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Convento de la Visitación de María (Burgos) 

“Lo que no es de Dios no es nada para mí”

La espiritualidad de San Francisco de Sales es un foco de luz para caminar por la vida. Seglares o consagrados, cualquiera que escudriñe entre sus enseñanzas obtendrá la llave para descifrar la ciencia del Amor. “Nuestro Señor sabe bien lo que hace; hagamos lo que Él quiere y quedémonos donde Él nos ha puesto”, decía entre otros sabios consejos. Cuando uno conoce a las salesas del convento de la Visitación de María, en Burgos, comprende la magnitud de la palabra humildad y dulzura. Porque quien dice amor a Dios, dice abandono en la voluntad divina.

La Orden de la Visitación de Santa María fue fundada en Annecy (Francia) en 1610 por San Francisco de Sales, Obispo de Ginebra y posteriormente gran patriarca de la familia Salesiana, y Santa Juana de Chantal, respondiendo a un deseo firme de abrir el camino de perfección a la gente del mundo. Lo que comenzó siendo una pequeña semilla es hoy un gran árbol que extiende sus ramas por 31 países de todos los continentes. En España existen 19 conventos de la Visitación.

Previamente San Francisco de Sales había observado que las órdenes contemplativas existentes poseían reglas muy severas, con grandes penitencias corporales —romper el sueño a media noche, ir descalzas, no comer carne…—, cuya rigurosidad impedía a mucha gente de edad avanzada o débil salud optar por la vida religiosa. Preocupado por ello, el santo francés recibe la inspiración de fundar una Orden abierta a todas las mujeres, pero con la particularidad de que la austeridad se supla con más humildad, caridad y amabilidad. «Ese es nuestro carisma: suprime las fuertes penitencias y nos hace fuertes en la obediencia; renunciando a nuestra propia voluntad y uniéndola a la voluntad de Dios, a través de la humildad ante Dios y la dulzura para con el prójimo», explica la Hermana Begoña.

Humildad y dulzura, virtudes estas presentes en la actitud de María en el Misterio de la Visitación, junto con el servicio, abandono de sí y la sencillez. De ahí la elección de su nombre: Orden de la Visitación de María. «Nuestro santo fundador quería que las visitandinas reflejáramos esto en nuestras vidas», añade la Hermana María de los Ángeles. «La última experiencia que hemos tenido en el convento ha sido la de una viuda de sesenta y ocho años. Por nuestro carisma acogemos a cualquiera, tenga la edad y la salud que tenga. Si Dios llama, claro», puntualiza la superiora, la Madre Ana María.

Otro de los pilares de su espiritualidad es la devoción al Sagrado Corazón de Jesús. Por eso, las visitandinas —o salesas, como se conocen en España— tienen el privilegio y la gracia de llevar el título de Hijas del Corazón de Jesús. No en vano, el Señor escogió en 1675 a una humilde de ellas, Santa Margarita María de Alacoque, para revelarle sus confidencias sobre el Corazón de Cristo y propagara esta devoción de amor y reparación entre los hombres.

solo el Amor poseerá mi corazón

Este convento de la Visitación de María, en Burgos, data de 1892 y fue fundado por María Serafina Limerick, visitandina francesa aunque residente en Madrid, quien sintió que Dios le pedía un nuevo convento para la Orden, pero en este caso ofrecido para reparar las faltas de caridad de las almas consagradas. En la actualidad son veinte las hermanas que forman esta comunidad, cuyas edades oscilan entre los casi treinta años de la más joven, Cristella, novicia y natural de Burundi, y los más de ochenta de otras dos hermanas. Aunque la mayoría de ellas son de Burgos capital y demás pueblos de la provincia, también hay hermanas de Palencia, Orense y de fuera de nuestras fronteras, como México, Burundi y Guinea Ecuatorial.

