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Con sabor a vino nuevo 
11 de Febrero
Por Enrique Solana

«Había una boda en Caná de Galilea y la madre de Jesús estaba allí; Jesús y sus discípulos estaban también invitados a la boda. Falló el vino y la madre de Jesús le dijo: “No les queda vino”. Jesús le contestó: “Mujer déjame, todavía no ha llegado mi hora”. Su madre dijo a los sirvientes: “Haced lo que él os diga”. Había allí colocadas seis tinajas de piedra, para las purificaciones de los judíos, de unos cien litros cada una. Jesús les dijo: “Llenad las tinajas de agua”. Y las llenaron hasta arriba. Entonces les mandó: “Sacad ahora y llevádselo al mayordomo”. Ellos se lo llevaron. El mayordomo probó el agua convertida en vino sin saber de dónde venía (los sirvientes sí lo sabían, pues habían sacado el agua), y entonces llamó al novio y le dijo: “Todo el mundo pone primero el vino bueno y cuando ya están bebidos el peor; tú en cambio has guardado el vino bueno hasta ahora”. Así en Caná de Galilea Jesús comenzó sus signos, manifestó su gloria y creció la fe de sus discípulos en él. Después bajó a Cafarnaún con su madre y sus hermanos y sus discípulos, pero no se quedaron allí muchos días».  (Jn. 2, 1-12)


Hoy la Iglesia celebra la festividad de Nuestra Señora de Lourdes. Por esa razón, interrumpiendo la lectura continuada del evangelio de San Marcos, nos ofrece este trocito del evangelio de San Juan en el que ella, la Madre, tiene un papel muy relevante.

En este evangelio el Señor nos hace presente la alegría de vivir, y lo hace en un contexto de bodas. Nada hay más festivo en este mundo que una boda, el nacimiento de una nueva familia. Por muy de vuelta que estemos de todo, el momento del sí de los novios nos pone delante lo único que realmente nos interesa, el amor. Y de ahí surge luego la fiesta: la comida, la bebida, la música, la danza… Y corre el vino, imagen por sí solo de la fiesta, porque sin vino no hay fiesta; le es consustancial. Es su icono.

En estas bodas se acaba el vino y sin él la fiesta se pone en riesgo y, por tanto, la misma boda. Resulta curioso que sea María quien se dé cuenta. Se ve que está pendiente de los detalles, y hablando con su Hijo desencadena lo que terminará en un prodigio extraordinario: la conversión del agua en un excelente vino que despierta la admiración de todos. Lo que crea más extrañeza es el hecho de que el mejor vino aparezca al final, cuando la celebración está ya muy avanzada, cuando debiera comenzar a decaer.

Esto es la vida, una boda en la que nosotros ocupamos el lugar de la esposa, a la que Él, el esposo, desea seducir sin avasallar, atraer en su total libertad, permitiendo ser esquivado una y otra vez…, porque la esposa duerme, no tiene puesto en Él el corazón, la distraen otras cosas que aunque le resultan atractivas, en el fondo la llenan de tedio, no la colman, y duerme. Y así va pasando la vida, sin alegría, quizás un sucedáneo que otro, pero que no hace sino aumentar el desasosiego.

La esposa duerme, le falta el amor de su auténtico esposo. La vida se nos escapa absurdamente y solo tenemos cosas; se nos va sin poder retenerla, como el agua entre los dedos.

Lo importante es que Él sigue rondando en cada encrucijada. Incluso al final, en el atardecer de la vida en que todo va tomando un tono tristón al asomar al fondo el ocaso,  Él sigue insistiendo con el ímpetu del primer impulso, acrecentado incluso por el rechazo: “Ábreme amada mía, ábreme paloma, que mi cabeza está cubierta de rocío y mis cabellos del relente de la noche”. Entonces sucede el milagro cuando ella, la madre, hace un gesto imperceptible: Sí Hijo mío, sí es ya la hora… Y Él, obediente, realiza el gran milagro. Y surge el vino bueno que provoca la fiesta, imagen del que nos dará al final, el vino del esposo totalmente entregado, su vida entera, su propia sangre.

Con Él nos queda por vivir lo mejor de la vida, ya estemos viejos, enfermos o no tengamos nada. Aún en el final, en el ocaso de la vida, vivir con Cristo es con mucho lo mejor. Con Él, la vida aguada se transforma en vino nuevo, en un prodigio.

Que María nuestra madre, cuya fiesta celebramos hoy en su advocación de Nuestra Señora de Lourdes, realice todos los días en nosotros el milagro de una vida nueva.

Enrique Solana

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