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Confidencias de un Apóstol 

Consciente de la fragilidad humana, de las continuas vueltas atrás del hombre ante resoluciones libremente aceptadas, el apóstol Pablo nos ilumina profundamente en las confidencias que hace a su colaborador Timoteo, a quien llama “mi hijo querido” (2Tm 1,2). Las dos cartas a su compañero de fatigas son todo un himno de acción de gracias y bendición al Señor Jesús, por haberle llamado para anunciar el santo Evangelio de la gloria y la gracia de Dios. Es tanto “y tan todo” lo que Pablo ha recibido de su Señor y Maestro que no le importa en absoluto haber sido reducido a la miserable condición de los prisioneros. Es más, las cadenas que le sujetan no son para él motivo de ignominia sino de grandeza y de gloria. No se avergüenza de ellas, son el aval y la garantía de su amor incondicional a Jesús, a la misión por Él confiada: el anuncio de su Evangelio.

Consciente de que su vida está ya acariciando su plenitud en Dios, hace partícipe y confidente de esta su victoria a Timoteo. Oigamos algunas de sus confidencias: “No te avergüences, pues, ni del testimonio que has de dar de nuestro Señor, ni de mí, su prisionero; sino, al contrario, soporta conmigo los sufrimientos por el Evangelio, ayudado por la fuerza de Dios” (2Tm 1,8). Pablo tiene plena autoridad para hablar en estos términos. Autoridad que se apoya no en psicologías ni en buenos resultados, y, por supuesto, tampoco en el hecho de depender de la aprobación o aplausos de ningún hombre, sea quien fuere. Su autoridad emerge gigantescamente de una experiencia o, mejor dicho, de la única experiencia realmente consistente en lo que respecta a la fe. El apóstol la resume en pocas palabras: “Sé de quién me he fiado”. Palabras que enmarcamos en su real contexto y del que ya hemos hecho mención: su confidenciarse con su amigo Timoteo: “Por este motivo estoy soportando estos sufrimientos; pero no me avergüenzo, porque yo sé bien de quién me he fiado, y estoy convencido de que es poderoso para guardar mi depósito hasta aquel Día” (2Tm 1,12).

Fijémonos atentamente en esta bellísima confesión. No dice: me han dicho acerca de Jesucristo; o he oído; o bien, he leído; sino ¡sé! Sé que Jesucristo es lo suficientemente fiable como para poner mi vida, toda ella, en sus manos; sé que en buenas manos está. Sé de quién me he fiado, y sé también que es poderoso para guardar mi depósito hasta aquel Día. Estas últimas palabras son de una riqueza excepcional. Viene a decir a Timoteo que su vida en manos de su Señor está perfectamente asegurada; y más aún: crecida hasta su plenitud, muy por encima de toda expectativa. A toda la misión realizada en nombre del Señor, Pablo la llama “su depósito”, igual que los depósitos bancarios. Al consagrarse plenamente al Evangelio, no hay desvelo, lágrimas, rechazo, humillación, desprecio o persecución que haya quedado fuera del granero de Dios, siguiendo la idea catequética de Juan Bautista (Lc 3,17).

Más explícito y contundente se muestra Jesús al hablar de aquellos que ponen su vida, su depósito, en sus manos por amor a Él y a su Evangelio: “Vended vuestros bienes y dad limosna. Haceos bolsas que no se deterioran, un tesoro inagotable en los cielos, donde no llega el ladrón, ni la polilla; porque donde esté vuestro tesoro, allí estará también vuestro corazón” (Lc 12,33-34). El testimonio de fe de Pablo es más que elocuente, no admite la menor vacilación. Mi Señor –dice- guardará en sus manos mi depósito hasta “aquel Día”. Se refiere al día de su resurrección. Ese día especial, hecho en exclusiva por el Padre para la resurrección de su Hijo y del cual se hace eco el autor inspirado del salmo 118: “¡Éste es el día que hizo el Señor, sea nuestra alegría y nuestro gozo!” (Sl 118,24). También, y como no podía ser menos, se hacen eco de esta buena noticia los profetas: “Así dice Yahvé: En el tiempo favorable te escucharé y en el día nefasto te asistiré” (Is 49,8). Día del que nos habla el mismo Jesús y que Abraham vio a lo lejos por su fe, y que le provocó un gozo indescriptible: “Vuestro Padre Abraham se regocijó pensando en ver mi Día; lo vio y se alegró” (Jn 8,56). 

Por su parte, los santos Padres de la Iglesia nos dirán que en la resurrección de Jesús, Dios completó su creación. En el octavo día Dios creó la resurrección. Es ese día en el que, al despertar de la muerte, el hombre se saciará del rostro de Dios, tal y como profetizan los salmos (Sl 17,15). Ése es el día que Pablo sabe, conoce y espera tanto cuanto sabe, conoce y espera de su Señor, el Resucitado, el Maestro de su alma. El que sembró en ella certezas firmes como la dura roca, y que mantuvieron vivas su fe y su espiritualidad. Sólo así es posible estar firme ante toda prueba o tentación, como dice Jesucristo (Mt 7,24-25).

 

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