Un mensaje profundo en un lenguaje sencillo|domingo, septiembre 15, 2019
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Con amor eterno te amé 

“El Señor es mi Pastor, nada me falta” (Sal 23). Conocíamos el salmo, pero ahora conocemos al Pastor. En cuanto descubrimos a Dios, comprendimos que no podíamos hacer otra cosa más que vivir para Él. Pero debido a nuestra debilidad, es muy difícil conservar bien las gracias recibidas de Dios. Llevamos este tesoro —más valioso que el cielo y la tierra— en vasijas de barro: un cuerpo corruptible con un alma débil e inconstante que, por nada, se turba y se abate.

“Si alguien quiere venir en pos de mí —dice el Señor— niéguese a sí mismo, tome su cruz y sígame” (Mt 16,24). Necesitamos descubrir todo lo que el Señor quiere de nosotros, pero sin quedarnos en meras emociones, sentimientos o reacciones. Hay que sonreír, vivir y agradecer siempre; a veces no resulta nada fácil, sin embargo, el Señor nos dice: “Yo estoy contigo, ven y sígueme”, a pesar de los altibajos, sombras y luces, susurros y cercanía. “Él mismo tomó nuestras flaquezas y cargó con nuestras enfermedades” (Mt 8,17).

“El que tenga sed, que venga a mí y beba” (Jn 7,37) y prometió hacer manar fuentes de agua viva. Diálogo paciente, generoso, apasionante, este es el camino, el único camino. Dios se conmueve de nosotros: “Te he amado con un amor eterno y he tenido piedad de tu nada” (Jr 31,3). Ahora nos toca gozar y sobre todo construir. He ahí nuestra responsabilidad.

“Tú eres, Señor Jesús, la piedra firme, la piedra inmovible, el Dios fiel” (2 Tes 3,3). Solo en ti confiamos, porque eres, oh Cristo, la fuente de la que surge la vida eterna (Jn 4,14). Tú nos ha dotado con las armas de la Luz (Rom 13,12). “No os inquietéis pensando que comeréis, qué beberéis o con qué os vestiréis” (Mt 6,31). Todo está en manos de Dios y confiamos en Él. Una promesa que no defrauda. Dios nos abrió paso a la vida y aceptamos por medio de su gracia las circunstancias.

Benedicto XVI nos dijo: “En el mundo hoy hay una sola tristeza: la de no estar cerca de Dios. Orad sin interrupción (1 Tes 5,17) y permaneced cimentados en la fe (Col 1,23). No seas de los que extienden la mano para recibir y la encogen para dar. Amarás como a la niña de tus ojos (Dt 32,10) a todo el que te hable del Señor. Mis hermanos son los que hacen la voluntad de mi Padre (Mt 12,50), seamos, pues, imitadores de su paciencia y, si por causa de su nombre tenemos que sufrir, glorifiquémosle.

Como decía San Ignacio de Antioquía: “Si lo que yo anhelo es pertenecer a Dios, no me entreguéis al mundo ni me seduzcáis con las cosas materiales; dejad que pueda contemplar la luz pura; entonces seré hombre en pleno sentido. Permitid que imite la pasión de mi Dios. El que tenga a Dios en sí entenderá lo que quiero decir y se compadecerá de mí, sabiendo cuál es el deseo que me apremia”.

“¡Señor, dueño nuestro, qué admirable es tu nombre en toda la tierra!” (Sal 8,2). Este es el esplendor de la esperanza; algo fascinante que nos mueve a estar sumamente agradecidos porque Cristo se hace presente en nuestra vida. “El Espíritu del Señor está sobre mí, pues Él me ha consagrado con su unción y me ha enviado a evangelizar a los pobres” (Is 61,2). Dios escribe recto en nuestros renglones torcidos. ¡Que el Señor en su misericordia nos bendiga!

Miguel Iborra Viciana

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