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Cómplice de su locura 

Volvemos a la escena y nos disponemos a asistir a, como diría Juan de la Cruz, un lance en el que Dios –como siempre- toma la iniciativa. Se acerca al lecho de la esposa/alma  y acaricia  sus oídos con un susurro.  La esposa oye el requerimiento, mas por un momento es vencida por el sopor en el que está sumida (v 3). Es un lapsus provocado por el siguiente discurso: ¿Existe realmente Dios? ¿No será un producto o una sublimación de mis necesidades y carencias? Es el sopor, es la hora de las tinieblas y su poder (Lc 22,53). Por fin la esposa se quita de encima estas insinuaciones paralizantes y se levanta, alcanza la puerta, la abre…,  ¡su amado se había ido! (v 6).

Es a partir de entonces que entramos en el centro de la historia de amor jamás contada ni escrita. Estamos hablando de un encuentro en otra dimensión, el de Dios,  quien eleva al alma hasta hacerla partícipe, e incluso cómplice, de la única locura divina: amar. Es un amor sin curvas descendentes, flecha lanzada a lo alto y que traza un curso interminable. Es una historia de amor que sólo puede ser vivida desde tan sorprendente dimensión. La esposa participa de ella. Dejémosla hablar.

Como si fuera la cosa más natural del mundo, nos revela lo que pasa dentro de ella al constatar  la ausencia de su Amado: “el alma se me salió en su huída” (v 6). La experiencia de la que nos quiere hacer partícipes es brutal, experiencia que apreciamos más profundamente si nos ceñimos a la traducción original que dice “mi alma se me salió –como en fuga- detrás de su voz”.

Intentemos comprender algo del fuego ardiente que ha prendido en el corazón de esta mujer. Ha oído la Voz, la Palabra, la cual, aun siendo incorpórea, ha tronado en todo su ser estremeciéndola por completo: ¡Ábreme, amada mía! La oye y enfrenta un combate, el de la fe (2Tm 4,7). Al fin se decide. Abre la puerta y Él no está; sin embargo, su voz permanece en ella. No sabe lo que es peor: si no haber oído nada, o ser consciente de lo que ha oído y no encontrar al “autor de la voz”. Se encuentra, como diría el salmista, “como pájaro sin pareja en el tejado” (Sl 102,8). Está envuelta, en expresión de san Juan de la Cruz, en el fragor de un lance amoroso. Es tal la tensión que padece que, como ella misma confiesa, el alma se le salió en su huída o, siguiendo la traducción original, se puso en fuga en pos de la voz.

Se le ha salido el alma, se le ha dislocado, ha sido herida por Dios. Apenas ha sido un roce, mas ha causado herida. Es el dolor de quien no puede contener en sus capacidades afectivas tanto amor: el de Dios, el Infinito. Se ha quedado dislocada, descolocada, no sólo por la intensidad sino también por la novedad: el amor gratuito. Dos son los amantes. Uno, el que se da: Dios; y otro, ella, la que recibe. Nadie puede resistir tanto, de ahí la dislocación de su alma, se le escapa. Tal es el fuego que ha dejado la voz en ella… “que muero porque no muero”, que decía Teresa; o “rompe la tela de este encuentro” de Juan de la Cruz.

Con el alma en fuga, la esposa recorre la ciudad de punta a punta, busca al que ha alterado y sobresaltado todo su ser. Sus pasos, inusitadamente veloces, alcanzan las murallas,  se topan con los guardias de la ciudad. En sus prisas, apenas se ha cubierto con un manto. De nada sirven las explicaciones a los centinelas. Es de noche. Éstos no entienden nada de lo que oyen… palabras inconexas, un balbuceo, jadeos que recuerdan a una cierva (Sl 42,2). Anda buscando a no sé quién, al amado de su alma. Es lo único que aciertan a comprender. Bien conocen estos hombres qué tipo de mujeres son las que rondan las murallas a esas horas; más aún, es ahí donde tienen su casa (Jos 2,15). La confunden con una prostituta y como a tal la tratan (así era en aquel tiempo). La golpean, la humillan, la hieren y le arrebatan el manto descubriendo su desnudez.

