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Contra la hipocresía 
08 de Junio
Por Juanjo Guerrero

Los judíos, como era el día de la Preparación, para que no se quedaran los cuerpos en la cruz el sábado, porque aquel sábado era un día solemne, pidieron a Pilato que les quebraran las piernas y que los quitaran. Fueron los soldados, le quebraron las piernas al  primero y luego al otro que habían crucificado con él;  pero al llegar a Jesús, viendo que ya había muerto, no le quebraron las piernas, sino que uno de los soldados, con la lanza, le traspasó el costado, y al punto salió sangre y agua. El que lo vio da testimonio, y su testimonio es verdadero, y él sabe que dice verdad, para que también vosotros creáis. Esto ocurrió para que se cumpliera la Escritura: “No le quebrarán un hueso”; y en  otro lugar la Escritura dice: “Mirarán al que atravesaron” (San Juan 19,31-37).

COMENTARIO

Como tantas veces ocurre hoy, los jefes de los judíos de entonces, es decir, los que se consideran buenos, intachables, poseedores de la verdad; los que cumplían y obligaban a cumplir escrupulosamente la letra de la ley; en este caso el evitar a toda costa que el día solemne del sábado fuera contaminado por la presencia de aquellos abominables condenados, cometen los peores errores. Así es como en aquel momento, en su absurda ceguera, hacen desaparecer, quitándolo de en medio al mismísimo Dios, a Jesucristo, cuyo cuerpo pendía de la cruz.

En nuestra época también existen esos “poseedores de la verdad” que exigiendo a los demás el estricto cumplimiento de determinados preceptos –cosa que en sí no es mala- olvidan practicar la misericordia y abandonan al necesitado; no ayudan al prójimo, al que frecuentemente consideran inferior, más pecador que ellos mismos, engreídos en sus propias supuestas virtudes.

Para no caer en este pecado, que en el fondo no es más que producto de la soberbia con la que Satanás trata de engancharnos, a todos nos convendría ponernos en la presencia de Dios, analizarnos con la mayor humildad posible, pedir perdón por nuestros propios pecados y, con toda sinceridad, implorar al Señor que nos conceda el inmenso don de amar al prójimo como él nos ama a todos.

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