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Conceder el don del perdón 
21 de Diciembre
Por Juanjo Guerrero

María se levantó y se puso en camino deprisa hacia la montaña, a una ciudad de Judá; entró en casa de Zacarías y saludó a Isabel. Aconteció que, en cuanto Isabel oyó el saludo de María, saltó la criatura en su vientre. Se llenó Isabel de Espíritu Santo y, levantando la voz, exclamó: “¡Bendita tú entre las mujeres, y bendito el fruto de tu vientre! ¿Quién soy yo para que me visite la madre de mi Señor? Pues, en cuanto tu saludo llegó a mis oídos, la criatura saltó de alegría en mi vientre. Bienaventurada la que ha creído, porque lo que le ha dicho el Señor se cumplirá” (San Lucas 1, 39-45).

COMENTARIO

En nuestro mundo, sacudido por una multitud de problemas, desencuentros, prisas y agobios de toda índole, llama la atención la paz y la alegría que se desprende del encuentro de María con su prima Isabel.

La dicha que, seguramente, sintieron ambas mujeres en sus corazones tuvo que ser fruto de la situación en la que se encontraban sus espíritus en el momento del encuentro: María, consciente del insuperable don concedido por el Cielo, rebosaría agradecimiento y un enorme deseo de hacer partícipe de su alegría a sus íntimos. En su inmaculado ser era imposible que anidara ningún sentimiento bastardo. Isabel, por su parte, se encontraba en situación semejante a la de María, al concebir en su ancianidad, aunque, lógicamente, en menor grado; y también tendría un alma limpia de malas intenciones y torpes deseos.

En esta disposición –que está al alcance de cualquier persona que desee valorar los dones que ha recibido de Dios y, agradecida, sepa disculpar los defectos de sus hermanos- se impone el hacer partícipe a los demás de esa desbordante alegría que llena el corazón y es un don más recibido del cielo.

Todo lo que antecede puede servir de base para una meditación de este Evangelio y, con el corazón embelesado por la belleza que se desprende la sencillez y pureza de estas extraordinarias mujeres, sentirse uno arrebatado hacia el cielo, extasiado en una profunda oración que purifique el espíritu y mueva al Señor a conceder el don del perdón absoluto al que tanto lo desea.

Quienes sintieran la necesidad de ponerse en esta actitud estarían iniciando un camino de regeneración del corazón que habría de conducirlos a la eterna bienaventuranza. Y el mundo empezaría a ser mejor.

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