Un mensaje profundo en un lenguaje sencillo|martes, septiembre 17, 2019
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Ciudadanos del cielo 

Porque la cruz es locura a los que se pierden; pero a los que se salvan, esto es, a nosotros, es poder de Dios. Pues está escrito: Destruiré la sabiduría de los sabios, y desecharé el entendimiento de los entendidos. Pues ya que en la sabiduría de Dios, el mundo no conoció a Dios mediante la sabiduría, agradó a Dios salvar a los creyentes por la locura de la predicación. Porque los judíos piden señales, y los griegos buscan sabiduría; pero nosotros predicamos a Cristo crucificado, para los judíos ciertamente tropezadero, y para los gentiles locura; mas para los llamados, así judíos como griegos, Cristo poder de Dios, y sabiduría de Dios.
(1 Cor 1,18-25)

Nuestra mirada acampa en lo alto, en la tienda blanca de la alianza. En su Templo los vientos se ciñen con la verdad y luce revestida de justicia; se asienta sobre una inmensa alfombra cubierta con el celo por anunciar el evangelio y empuña en sus defensas las adargas de la fe; su bóveda es la redención para los que se refugian a su sombra y solo conquista y convence con la espada del Espíritu, que es la Palabra de Dios.

Porque nuestro afán no está entre las cenizas, ni en el sonido de los caudales, ni en las coronas de laureles, ni en esta tierra nuestra, que desaparecerá… La esencia de los sentidos perderá su ámbito y ya no habrá llantos ni lamentos.

A qué rebuscar en la carroña como buitres extenuados; cómo seguir insistiendo en gemir por los despojos del rencor y la soberbia…¡si se nos va la vida en menudencias! Se nos escapa de las manos como agua, sin poderla retener, y lo que era fundamental se vuelve vano; lo imprescindible, abolido; lo superlativo, minúsculo y la ansiada panacea, frustración… Porque se pudre el pan de la miseria y ya no sacia ni a Epulón; los silos rebosan putrefacción y miseria con el maná del sabbat; el agua se vuelve amarga como en Meribá. Entonces, ¿qué beberemos…? Vamos una y otra vez al pozo de Jacob, pero el agua se evapora; luego a vender baratijas al Templo, al trapicheo; y más tarde a tocar la flauta como si la tibieza se adueñara de nuestra voluntad.

Así pues, el verdadero tesoro no proviene de la carne, sino del espíritu y nuestro cauce no se dirige al mar, sino al cielo. De ahí la mirada en lo alto, fija en la cima del monte, donde el soplo nos hace desenmarañar las confusiones que turban el discernimiento. Nuestra naturaleza, con toda la naturaleza, también gime con dolores de parto la manifestación de los hijos de Dios y de esta forma vernos liberados de la esclavitud de la corrupción.

Esta es nuestra esperanza, y también la de cada hombre, “morar en la Casa de Yahvéh por días sin término” (Sal 27,4). “¡Pobre de mí! ¿Quién me librará de este cuerpo que me lleva a la muerte?” (Rom 7,24) ¿Y esto es, acaso, motivo de escándalo…? Para los sabios y los justos entre los hombres, es probable; mas para los llamados, lo mismo sabios que justos, este cuerpo se esconderá en lo oculto de su tienda, se recostará en la dulzura infinita del Padre; donde Jesús nos ha preparado una estancia, una gruta excavada en la roca, que es María; y en ella, definitivamente, podremos descansar.

Somos ciudadanos del Cielo; por eso deseamos partir y estar con Cristo, lo cual, ciertamente, es con mucho lo mejor.

 

Bendita María, escóndenos

en tu gruta de silencio,

en el arca de tu alegría,

escuela de bendición tus ojos, tu fe, torre de marfil,

cobíjanos en tu ternura, Bendita María

                                                                                                                                                                                                                       Jorge Santana

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