Un mensaje profundo en un lenguaje sencillo|domingo, septiembre 22, 2019
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«En aquel tiempo, habló Jesús diciendo: “¡Ay de ustedes, escribas y fariseos hipócritas, que pagan el diezmo de la menta, del hinojo y del comino, y descuidan lo esencial de la Ley: la justicia, la misericordia y la fidelidad! Hay que practicar esto, sin descuidar aquello. ¡Guías ciegos, que filtran el mosquito y se tragan el camello! ¡Ay de ustedes, escribas y fariseos hipócritas, que limpian por fuera la copa y el plato, mientras que por dentro están llenos de codicia y desenfreno! ¡Fariseo ciego! Limpia primero la copa por dentro, y así también quedará limpia por fuera”».  (Mt 23,23-26)

Juan Manuel Balmes

Cuántas veces nos encontramos en las parroquias personas que no han vivido aún La Pascua, ¡el Paso del Señor! Sí, han estado allí, pero no la han vivido. Tal vez puedan ser católicos de escucha frecuente de misa, incluso catequistas de primera comunión, de confirmación, de cursillos prematrimoniales, etcétera.

Cuántas veces oímos decir a estas personas que están a favor del aborto, del uso del preservativo, de la eutanasia, de separaciones matrimoniales… Y les hemos escuchado defender con frases como: “para que sufra, mejor que no nazca. Hija, hazte la amniocentesis”; “¡Coneja! ¡Te vas a cargar de hijos! ¿Es que no conoces la gomita?”; “Está sufriendo muchísimo, mejor es acabar de una vez”; “Si no se entienden ¿para qué van a seguir juntos?”; “Es que ella le ha dado muy mala vida ¡mi hija/o no podía aguantar más!”…

Lo peor de todo, es que estas personas siembran la duda y la discordia, y alejan a los que se acercan.

Realmente, no han vivido el paso del Señor, se han quedado en el Jesús histórico, o lo que es peor, en el “Jesusito de mi vida”. No han experimentado el Misterio de la Salvación; ese salto al encuentro personal con El Resucitado, el mismo que, cuando estaba en el desierto de mi vida, preso de la desesperación, donde nadie ni nada podían salvarme de la angustia, se hizo el encontradizo conmigo y me dijo que no me angustiara, que esa muerte que tanto temía, incluso en la que ya me encontraba, había sido vencida por Él, por puro Amor suyo; que mi vida valía su sangre y que mis pecados habían sido perdonados, sin reproches, sin tener que dar la talla. Y todo gratis.

Hoy, celebramos el día de San Agustín, prototipo de persona que buscó la verdad en multitud de cosas, para finalmente reconocer: “¡Tarde te amé. Hermosura tan antigua y tan nueva, tarde te amé! Y Tú estabas dentro de mí y yo afuera, y así por fuera te buscaba; y deforme que era, me lanzaba sobre estas cosas hermosas que Tú creaste. Tú estabas conmigo, mas yo no estaba contigo”.

Hoy el Señor nos invita, con todo nuestro ser abierto a la comprensión, a cargar con el peso de los otros. San Agustín, cuya festividad celebramos hoy,  descubrió la Verdad después de muchos tumbos y cuando finalmente la encontró, exclamó: “¡Señor, nos hiciste para ti, y nuestro corazón no descansará hasta que te encuentre!”.

Por que lo he experimentado, me atrevo a decir que el Cristianismo no es una filosofía de vida, ni siquiera una religión. Ser cristiano es el encuentro con una persona: Cristo, el Hijo de Dios resucitado. Todo lo que se salga de ahí es una caricatura.

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