«La espiritualidad de nuestro padre fundador es muy actual y válida para todos. Tiene una frase —“Dios es mi Padre, lo sabe todo, lo puede todo y me ama”— que me ayuda mucho repetirla e interiorizarla, porque me lleva a ver la voluntad de Dios en todas las cosas. Como todo sucede por algo, no intentemos cambiar los planes de Dios, sino démosle gracias aunque no lo entendamos. Unir nuestra voluntad a la de Dios es lo mejor para ser feliz», reconoce la Hermana M.ª Ángeles.

Pero existe además otra singularidad que despierta nuestra curiosidad e interés. Y es que dos de estas hermanas han estado tres años rezando por el Papa Benedicto XVI cerca de sus dependencias vaticanas. Entremos en detalle.

nada hay pequeño en el servicio a Dios

El Mater Ecclesiae es un monasterio de vida contemplativa que se encuentra en los jardines de la Ciudad del Vaticano. En un principio era el edificio que ocupaba Radio Vaticana, pero cuando en el año 1994 se desplazó a otro lugar, el Papa Juan Pablo II aprovechó la ocasión para adaptarlo como monasterio de clausura, a fin de que una comunidad de religiosas, rotatoria cada cinco años, pudiera rezar en el mismo Vaticano por las intenciones del Santo Padre y su Iglesia. Una vez provisto el nuevo convento de lo necesario —muro, capilla, locutorio, coro, celdas, biblioteca, hospedería, pequeño jardín y hasta un huerto donde cultivar frutas y verduras—, la primera comunidad que allí se instaló fueron las Clarisas (1994-1999), seguidas de las Carmelitas Descalzas (1999-2004), las Benedictinas (2004-2009) y finalmente las Salesas (2009-2012). Estas últimas solo estuvieron durante tres años, ya que el edificio necesitaba una nueva remodelación. Sin embargo, la inesperada renuncia de Benedicto XVI hizo que se modificaran los planes, y desde el 2 de mayo de 2013 el monasterio se ha convertido en la residencia del Papa emérito.

Puesto que en el año 2010 se celebraba el cuarto centenario de la fundación de la Orden de la Visitación de María, fueron las salesas las elegidas para sustituir a las Benedictinas. «Accedimos encantadas. Sin duda fue Providencia de Dios. Lo vivimos como un inmenso regalo de Dios», cuenta con emoción la Hermana Begoña, superiora de la pequeña comunidad que se formó para esta ocasión, y que estaba integrada por cuatro españolas, una de Guinea Ecuatorial, una colombiana y una italiana, con edades entre los treinta y los ochenta años.

«No nos conocíamos entre nosotras, salvo la hermana María Paz y yo que veníamos del mismo convento. Nos reunimos todas en Madrid y desde allí viajamos hasta Roma. Un autobús nos recogió para llevarnos al Vaticano, ¡imaginaos la emoción! Cuando llegamos, después de saludar al Señor y poner nuestra vida en el Corazón de Jesús, tal y como es nuestra espiritualidad, echamos a suerte las celdas y el lugar de cada una en el refectorio. Colocamos nuestras cosas y repartimos también los oficios. La primera semana dispensamos el silencio —pasamos todo el día en silencio excepto un rato después de la comida y de la cena—, porque necesitábamos obligatoriamente hablar entre nosotras para organizar la casa».

Dios se complace en los corazones sencillos

Son muchos los recuerdos de esta inolvidable experiencia de intercambio de oración y cariño con el Papa Benedicto. «Nosotras llegamos el 7 de octubre de 2009 y hasta el 14 de diciembre de 2010 no pasó a visitarnos. Es verdad que había manifestado deseos de venir, como nos lo comunicaron los capellanes y las memores Domini —las laicas consagradas de Comunión y Liberación, que se encargaban de atenderlo—; pero sus obligaciones se lo impedían. Por eso cuando nos vio, sus primeras palabras fueron: “Madre Begoña, ¡por fin nos encontramos!”. Lo dijo en italiano pero lo entendimos perfectamente. Aunque nosotras con él hablábamos el “italoño”, es decir, medio español medio italiano».

