Un mensaje profundo en un lenguaje sencillo|viernes, septiembre 20, 2019
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Con lazos de amor me atrajiste 

«En aquel tiempo, dijo Jesús a la gente: “El reino de los cielos se parece también a la red que echan en el mar y recoge toda clase de peces: cuando está llena, la arrastran a la orilla, se sientan, y reúnen los buenos en cestos y los malos los tiran. Lo mismo sucederá al final del tiempo: saldrán los ángeles, separarán a los malos de los buenos y los echarán al horno encendido. Allí será el llanto y el rechinar de dientes. ¿Entendéis bien todo esto?” . Ellos les contestaron: “Sí”. Él les dijo: “Ya veis, un escriba que entiende del reino de los cielos es como un padre de familia que va sacando del arca lo nuevo y lo antiguo”. Cuando Jesús acabó estas parábolas, partió de allí».  (Mt 13,47-53)

Ernesto Juliá

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Después de referirse al Reino de Dios como un “tesoro” que el hombre descubre gracias a la fe, que es también parte de este tesoro, el Señor habla hoy del Reino, como de una “red que se echa en el mar”. Quien descubre el “tesoro”, quien tiene fe en Cristo, “Camino, Verdad y Vida”,  al encontrarse enriquecido con la fe en el Señor, puede actuar de diferentes maneras:

  1. Olvidarse del “tesoro” y volverlo a enterrar, despreciarlo, y seguir viviendo como si jamás lo hubiera “encontrado”
  2. Aceptar el “tesoro” como un regalo, y no darle más importancia. Seguir viviendo con su “verdad”, no con Cristo Verdad.
  3. Recibir el “tesoro” con alegría, y llenar la inteligencia y el corazón de las luces recibidas. Hacer partícipes a todas las personas amigas y conocidas de su encuentro, y desear que también ellos lo “descubran” un día.

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Con humildad, hemos de reconocer que cualquiera de nosotros podemos ser cualquiera de esas personas. Y en esa humildad, renovamos el deseo este día de ser de los que “reciben” el tesoro, lo gozan, y quieren darlo a conocer a los demás.

En la primera parte de la parábola, el Señor se refiere a la vida del hombre en la tierra: esa red, que es semejante al Reino, es la Iglesia, extendida por todo el mundo; dirigida a todas las razas, a todas las naciones, a todas las culturas. La “red” se echa en el mar, que es el mundo, porque la Iglesia tiene la misión de trasmitir la fe en Cristo a todos los hombres, en todos los rincones del mundo, en todos los momentos de la historia hasta el fin del mundo.

La red “recoge toda clase de peces”. Cristo habla para todos los hijos de Dios dispersos por el mundo. Unos le conocen, otros esperan llegar a conocerle algún día, porque hay muchas personas sobre la tierra que nunca han oído el nombre de Jesucristo; y que nunca han oído hablar de que Dios se ha hecho hombre, sin dejar de ser Dios.

Estos hombres y mujeres que se han encontrado con el “tesoro”, son los peces que están nadando en el mar. Los peces “buenos” son los que han recibido el “tesoro” y lo cuidan, se alimentan de él y lo transmiten a los demás. Los peces “malos” son lo que reniegan de la fe, los que no actúan conforme a la verdad recibida del Señor; los que se encierran en sí mismo, y no abren los ojos para “ver” a Jesucristo y seguirle.

Unos reciben la palabra de Dios y la acogen; otros la reciben y la rechazan. Nadie queda fuera del interés y del amor de Dios. Nadie es indiferente a la venida del Reino de Dios. Los pescadores recogen los peces buenos y tiran los peces malos.

El Señor hace referencia a la realidad cotidiana en la que todos participamos, y en la que el “tesoro” recibido nos abre los ojos para descubrirnos el verdadero sentido de nuestra vida: la Salvación; la vida eterna con Dios. Todos los cristianos sabemos que nuestro caminar en la tierra es un caminar hacia el Reino de Dios, hacia la Salvación. Un caminar que es posible porque el fin del camino, la meta de nuestro andar ya está dentro de nosotros, en nosotros. Es Cristo. 

En la segunda parte de la parábola, el Señor sitúa a los oyentes ante el juicio final, ante la vida eterna: “Lo mismo sucederá al final de los tiempos”. Es el juicio de la muerte, que nos alcanza a todos. Una muerte que adquiere su sentido porque es la puerta hacia la Vida eterna.

La voluntad de Dios es “que todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento de la Verdad”. No todos los hombres, sin embargo, quieren dar a Dios la alegría de que los salve; y escogen su propia soledad, el infierno.

A lo largo de su vida, cada hombre, cada mujer, tiene en su mano la capacidad de hacer el bien o de hacer el mal. Y si hace el mal, tiene en su mano la oportunidad de arrepentirse y de pedir perdón. Quizá en esta vida, el hombre se da cuenta de que rechaza a Dios, de que quiere vivir sin ninguna relación con Él; que quiere vivir solo y solamente para sí mismo: una vida egoísta. En la terrible soledad que solo se descubre después de la muerte, será “el llanto y el crujir de dientes”, por haber rechazado la “salvación” de Dios.

El Señor nos hace una recomendación al terminar la parábola: sacar del fondo del corazón “cosas nuevas y cosas viejas”. ¿Qué son estas cosas nuevas y viejas? El amor de Dios a nosotros, que nos ha creado y nos ha redimido; y la realidad de la  vida eterna, que nos ofrece. Luces siempre nuevas y siempre viejas, que nos iluminan a lo largo del camino de la vida, si meditamos con frecuencia sobre la Vida, Pasión, Muerte y Resurrección de Cristo; si le adoramos en la Eucaristía.

Nuestra Señora de los Ángeles. La Iglesia recuerda hoy la memoria de la Virgen María, Reina de los Ángeles. Ella, con su amor materno, romperá nuestra “soledad”, nos ayudará a caminar en esta vida siempre en compañía de su hijo Jesucristo, y nos preparará un “lugar” junto a Ella en el Cielo.

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