el cariño de la otra persona.

Si una persona quiere a su pareja, por esa sola razón no tiene porqué tener celos. Si los tiene, se sitúa automáticamente en una de las dos posiciones psicológicas siguientes:

En primer lugar, es posible que se considere a sí misma como muy poco valiosa (subestimación). Si considera, además, que la otra persona vale mucho más que ella, acabará por pensar que “lo mismo ésta se busca otra persona que valga más que yo”. Lo que manifiesta que esa persona está insegura respecto de su propio valer. Esta actitud acabará por arruinar la relación entre ellos, suscitando la dependencia afectiva.

En segundo lugar, aparecerá la inseguridad y desconfianza respecto de sí misma. Esa misma inseguridad le hará dudar de la fidelidad que le es debida por el otro cónyuge. Esto significa que vivirá bajo el temor, bajo la amenaza de que la otra persona le pueda ser infiel.

 suspicacias que envenenan la relación

Piense el lector: ¿qué sería de una pareja que dispusiera de graves razones para temer que, en cualquier momento, le van a embargar su casa? ¿Se imaginan que se despertasen y dijeran “mira que si hoy vienen los del juzgado y me embargan?”

Una vida bajo una continua amenaza es incompatible con la felicidad. Una vida bajo sospecha, forzosamente ha de ser desgraciada. Una esposa o esposo bajo la continua amenaza de que el amor del otro cónyuge se extinguirá o que, antes o después, le abandonará, vive a la sombra del temor que acaba por disolver su amor.

Es posible que una madre alabe a su hija con expresiones como esta: “Oye hija, tu marido parecer estar celosísimo de ti. Eso es porque te quiere mucho”. No es cierto lo que dice esa madre a su hija. Su marido es más bien una persona insegura y, muy probablemente, desconfiada. Lo que dificulta el que ella se confíe a él, porque hará malas interpretaciones. Esto conducirá, de forma casi obligada, al ocultamiento de la verdad, especialmente en aquellos casos en que se sospeche que contarle alguna cosa puede disparar sus celos. De aquí que comiencen las pequeñas mentiras.

– “Oye -preguntará el esposo-, ¿dónde estuviste ayer? Te llamé y no estabas en casa”.

– “Pues, es que a la vecina de al lado le faltaba aceite y fuimos juntas a comprarlo, porque no quería ir sola y tuve que acompañarla”.

Imaginemos que el esposo, al día siguiente, se encuentra con la vecina en el ascensor. Supongamos que el esposo inicia la conversación con ella, con éstas u otras palabras parecidas:

– “Hola, buenos días. Ya sé que el otro día estuvo mi mujer acompañándola cuando fue a comprar aceite”.

Y la vecina responde:

– “¿Cómo? ¿Yo? No, jamás he ido con su mujer a comprar aceite”.

– “Ah!, perdón -contesta el esposo-, será que la he confundido con otra persona”.

Pero en modo alguno supondrá que se ha confundido. Dará vueltas en su cabeza a lo sucedido hasta que concluya para sí: “si ésta no ha ido a comprar aceite como me dijo, entonces, es que me está engañando. ¿Y cuál será la razón por la que me engaña?”

En cuanto se advierte el más pequeño motivo de engaño, el comportamiento celoso se acrece. En este sentido, los celos se nos revelan como una especie de afectos posesivos, en los que se ha radicalizado el concepto de exclusividad, de posesión exclusiva.

 la delirante exigencia de ser amado   

Si los celos entre los cónyuges hacen sufrir tanto, es porque se pierde la confianza entre ellos y se sospecha de la existencia de una tercera persona. El autocontrol del comportamiento celoso es difícil de lograr. En cierto modo, porque el cónyuge celoso suele ser una persona insegura, con baja autoestima y un concepto negativo de sí mismo, ya que continuamente se está infravalorando a sí mismo.

El esposo/a celoso/a está persuadido/a de que el afecto que su mujer/marido le tiene es lo más valioso que le ha ocurrido. Entre otras cosas, porque proviene de la persona que para él/ella más vale. Por consiguiente, el afecto que recibe de ella/él se transforma en un valor que le transforma y hace de él/ella una persona valiosa. No es tanto que el cónyuge se perciba a sí mismo como una persona inicialmente valiosa -por lo que el otro le quiere-, sino más bien al contrario: que siendo una persona no valiosa, al recibir el cariño (el valor) de la otra/o, este valor le transforma en alguien valioso.

Como esta autovaloración personal está fundamentada y sostenida por el comportamiento afectuoso del otro, es lógico que el esposo celoso razone erróneamente del modo siguiente: si no recibo el cariño (valor) de mi esposa, dejaré de ser valioso. Esto le hace ser todavía más vulnerable e inseguro de sí mismo. Pero obsérvese que esa inseguridad ya preexistía antes de que comenzara a manifestarse la conducta celosa.