Pongamos atención a estos gestos pues están llenos de una riqueza catequética de primera magnitud. Nuestra amiga ha sido juzgada como mercenaria del amor. Se ensañan con ella hasta despojarla de su vestidura. Resulta que la suerte del Amado, del amor de su alma, de aquel que la dislocó, fue bastante parecida. Fue considerado mercenario de Satanás (Jn 8,48), blasfemo (Mt 26,65), etc. Todo un cúmulo de rechazos y desprecios que culminaron con su condena a muerte. En su identificación con el hombre, el Hijo de Dios, al igual que su amada, dibujada en el Cantar de los Cantares y que, como sabemos, representa a toda alma, fue golpeado, humillado, herido y hasta despojado de sus vestidos (Mt 27,28).

Identidad de pasos y acontecimientos en lo que podemos llamar la doble huída: la de Dios hacia el alma y la de ésta hacia Dios. Identidad de pasos, amores, pasiones y destino. El destino de Jesús es el Padre, Él es su glorificación. Desnudo y agonizante en la cruz, gritó: “¡Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu!” (Lc 23,46). Desnudo contra la madera, fue arropado por su Padre, llegó a su destino, a Él.  Con estas palabras está confesando que su misión ha sido colmada de luz y significado. Plenitud que alcanza nuestra primigenia vocación humana: llegar a ser en Dios, tenerlo por y como Padre.

Justamente porque ésta es nuestra vocación, la raíz de nuestro existir, sólo Jesucristo, únicamente Él, podía y puede ser nuestro Maestro (Mt 23,8). Sólo Él posee la Sabiduría que nos enseña a fijar nuestros ojos en la Voz –el Evangelio- con la incontenible fuerza pasional  capaz de extraer de Ella su Fuego oculto. Sólo el Señor, el Maestro, puede enseñar al hombre a abrazarse al Fuego devorador de Dios respondiendo así al interrogante que el profeta Isaías dejó misteriosamente en el aire: “¿Quién de nosotros podrá habitar con el fuego consumidor? ¿Quién de nosotros podrá habitar con las llamas eternas?” (Is 33,14b).

De la mano de su Maestro, el hombre, como nuevo Prometeo, -esta vez exitosamente- se hace con el fuego de Dios; deja correr por las venas y arterias de su alma los ríos incandescentes de su Misterio. Es hacia la Voz del Maestro hacia quien están proyectados los ojos del discípulo (Hb 12,2). Es así como aprende a mirar, hambriento y sediento de vida, la Voz que es verdadera comida y bebida de su insaciable alma. El Señor Jesús nos abre paso entre sus llamas eternas haciéndonos capaces de habitar en ellas, y por ellas ser habitado.

Es un mirar, don de Dios, que proféticamente anticipó la esposa del Cantar de los Cantares con esa su mirada mística con la que robó el corazón de su Amado (Ct 4,9). Mirada ignífera causada por la pasión hacia la Voz “del amor de su alma” (Ct 8,13).

Hondamente apasionada, o mejor dicho, ganada para el amor por quien es Amor  (1Jn 4,8), nos mostró, aun entre sombras, nuestra razón de ser y existir. Con su audacia e intrepidez, prefiguró proféticamente la relación –de la más alta mística- entre el creyente y Dios. Relación de comunión, de amorosa pertenencia que no de sumisión, sino de apropiación de la dote matrimonial dada por su Esposo: “Yo te desposaré conmigo para siempre; te desposaré conmigo en justicia y en derecho, en amor y en compasión, te desposaré conmigo en fidelidad…” (Os 2,21-22). Dote que ha sido posible por el hecho de haber conocido y amado la Voz,  por el hecho de haberse dejado cautivar por ella.

“La Voz se hizo carne y habitó entre nosotros” (Jn 1,14). Jesús, el Buen Pastor, proclama: “Mis ovejas conocen mi voz” (Jn 10,4). Al anunciar esta buena noticia, el Hijo de Dios, el Maestro, está revelando que todo aquel que conoce su Voz conoce también, y al mismo tiempo, su elección.

Antonio Pavía

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