«Es mucho más cercano de lo que puede parecer en la distancia. En la primera visita, al salir del coche mi primer gesto espontáneo fue cogerle del brazo. Él se dejó, pero el agente de seguridad en seguida me hizo ademán de que lo soltara. ¡Me había saltado el protocolo! Como se dio cuenta de todo, al entrar en clausura me cogió la mano en señal de cercanía. Sé que no quiso hacerlo delante del agente para no dejarlo en mal lugar. Celebramos con él la Santa Misa, y luego en clausura pasó una por una a saludarnos. Como superiora, le dije: “Santo Padre, ve a siete hermanas en el coro, pero en realidad está aquí toda la Orden y nuestras familias, que tanto lo queremos”, y sonrió. ¡Estábamos tan contentas! Cuando se marchó se llevó consigo una tarta de mermelada que le hicimos y lechugas de la huerta».

Relatan las hermanas que del primer al segundo encuentro también tuvieron que transcurrir casi dos años. «Nos contaban las memores Domini que pasaba todos los días por delante del monasterio para ir a rezar el rosario y nos bendecía desde lejos. Además se hacía presente en miles de detalles; muchas de las cosas que le regalaban las compartía con nosotras. Nos mandaba un bizcocho, un salmón, un ejemplar de su libro sobre Jesús de Nazaret…». Pero por fin el 14 de octubre de 2012 fue Benedicto XVI quien ejerció de anfitrión y la comunidad salesa fue invitada a las dependencias personales del Santo Padre. «Después del rezo del Ángelus pudimos estar con él en su biblioteca privada. Lo vimos mucho más débil que la vez anterior. Incluso entró con bastón».

De este segundo encuentro son muchos los detalles que ponen de manifiesto las grandes virtudes del Papa emérito. «De Benedicto XVI destacaría su inteligencia y a la vez su humildad y bondad. Una mente con tanta sabiduría, y lo ha hecho todo al alcance de todos. Esto es fruto de su riqueza interior; se nota que es un hombre de oración. También me ha impresionado la libertad que ha tenido para renunciar a su pontificado», detalla con admiración la Hermana M.ª Paz. A lo que añade la Hermana Begoña: «Las memores siempre nos hablaban de su corazón de niño. Un hombre tan inteligente y cómo disfruta con todo. Ya en la puerta, cuando nos despedíamos, nos dijo: “Ya sé que os marcháis. ¿Qué va a hacer el Papa sin vosotras? Os voy a echar de menos”. Ahí casi me pongo a llorar, y le dije: “Santo Padre no nos vamos, estaremos siempre con usted, aunque no sea físicamente. Seguimos en comunión, apoyándolo siempre”, y nos cogía de las manos. Nos miraba con ternura y bondad. Cómo valoraba la oración: “Rezad por mí”, nos repetía. Le notábamos tan a gusto; parecía un padre rodeado de sus hijas».

A la semana de este encuentro, el 22 de octubre de 2012, la comunidad se volvía para España, inmensamente agradecida al Señor por esta oportunidad vivida. «Se nos hizo duro verlo solo dos veces, pero no estábamos allí para eso, sino para rezar por él».

¡qué bueno es el Señor, qué amigable su Corazón!

La Madre Ana María tiene noventa y un años y es natural de Pradoluengo (Burgos), el mismo pueblo que la Hermana Teresa. Este mes dejará el cargo de superiora, tras veintisiete años de ejercicio. «Recibí la vocación muy pronto, pero llegó un verano y comencé a divertirme, a salir de excursión, ir a guateques… y se me disipó todo. Menos mal que a los dieciocho años la Virgen me hizo verlo claro: un año, en misiones en el pueblo, me sentí inclinada a ofrecerle a la Virgen no volver a montar en una bicicleta. “Ya verás cómo la Virgen te lo pagará con un buen regalo”, me contestó el sacerdote cuando se lo conté. Y efectivamente me dio el gran regalo de confirmarme en la vocación. ¡Estoy encantada después de sesenta y dos años! Tenía yo una cuñada muy salada que, al despedirme de ella para entrar en el convento, me dijo: “Cuando estés allí, no creas que vas a poder hacer lo que tú quieras. Así que tú di lo contrario de lo que quieres. Si por ejemplo, te sirven el desayuno y te echan una mosquita en la leche, dices, ‘Ay, perdona, pero a esta hermana no le han puesto la mosquita’. Tú di que te gusta mucho encalar celdas, para que no te manden hacerlo…”. Dios no defrauda, nosotros sí y con frecuencia —al menos yo—; pero Él tiene tanta paciencia, tanto amor…».