Precisamente por esto el cónyuge celoso no logra casi nunca controlar sus propios pensamientos, a pesar del gran esfuerzo que pone en ello. Lo que suele ocurrir es que encubre sus celos, es decir, simula su conducta, sin que por ello logre evitar la reacción emocional que sufre.

Ahora bien, ¿de qué sirve el enmascaramiento del comportamiento celoso, si el sentimiento que le da origen, se prolonga y acrecienta, sin que el cónyuge pueda controlarlo? Es precisamente esta falta de control sobre los celos, lo que hace todavía más vulnerable a la persona.

Nada de extraño tiene que ante este pobre autocontrol de las emociones, el cónyuge celoso acabe por manifestar su impotencia. De aquí que, antes o después, acabe por manifestar lo que le pasa. Surge entonces el comportamiento agresivo y vejatorio para la persona que más anhela le ame.

 cadena de atropellos y obsesiones

Observemos ahora algunas de sus consecuencias. Los efectos de los celos nunca son buenos. Las consecuencias que pueden derivarse de ellos son muy variadas para las parejas, con independencia de que sean patológicos o no. Entre las más frecuentes se encuentra la sospecha, la indignación, la irritabilidad, la suspicacia, la cólera y el maltrato. Si esta secuencia no se controla a tiempo, sucederá lo peor para esa pareja: la ruptura, la alienación y la pérdida.

La frialdad, el distanciamiento y la susceptibilidad son malos compañeros de viaje del comportamiento celoso porque, como aves de mal agüero, presagian una evolución más patológica y complicada acerca del futuro de la pareja.

En cambio, la aparición en el cónyuge celoso de actitudes victimistas sugiere la posibilidad de estar ante una personalidad histriónica, necesitada y dependiente de afecto, y dotada de las necesarias disposiciones para la manipulación de los que le rodean.

El comportamiento ansioso suele ser otra de las frecuentes consecuencias. La dependencia afectiva y la hostilidad, constituyen un excelente caldo de cultivo donde la ansiedad puede crecer sin ninguna limitación. Esta ansiedad puede transformarse y sufrir todo tipo de metamorfosis, en función de la personalidad, el contexto social y familiar, etc.

Como consecuencia de los celos pueden aparecer numerosos trastornos psicosomáticos como taquicardia, dificultad para respirar, molestias digestivas, insomnio, etc. Estos trastornos suelen desaparecer cuando los celos se extinguen. En otras personas, ese modo de reaccionar se organiza y cronifica dando lugar a un patrón de comportamiento agresivo que -consciente o inconscientemente, controlado o no- puede llegar a caracterizar su permanente talante.

El comportamiento hostil varía mucho en sus manifestaciones: de la descalificación verbal al hostigamiento irónico que pone al otro públicamente en ridículo; de la irritabilidad manifiesta a la sutil hostilidad encubierta que se ceba en la destrucción de la relación.

Los sentimientos de culpa patológica es otra de las consecuencias. Las acusaciones pueden tener un cierto fundamento y prolongar el comportamiento hostil del cónyuge celoso. Pero si no se resuelven pronto, emergerán los sentimientos de inferioridad o se proyectará la culpa sobre el cónyuge inocente.

Los celos pueden transformarse en delirios de infidelidad (creencias irracionales y patológicas que no suelen modificarse, cualquiera que fuere la evidencia de las pruebas racionales que se aporten en su contra). Las personalidades psicopáticas y los numerosos rasgos que caracterizan a las personalidades neuróticas parecen estar relacionados también, de una u otra forma, con el problema de los celos.

Pueden sentir miedo a ser calificados de celosos por sus amigos y compañeros. Su propia susceptibilidad les hace suponer que sus compañeros le humillan y le tratan mal. El cónyuge celoso se hará más susceptible e inseguro y tratará de ocultar todavía más lo que le pasa, como consecuencia de la vergüenza que siente. El miedo le conducirá a aislarse todavía más.

En otros casos, los celos se “contagian” de unas a otras personas. El contagio es más frecuente entre los esposos, donde las crisis explosivas, las descalificaciones, los insultos y los conflictos entre ellos generan una crispación insostenible.

Así pues, lo que está detrás de los celos en la pareja es la inseguridad, la envidia y las comparaciones; lo que está delante de ellos –el futuro- es la completa destrucción del amor. No, no es buena costumbre esto de las comparaciones. Ya lo dijo Séneca cuando afirmaba que “a nadie le gusta lo propio cuando mira la ajeno”. A lo que Horacio apostillaba “no es de extrañar que aquel que apetece la suerte de otro odie la suya”.

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