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Cine de crisis en tiempos de crisis 

En los últimos meses se han estrenado en nuestro país unas cuantas películas en torno a la crisis económica y financiera que comenzó en 2008, entre las que destacamos El fraude (Arbitrage, Nicholas Jarecki, 2012) y El capital (Le capital, Constantin Costa-Gavras, 2012). Llama la atención cómo ambas películas muestran la estrecha relación que existe entre la descomposición de nuestro mundo (consecuencia de decisiones inmorales de gente con mucha responsabilidad) y la destrucción de la familia. Echando una mirada a las que anteriormente han tratado la crisis en sus argumentos, nos damos cuenta de que la premisa se repite: todos aquellos que participan activamente en movimientos empresariales moralmente inaceptables padecen una situación familiar deprimente. Lo vemos en Margin Call (J.C. Chandor, 2011), Wall Street 2: Money never sleeps (Oliver Stone, 2010) o The Company Men (John Wells, 2010), entre otras.

En este sentido, podemos hablar de una cierta tendencia del cine de la crisis de 2008. Más allá de las intenciones de sus autores, el hecho fílmico en sí nos muestra una clara preocupación por la familia, manifestada en la infidelidad del esposo, la incapacidad para educar a los hijos y el maltrato salvaje de la mujer, con el consiguiente envilecimiento de quien perpetra el crimen.

Otro lugar común del cine de la crisis es la reflexión sobre cómo el contexto urbano —signo de los valores democráticos— influye en las personas. Los medios de comunicación (Internet y la televisión, sobre todo), las nuevas tecnologías (concretamente los dispositivos de telefonía móvil) y los transportes (especialmente los coches de gama alta) tienen un papel fundamental en esta trágica demostración de cómo los actuales hábitos urbanitas empujan al individuo hacia una dinámica autoreferencial, narcisista y autodestructiva, algo totalmente incompatible con aquello que mantiene viva a la familia, esto es, la donación.

Por otro lado, existen también una serie de denuncias muy típicas de la tradición crítica del capitalismo que ya estaban presentes en el pensamiento de J. J. Rousseau: las desigualdades sociales, la injusta repartición de la riqueza, la perversión de las personas ocasionada por las instituciones y la cultura, y la esclavitud. Todos estos elementos de la crítica al sistema están presentes en muchas otras obras cinematográficas de nuestro tiempo que no centran sus argumentos en la crisis de 2008.

Con respecto a la cuestión de la esclavitud resulta curioso que Lincoln (Steven Spielberg, 2012) y Django desencadenado (Django Unchained, Quentin Tarantino, 2012) —dos películas en las que la esclavitud del pueblo africano en Estados Unidos es la dominante argumental— hayan coincido en cartelera el mismo mes. ¿Es pura coincidencia esta inquietud común? ¿Será casualidad que tanto Spielberg como Tarantino pretendan resolver el problema de la esclavitud a golpes, el primero a golpe de legislación, el segundo a golpe de lo que sea, con tal de causar la defunción del intolerante en cuestión?

algunas caras de la infidelidad

Los argumentos del cine y las series de televisión de nuestro tiempo están repletos de personajes que engañan a sus mujeres y viceversa. Esta característica va más allá de la mera presentación de unos hábitos muy arraigados en las sociedades que se retratan, llegando incluso a hacerse una auténtica apología de la infidelidad y la promiscuidad. Midnight in Paris, (Woody Allen, 2011), A Roma con amor (To Rome wtih love, Woody Allen, 2012) y Salvajes (Savages, Oliver Stone) son un buen ejemplo. No obstante, a pesar de la aceptación generalizada de este tipo de engaño, cuando los autores cinematográficos se han visto en la tesitura de mostrar la crisis que actualmente azota nuestro mundo, no han tenido más remedio que relacionarla con el fracaso familiar. Mostramos algunos ejemplos:

