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Con la oración experimentaremos a Dios 
17 de Marzo
Por Miguel Iborra Viciana

En aquel tiempo, Jesús cogió a Pedro, a Juan y a Santiago y subió a lo alto de la montaña, para orar. Y, mientras oraba, el aspecto de su rostro cambió, sus vestidos brillaban de resplandor.

De repente, dos hombres conversaban con él: eran Moisés y Elías, que, apareciendo con gloria, hablaban de su éxodo, que iba a consumar en Jerusalén.

Pedro y sus compañeros se caían de sueño; y, espabilándose, vieron su gloria y a los dos hombres que estaban con él. Mientras éstos se alejaban, dijo Pedro a Jesús: “Maestro, qué bien se está aquí. Haremos tres tiendas: una para ti, otra para Moisés y otra para Elías.”

No sabía lo que decía.

Todavía estaba hablando, cuando llegó una nube que los cubrió con su sombra. Se asustaron al entrar en la nube. Una voz desde la nube decía: “Éste es mi Hijo, el Elegido, escuchadle.”

Cuando sonó la voz, se encontró Jesús solo. Ellos guardaron silencio y, por el momento, no contaron a nadie nada de lo que habían visto (San Lucas 9, 28b-36).

COMENTARIO

El relato evangélico de la Transfiguración es la revelación de Dios, que nos presenta  a Cristo, como el que viene a dar plenitud a todas las realidades personales e institucionales de Israel. Él es el nuevo templo, la nueva alianza; el profeta de la última hora. Es una invitación a buscarle, a dejarnos impregnar por esa intimidad que es Dios, a creer en Él, convertirnos y su llamada a formar parte de la salvación en nuestra vida.

La escena se configura sencillamente con un “hombre” que ora intensamente a Dios para que no le falten las fuerzas en su “éxodo”, en su ida a Jerusalén.  Todo ha sucedido, según san Lucas, “mientras oraba”. Esto es especialmente significativo. Estas cosas intensas, espirituales, transformadoras, no pueden ocurrir más que en la otra dimensión humana. Es la dimensión en la que se revela que, sin embargo, el Hijo de Dios está allí. Los discípulos han vivido algo intenso, algo que no se esperaban.

En silencio profundo y en oración  experimentaremos a Dios. Aquí comienza nuestra tarea para que nos sintamos como lo que somos hijos, seres queridos y amados  por el Padre. Cuaresma es un tiempo propicio de cercanía, perdón y motivación, para oír la voz de Dios

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