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Con perseverancia salvaréis vuestras almas 
27 de Noviembre
Por Mª Nieves Díaz

«En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: “Os echarán mano, os perseguirán, entregándoos a las sinagogas y a la cárcel, y os harán comparecer ante reyes y gobernadores, por causa mía. Así tendréis ocasión de dar testimonio. Haced propósito de no preparar vuestra defensa, porque yo os daré palabras y sabiduría a las que no podrá hacer frente ni contradecir ningún adversario vuestro. Y hasta vuestros padres, y parientes, y hermanos, y amigos os traicionarán, y matarán a algunos de vosotros, y todos os odiarán por causa mía. Pero ni un cabello de vuestra cabeza perecerá; con vuestra perseverancia salvaréis vuestras almas”».  (Lc 21,12-19)


El evangelio de hoy es la parte final de un pasaje en el cual Jesús habla a sus discípulos de acontecimientos futuros, les previene contra la aparición de falsos profetas, que dirán ser el mesías prometido,  les anuncia catástrofes, y guerras venideras y, hace aquí la última de sus predicciones, que hoy nos presenta la liturgia  para nuestra reflexión.

“Y hasta vuestros padres y parientes, y hermanos, y amigos os traicionarán y matarán a algunos de vosotros y todos os odiarán por causa mía”. Aunque efectivamente sabemos que muchos mártires como Santa Catalina,  que fue mandada matar por su propio padre, han sufrido la persecución de familiares y amigos, estas palabras del Señor nos resultan durísimas. Jesús, un  personaje irrepetible como hombre, admirado incluso por muchos de sus enemigos, tan atractivo y subyugador por su coherencia, su dignidad y su valentía ante la muerte, provoca enormes odios; quizá precisamente por aquellos que se saben incapaces de sus virtudes y no son humildes para reconocerlo.

Nosotros ya conocemos lo que ha sido  la persecución de los cristianos a través de la historia y, desgraciadamente, hemos vivido de forma cercana la que sufrieron en nuestra guerra fratricida, obispos, sacerdotes, seminaristas y seglares, solo por su condición de creyentes en Cristo. Un gran número de ellos, proclamados santos recientemente en Tarragona por el Papa Francisco en una emocionante ceremonia.  Algunos  padres de la Iglesia dicen que a los cristianos nos hicieron más bien los emperadores que nos persiguieron, que aquellos que, con su aprobación  y aplauso, han hecho  nuestra fe blanda y cómoda.

En nuestros días comprobamos que no está bien visto creer, las personas que salen  en los medios presumen frecuentemente de no ser creyentes y, algunos de los que lo son, evitan hablar de ello. Nos quejamos de que nos ridiculicen, nos tomen por incultos, visionarios, pero tenemos que aceptar que eso va incluido en el compromiso del cristiano. “Así daréis testimonio de mí.”

La cruz personal y social del cristiano tiene este poder de levantar en las conciencias de los no creyentes la inquietud y hasta  la admiración por la valentía y el  sosiego  de los que sufren e incluso mueren por aquello en lo que creen. En este año de la fe el Papa Benedicto tenía como una de sus propósitos este sentimiento del cristiano de fidelidad a aquellas verdades y revelaciones que proclama en el Credo, y que deberían  dar forma a todos los actos de su vida. 

“No os preocupéis de  preparar vuestra defensa.” A veces nos acaloramos en las argumentaciones, para avalar nuestras creencias solo  por amor propio, para presumir de cultos, quedar por encima, y que no nos tomen por necios; pero el Señor quiere aprovechar la circunstancia para labrar los surcos en nosotros y  en nuestros enemigos; aunque indudablemente son buenos en esos momentos de controversia, nuestros conocimientos de las escrituras, la antropología, la filosofía, debemos dejarnos llevar por el Santo Espíritu y, con humildad y mansedumbre, aceptar lo que Él pondrá en nuestros labios.

“Con vuestra perseverancia salvaréis vuestras almas”. Pero al fin, Jesús remata las duras predicciones de persecución, con la gran promesa de la salvación. Los que no sufrimos los tormentos de la tortura y el martirio tenemos también adversidades, dolores, y problemas de la vida, la cruz lenta y diaria; el Señor nos dará fuerza para sobrellevarlos, con la esperanza de descansar, el último día, en los amorosos brazos de Dios.

Mª Nieves Díaz Taboada

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