Empecemos por El capital. El filme de Costa-Gavras nos cuenta la historia de imparable ascenso en el mundo de la banca del cínico y avaricioso Marc Tourneuil en Fenix Bank, un banco francés recientemente adquirido por unos mafiosos estadounidenses que, a los ojos del mundo, no son más que un puñado de accionistas. De principio a fin vemos que Marc va en busca de dos cosas: por un lado, conseguir mucho más dinero del que tiene (que es bastante); por otro lado, satisfacer sus deseos sexuales. A pesar de tener unas responsabilidades familiares con su mujer y su hijo, persigue frenéticamente a una modelo despampanante, Nassim, a la que no deja tranquila hasta que consigue el objetivo de hacerla suya, aun con violencia.

Este trágico desenlace tiene mucho que ver con el contexto en el cual se conocieron: una “reunión” de trabajo, en la que, antes de acudir le dicen: “No traigas a tu mujer. Aquí hay de todo”. Allí es donde ve por primera vez a Nassim y queda fascinado por su belleza y sensualidad. Este proceso, en el que su frustración por no poseer a la modelo va en aumento, avanza paralelamente a sus praxis inmoral y egoísta en el banco entre despidos, engaños (a sus compañeros y los accionistas americanos) y obtención de bonus desorbitantes. En resumen: Marc le es infiel a su mujer, a sus jefes americanos y a sus compañeros de trabajo. Este egoísmo patológico de Marc es la imagen cinematográfica que el director griego nos brinda en su retrato de la crisis actual: la íntima relación entre la infidelidad, la promiscuidad y los impulsos sexuales con los agentes de la desestructuración social.

Las opciones morales del personaje de Marc contrastan con las de su mujer, quien muestra abiertamente que no está de acuerdo con el estilo de vida elegido por su marido, y a lo largo de la película va dejando mensajes que ofrecen al banquero una manera más humana y sensata de ver la realidad.

En El fraude se hace hincapié en la imposibilidad de mantener una doble vida sin autodestruirse por el camino, significado de manera brillante en el accidente de tráfico que Robert Miller tiene junto con su amante. Por un lado, está la vida del hombre casado y con hijos; por otro, la del maduro canoso que tiene una aventura con una joven artista. Ambas vidas son incompatibles de atender y al final Miller acaba perdiendo a las dos.

La inestabilidad de la familia se percibe desde la primera secuencia, pues la cámara tiembla constantemente y se mueve con dinamismo de un personaje a otro, describiendo unas panorámicas horizontales nerviosas e irregulares que transmiten el desequilibrio de ese hogar aparentemente feliz e inocente. En El fraude, al igual que en El capital, las fechorías empresariales y las personales del protagonista se desarrollan en paralelo.

Jareki, director de la cinta, también nos propone el engaño y el egoísmo como la motivación de aquellos a los que señala como responsables de nuestro lamentable estado económico actual. Además, comparte con Costa-Gavras esa visión trágica en la que el criminal protagonista se sale con la suya y es perfectamente consciente de sus maldades. No obstante, nos aventuramos a decir que estos personajes no están muy orgullosos y, junto a los espectadores, se han percatado de que han conseguido librarse de la ley y los despidos a costa de su propia integridad.

En el caso de Margin Call no se hace hincapié en el entorno familiar, pero sus autores nos dejan una pista al final de la película. Margin Call relata las horas previas al inicio de la crisis de 2008 en un gran banco —ficticio— de Wall Street. La calificación de riesgo que el banco hace de un producto financiero es errónea con lo que las pérdidas son cuantiosas. El banco solo tiene una forma de salvarse: vender rápidamente esa porquería financiera al mayor precio posible. “Nos vamos a quedar sujetando la mayor bolsa de excrementos de la historia del capitalismo”, confiesa el director de la entidad. Al final de la película Sam Rogers debe tomar una decisión: vender o no vender algo que sabe perfectamente que no vale nada. Y decide hacerlo. ¿Dónde esta la vinculación empresa-familia en este argumento? Hasta el final no descubrimos el cuadro afectivo del bueno de Sam Rogers. No falla, la inmoralidad profesional y el fracaso familiar van de la mano en este cine.

