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Con el evangelio hacia la igualdad 

Bien sabemos los cristianos que, con preferencia a cualquier otro movimiento social, es en el Cristianismo en donde se encuentra el Camino, la Verdad y la Vida hacia un humanismo integral y solidario, en el que vaya haciendo realidad la igualdad de oportunidades para todas las personas que pueblan (poblamos) el ancho mundo. Ahí radica la justa y efectiva revolución de hace veinte siglos a partir de la semilla del amor impartida por el Gran Sembrador (Mt.13:1-9, Mc.4:1-9 y Lc.8:-89), Él mismo todo amor y toda verdad y con plena autoridad para proclamar alto y claro:

Os doy un mandamiento nuevo: que os améis los unos a los otros. Que, como yo os he amado, así os améis vosotros los unos a los otros (Jn. 13:34).

Al respecto y con especial atención a lo que estos días se está gestando en esta España nuestra, vamos al portal www.vatican.va y leemos en la introducción al “Compendio de la Doctrina Social de la Iglesia” (Pontificio Consejo “Justicia y Paz”):

La Iglesia sigue interpelando a todos los pueblos y a todas las Naciones, porque sólo en el nombre de Cristo se da al hombre la salvación. La salvación que nos ha ganado el Señor Jesús, y por la que ha pagado un alto precio (cf. 1 Co 6,20; 1 P 1,18-19), se realiza en la vida nueva que los justos alcanzarán después de la muerte, pero atañe también a este mundo, en los ámbitos de la economía y del trabajo, de la técnica y de la comunicación, de la sociedad y de la política, de la comunidad internacional y de las relaciones entre las culturas y los pueblos: « Jesús vino a traer la salvación integral, que abarca al hombre entero y a todos los hombres, abriéndoles a los admirables horizontes de la filiación divina ». (Juan Pablo II, Carta enc. Redemptoris missio, 11: AAS 83 (1991) 260).  

En esta alba del tercer milenio, la Iglesia no se cansa de anunciar el Evangelio que dona salvación y libertad auténtica también en las cosas temporales, recordando la solemne recomendación dirigida por San Pablo a su discípulo Timoteo: « Proclama la Palabra, insiste a tiempo y a destiempo, reprende, amenaza, exhorta con toda paciencia y doctrina. Porque vendrá un tiempo en que los hombres no soportarán la doctrina sana, sino que, arrastrados por sus propias pasiones, se harán con un montón de maestros por el prurito de oír novedades; apartarán sus oídos de la verdad y se volverán a las fábulas. Tú, en cambio, pórtate en todo con prudencia, soporta los sufrimientos, realiza la función de evangelizador, desempeña a la perfección tu ministerio » (2 Tm 4,2-5).

A los hombres y mujeres de nuestro tiempo, sus compañeros de viaje, la Iglesia ofrece también su doctrina social. En efecto, cuando la Iglesia « cumple su misión de anunciar el Evangelio, enseña al hombre, en nombre de Cristo, su dignidad propia y su vocación a la comunión de las personas; y le descubre las exigencias de la justicia y de la paz, conformes a la sabiduría divina » (Catecismo de la Iglesia Católica, 2419).. Esta doctrina tiene una profunda unidad, que brota de la Fe en una salvación integral, de la Esperanza en una justicia plena, de la Caridad que hace verdaderamente hermanos a todos los hombres en Cristo: es una expresión del amor de Dios por el mundo, que Él ha amado tanto « que dio a su Hijo único » (Jn 3,16). La ley nueva del amor abarca la humanidad entera y no conoce fronteras, porque el anuncio de la salvación en Cristo se extiende «hasta los confines de la tierra» (Hch 1,8).

Descubriéndose amado por Dios, el hombre comprende la propia dignidad trascendente, aprende a no contentarse consigo mismo y a salir al encuentro del otro en una red de relaciones cada vez más auténticamente humanas. Los hombres renovados por el amor de Dios son capaces de cambiar las reglas, la calidad de las relaciones y las estructuras sociales: son personas capaces de llevar paz donde hay conflictos, de construir y cultivar relaciones fraternas donde hay odio, de buscar la justicia donde domina la explotación del hombre por el hombre. Sólo el amor es capaz de transformar de modo radical las relaciones que los seres humanos tienen entre sí. Desde esta perspectiva, todo hombre de buena voluntad puede entrever los vastos horizontes de la justicia y del desarrollo humano en la verdad y en el bien.

Cuando nos dejamos guiar por la buena voluntad, sí que encontramos en el Evangelio y, consecuentemente, en la Doctrina Social de la Iglesia, lo que necesitamos saber para mejor acertar en la elección de los candidatos que, sin despertarnos una absoluta confianza (“sencillos como palomas, pero prudentes como serpientes” –Mt.10:16-, recordémoslo) nos aparezcan como menos sectarios (tanto mejor si no se apoyan en periclitadas ideologías) y más preparados para la gestión pública (tanto mejor, si ya lo han demostrado), ello dejándonos guiar por el sentido común más que por la palabrería y la retórica al uso de los “mercaderes de ideas”, muy especialmente de todos esos que tratan de convencernos de que todo lo bueno se puede lograr sin esfuerzo personal o procurando que sean los otros los que se esfuercen por nosotros.

Por no perder el hilo de lo que venimos diciendo, no estará demás el tener en cuenta la constatación de que a la política actual, en cualquiera de sus colores, ha de correr un largo trecho hasta acercarse a la Verdad Evangélica, la misma en la que, repetimos, “se encuentra el Camino, la Verdad y la Vida hacia un humanismo integral y solidario, en el que vaya haciendo realidad una justa y efectiva igualdad de oportunidades para todas las personas que pueblan (poblamos) el ancho mundo”. Claro que, al parecer, algunos están menos lejos que otros.

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