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Conócete a ti mismo 

El hombre siempre ha sido un misterio. Desde el “Conócete a ti mismo” —el aforismo griego inscrito en el frontón del templo de Apolo en Delfos— ha llovido mucho, y sin embargo, el hombre sigue buscando afanosamente su identidad. Máxime en una época como la actual, en que Europa parece haber perdido sus raíces judeo-cristianas y greco-latinas. Sumido en el marasmo del relativismo, el hombre se encuentra tras la muerte de Dios que decretara Nietzsche, sin verdad, sin valores, sin una ética precisa, y por consiguiente, sin saber a qué atenerse.

Hoy se vive en el mundo de las apariencias, en la superficie de los acontecimientos, en lo provisional, en la tiniebla; atento únicamente a lo que opine la mayoría porque nadie quiere sentirse solo y distinto. Al hombre de hoy le “viven su vida”. Se acepta como verdad lo que es solo sombras —como en el mito platónico de la caverna—, pero ansía salir a la luz, conocerse a sí mismo, a los otros y a lo que le rodea. En una palabra, autotrascenderse, porque el materialismo, hedonismo, nihilismo y todos los demás “ismos” en que se siente inmerso no le satisfacen, no logran hacerle feliz. Y el hombre, hoy y siempre, ha nacido para ser feliz. ¿Cómo llenar ese vacío existencial? ¿Cómo encontrar esa espiritualidad, que aun sin nombrarla, busca desesperadamente?

Erich Fromm, sobre todo en su libro Psicoanálisis y budismo Zen, da unas claves que nos pueden orientar en esta cuestión. Indica que, si bien en sus primeros tiempos, el paciente acudía al Psicoanálisis en casos de neurosis en los que aparecían síntomas claros de su enfermedad, posteriormente acude al médico para solucionar el “mal del siglo”, el vacío existencial. Afirma Fromm que la fascinación que el hombre de Occidente siente por la espiritualidad oriental —ya sea hinduismo, budismo zen, yoga, meditación trascendental, reiki y un largo etc.— se debe a que desea encontrarse a sí mismo, llenar su vacío, alcanzar el satori, la iluminación, mediante el desapego de lo material que le asfixia, pero sin acudir a Dios, basándose solo en el esfuerzo humano. De la misma manera, la purificación del karma la consigue a través de sucesivas reencarnaciones, siguiendo el camino de la virtud, de la recta justicia —dharma— para alcanzar la “iluminación”, la plenitud, la felicidad.

Tanto la vía del Psicoanálisis como la espiritualidad oriental —opina Fromm— parecen más apropiadas para el hombre postmoderno, autosuficiente, que ha prescindido del Dios cristiano y desea conseguir la armonía y su propia identidad solo con sus propios medios.

Llegados a este punto, no deben olvidarse las soluciones que ofrece la “Logoterapia”, que se concentra en la búsqueda del sentido de la existencia humana, y que propone Viktor Frankl, creador de la “tercera escuela vienesa de Psicoterapia”. Siguiendo a Karl Jaspers, afirma que el hombre “se hace hombre al darse a los demás”. Solo puede crecer y perfeccionarse en referencia a los otros —“yo me convierto en yo a través de un tú” — y teniendo además en cuenta su dimensión espiritual, “el suprasentido”, es decir el sentido último de la vida, en referencia a un dios personal.

También el hombre cristiano busca la felicidad por el camino de la verdad revelada por el mismo Dios y mostrada en toda su plenitud en la persona de Jesucristo, “rostro humano de Dios y rostro divino del hombre”. Ya en el Génesis se desvela el misterio del hombre, “creado a imagen y semejanza de Dios”, y se hace más patente cuando se nos revela que “Dios es amor” y que todo hombre es amado por Él, y hecho hijo en el Hijo. Qué distante el Dios trinitario —un solo Dios y tres personas distintas, para dar y recibir amor— del solitario dios de los filósofos: el Bien y la Belleza, según Platón; el Logos, Motor inmóvil, Causa eficiente, Acto puro… de Aristóteles, etc.

También el hombre cristiano desea conocerse a sí mismo. Es precisamente San Agustín el que descubre el “hombre interior” y lo introduce en la filosofía. “En el interior del hombre habita la verdad”, “Dios es más interior a ti que tú mismo”. “Conózcame a mí, conócete a Ti”. Para el creyente, esa travesía de conocerse a sí mismo es menos ardua que para la espiritualidad oriental que antes citamos, precisamente porque contamos con la ayuda de la Gracia, con el Espíritu Santo que, como dice nuestro Papa Francisco, con esa “cercanía” que le caracteriza, “no es un sindicalista, sino un gran trabajador…”.

También el cristiano para seguir a Cristo y alcanzar la meta de San Pablo (“Mi vivir es Cristo”, “No soy yo quien vive, es Cristo quien vive en mí”) necesita del desapego, de salir de sí mismo, que no quiere decir en modo alguno renunciar a ser uno mismo, sino a descubrir en el hondón del alma lo que Dios es en él, liberado de tanto ruido y trabas que le impiden buscar lo esencial.

Cuando Dios le indica a Abrahán “sal de tu tierra y de la casa de tu padre…”, se está refiriendo a todo lo que le rodea y ata, a la necesidad de ese despojamiento, cuya máxima expresión nos la mostró Jesucristo al hacerse hombre y entrar en la historia humana y aceptar incluso la muerte en cruz, fruto de la miseria, pero también de la libertad de los hombres.

Mientras que en la espiritualidad de Oriente, la purificación es fruto del solo esfuerzo humano en las sucesivas reencarnaciones, para el cristiano, nuestro Dios se ofrece a sí mismo en la persona del Hijo para traernos la salvación. Al hombre solo le resta la aceptación y la acción de gracias.

Entiéndase que la salvación no solo se refiere a la vida eterna, sino al vivir de cada día, porque el “Reino ya ha comenzado”, y es también en el hoy, cuando el hombre puede alcanzar la plenitud y por tanto la felicidad, desarrollando sus talentos con la ayuda de la gracia y confiándose a un Padre amoroso que le ama tiernamente, porque “Dios quiere que todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento de la Verdad”.

Pilar Moíño Carrillo

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