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Constancia en la oración 
16 de Noviembre
Por Jesús Bayarri

Les propuso una parábola para inculcarles que era preciso orar siempre sin desfallecer: «Había en una ciudad un juez que ni temía a Dios ni respetaba a los hombres. Había en aquella misma ciudad una viuda que, acudiendo a él, le dijo: ¡Hazme justicia contra mi adversario! Durante mucho tiempo no quiso, pero después se dijo a sí mismo: Aunque no temo a Dios ni respeto a los hombres, como esta viuda me causa molestias, le voy a hacer justicia para que deje de una vez de importunarme.»

Dijo, pues, el Señor: «Oíd lo que dice el juez injusto; pues, ¿no hará Dios justicia a sus elegidos, que están clamando a él día y noche? ¿Les hará esperar? Os digo que les hará justicia pronto. Pero, cuando el Hijo del hombre venga, ¿encontrará la fe sobre la tierra?» (San Lucas 18, 1-8).

COMENTARIO

Inculcar que la oración debe ser constante y sin desfallecer, quiere decir que no hay otra posibilidad alternativa de vida cristiana que, permanecer unidos a Cristo, a Dios, con el corazón y también con la boca cuando sea posible. No porque Dios requiera de nuestra insistencia extrema, sino porque, como nos dice la parábola, en la vida cristiana se realiza un combate, que debe durar hasta el fin de los tiempos, ya que existe un adversario que sólo será encadenado en la venida del Hijo del hombre, cuando venga a hacer justicia, y mientras tanto, el adversario, no cejará en su ataque furibundo contra el creyente.

En el Evangelio, la viuda, figura de la Iglesia, necesita de la constancia en la súplica ante el juez, como ayuda contra su adversario. En ambos casos, el adversario es invencible por las solas fuerzas, por lo que se requiere el auxilio de la acción poderosa de Dios, mientras dura el tiempo establecido por él, para la acción del adversario, que normalmente es mayor que la vida de un hombre. Con todo, Dios que escucha siempre la oración hará justicia pronto, aunque nos haga esperar.

Una tal oración, implica una fe en consonancia con ella que la haga posible. Cristo lo manifiesta así, cuando une oración y fe: “Pero cuando el Hijo del hombre venga ¿encontrará la fe sobre la tierra? La fe que hace que sus elegidos estén clamando a Él, día y noche mientras esperan en su justicia frente a su adversario.

El Señor hace esperar a sus elegidos que claman a él día y noche, como hace esperar al ciego de Jericó Bartimeo, porque con su clamor, hacen presente la salvación de Cristo, testificando con su fe el amor de Dios a cuantos les rodean.

La oración garantiza la victoria, y la fe hace posible la oración.

Ya decía san Agustín, que la oración es el encuentro de la sed de Dios (que es su amor), con la sed del hombre, (que es su necesidad de amor y de amar). Como dice el salmo: “Sea el Señor tu delicia y él te dará lo que pide tu corazón”.

 

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