la propuesta de la reconciliación

El esquema se repite en Wall Street 2 pero con ligeras diferencias. En la cinta de Oliver Stone, además de presentar la relación tormentosa de un estafador, Gordon Gekko, con lo poco que queda de su familia, su hija, nos muestra el mejor camino para la redención: la reconciliación. Pero quizá la película de la crisis que mejor aborda este aspecto sanador de la reconciliación es The company men. En este filme también encontramos casos de infidelidad, aunque en contraposición aparece el personaje de Bobby Walker, un rayo de luz en medio de la oscuridad afectiva reinante en este cine, quien soluciona sus problemas económicos y familiares, vuelve a hacer vida con sus hijos —a los que tenía un poco olvidados— y la relación con su mujer se ve reforzada. Conclusión: el fortalecimiento de los lazos familiares salva a la familia y hace a sus miembros mejores.

Sin embargo, tanto Wall Street 2 y The company men son películas del año 2010, con lo que parece, por tanto, que esa visión optimista y propositiva se ha perdido en la actualidad, y entramos en la actualidad en una época de denuncia absoluta dominada por el pesimismo y el desengaño. Margin Call y El capital son de esas películas en las que el discurso crítico tiende a explicar los entresijos de la crisis en lugar de buscar qué puede aportar el hecho fílmico a nuestra actual situación.

Destacan también los numerosos documentales sobre el tema; muchos de ellos de gran calidad y con enorme potencial para irritar a los espectadores. Inside job (Charles Ferguson, 2010), Capitalism. A love story (Michael Moore, 2009), I.O.U.S.A. (Patrick Creadon, 2008) y The flaw (David Stington, 2011) son los máximos exponentes.

la deformación de la juventud

Otra cuestión interesante es la relativa a la educación de los hijos. Aquellos empresarios, banqueros, mafiosos y estafadores que son mostrados como los causantes de nuestros males económicos tienen una gran dificultad para educar a la prole. Uno de los casos más interesantes es el de Marc Tourneuil (El capital). Solo sabemos dos cosas de su hijo: es hijo único y los videojuegos absorben su tiempo. El muchacho aparece en dos secuencias de la película y en ningún momento mira a su padre, ni siquiera cuando este le regala su primera tarjeta de crédito. Efectivamente, esto huele a niño mimado. En la segunda secuencia el hijo se encuentra en un salón con sus primos, se trata de una comida familiar en la casa de campo. Todos están pacíficamente sentados, en silencio y mirando fijamente a las pantallas de las consolas con las que el tío Marc les ha obsequiado para demostrarles dos cosas: por un lado, su entrañable cariño; por otro, su absoluto desconocimiento (o desinterés) acerca del correcto desarrollo del ser humano. El sonido de los videojuegos —concretamente el de disparos y ruidos de algún juego de guerra— es el único vestigio que indica la presencia de niños en ese lugar.

el diagnóstico nos toca a todos

En los argumentos del cine de la crisis vemos que solo unos pocos malandrines son considerados como los responsables del desastre económico. Sus puestos de trabajo son inaccesibles para el común de los mortales, pero sus opciones morales y su nefasto ejemplo como padres son miserias al alcance de cualquier ciudadano. No se han inventado atropellos para significar la degradación de estas gentes, sino costumbres muy arraigadas en nuestro mundo. Esto nos hace pensar que la crítica nos toca a todos aquellos que hacemos del egoísmo la justificación para nuestros pequeños crímenes diarios. Y no solo al selecto club de desalmados que vieron amplificados sus delitos personales, debido a una privilegiada posición laboral dentro de una cuestionable estructura de poder.

Arturo Encinas Cantalapiedra
Licenciado en Comunicación
Máster en Cinematografía

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