Un mensaje profundo en un lenguaje sencillo|viernes, diciembre 14, 2018
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Conocer al Señor Jesús (Jn 14,9) 

Nos situamos en “la hora de Jesús”. Muchas veces hemos oído al Señor hablar de “esa hora”. “…Aún no ha llegado mi hora…”, repite incesantemente. Ahora ya ha llegado. Y está dando a sus discípulos las últimas advertencias y consejos para lo que ha de llegar de forma inminente: su prendimiento, su sacrificio…su muerte, y su Resurrección.

El Maestro les está hablando  del lugar que les prepara, y del camino a seguir para llegar a él. Les anuncia su vuelta para llevarlos consigo…y no le entienden. Tomás le dice: “…Señor, no sabemos a dónde vas, ¿cómo vamos a saber el camino?…” Le dice Jesús: “Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida, nadie va al Padre sino por mí; si me conocéis a mí, conoceréis también a mi Padre…”.

De modo que llevan tres años con Él, han sido testigos de multitud de milagros, han visto resucitar a Lázaro y a muchos muertos, y no le conocen…Será Tomás el que después de la muerte de Jesús, no crea en su Resurrección. Ahora desconoce el lugar a donde va su Maestro, luego le faltará fe. También nos dejara una bellísima oración: “Señor mío y Dios mío”, reconociéndole como Dios. Es, en cierto modo, el apóstol de la lógica real del hombre que pisa la tierra, pero su cabeza todavía no se eleva al cielo.

Él piensa: si no conozco el camino, no puedo volver a encontrarlo para ir con Él. Piensa: dicen que ha resucitado, pero yo necesito ver y tocar. Es el paradigma del hombre actual.

Felipe no se queda atrás: “…Señor, muéstranos al Padre y nos basta…”. Jesús le dice: “Tanto tiempo hace que estoy con vosotros, Felipe, y ¿no me conoces? ¿No crees que esté en el Padre, y el Padre en mí?

Y a esta pregunta no le sigue ninguna contestación. Hay las dudas lógicas de unos discípulos atemorizados que aún no han recibido el Espíritu Santo. Por eso Jesús les anuncia que es buena para ellos su partida; así el Padre les enviará el Espíritu. Y es más: les indica, nos anuncia también a nosotros, en qué consiste el amor que hemos de dar a Dios: “…si alguno me ama guardará mis Palabras; y mi Padre le amará, y vendremos a Él y haremos morada en él…”

 Tremendas palabras de Jesucristo: “si alguno me ama…”. Él mismo duda si habrá alguien en la tierra que sea capaz de amarle…Después del sacrificio cruento terrible y gratuito, inmerecido por nosotros, para nuestra salvación, ¿habrá alguien que no sea capaz de amarle? En nuestra vida, ¿alguien nos amó así?

Y la forma de amarle es clara: guardar su Palabra, guardar su Evangelio; guardarlo como María de Nazaret guardaba “esas cosas” en su corazón, haciéndolas suyas, incorporándolas a su ser.

Alguna vez pienso en cómo he de amar a Dios: Él mismo dice cómo: GUARDANDO SU EVANGELIO. De ahí emana toda la Revelación, toda la Ley entregada por Dios-Yahveh a Moisés; toda la Ley y los Profetas, como nos dice la Escritura.

Lo que los profetas anunciaron y no vieron, el Rostro de Dios que pedía Moisés, a nosotros nos ha sido revelado en el Rostro de Jesucristo. Ya le podemos ver y no morir. Jesucristo está vivo en el Evangelio cada vez que abrimos su letra impresa. Jesucristo está vivo cada vez que comemos su carne en la Eucaristía; Jesucristo está vivo en el sagrario cuando vamos a rezarle.

En lo más escondido de nuestro ser, ahí está Dios. San Agustín decía que Dios es “interior íntimo meo”, está en lo más íntimo de nuestro yo. Ahora podemos”conocer a Dios en Jesucristo” y esperar ese lugar que nos tiene prometido junto a Él.

Alabado sea Jesucristo

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