La Hermana Begoña, tiene cincuenta y dos años y es de Burgos. «Un día, siendo yo niña, vino un misionero a casa y le dijo a mis padres: “¡De todos estos niños, ¡alguno será para Dios!” —pues éramos diez hermanos—. Yo en ese momento sentí en mi interior que me decían. “¡Tú!”. Pero no me hizo ninguna gracia, con lo que le dije al Señor: “Yo no quiero ser monja, quiero casarme y tener hijos. Así que, puesto que tú lo quieres, ¡hazlo tú!”. Y he visto que ha sido Él el que lo ha hecho. Las Hijas de la Caridad de mi colegio empezaron a organizar visitas a conventos, y cuando llegamos a este se me quitó todo el miedo a ser monja. Dejé de resistirme porque descubrí que la oración y el silencio eran lo que realmente me llenaban. Menos mal que le dije sí al Señor; porque si no, ¡cuánto me hubiera perdido! Después de treinta y seis años en el convento, Dios me llena tanto y de tal manera que no puedo entender cómo puede vivir la gente sin Él. Lo más grande que nos podemos imaginar se queda pequeño comparado con lo que Dios te da por dentro. Justo lo contrario de lo que ocurre con las cosas del mundo, que te dejan vacío».

La Hermana María Ángeles es la maestra de novicias. Es también burgalesa, de Torrepadre y tiene cincuenta y un años. «Desde muy pequeña sentí la llamada, pero hubo un tiempo en que le dije a Dios: “ Yo, ni loca de monja”. Sin embargo, hubo unas circunstancias en la familia que me hicieron acercarme cada día más a Jesús en la oración. De ahí que, casi sin darme cuenta, las cosas del mundo iban perdiendo interés para mí y al mismo tiempo iba cobrando fuerza la idea de entregar mi vida a Dios. Con la Hermana Begoña y otras dos compañeras más de colegio, Puri y Casilda —quienes también son religiosas—, recorrimos casi todos los conventos de Burgos. Este fue el convento que menos me gustó. ¡Nos regalaron unos libros, pero no me parecieron tan simpáticas! Al llegar a casa los guardé en un armario y seguí tratando de buscar el lugar donde Dios me quería. Pasado el tiempo, rescaté uno de aquellos libros, el que hablaba sobre la fundadora de esta comunidad, María Serafina Limerick, y su lectura me hizo ver que este era mi sitio. A los diecisiete años recién cumplidos entré. La oración de intercesión por los demás me ayuda mucho a vivir mi fe, pues aunque no conocemos los frutos, sabemos que estamos ayudando a la humanidad. Sentir desde los trece años el vacío de la vida, sin tener motivos que me llevaran a ello, me ha permitido pedir incansablemente por todos aquellos que también lo sienten en sus vidas, para que recurran a Dios».

 sí, Señor, Sí, Padre mío; sí, siempre sí

La Hermana Juana María, tiene treinta y siete años y es de Burundi (África). «Cuando de pequeña iba a la iglesia con mi madre, sentía curiosidad por saber por qué se arrodillaba con tanta devoción, y yo hacía lo mismo. A los diecinueve años pude entrar en la Orden de la Visitación en Burundi, y allí hice los votos solemnes. Cuando pidieron voluntarias para venir a España, me ofrecí junto con otras hermanas. El silencio me gusta mucho, pues necesito recogerme para estar en oración continua. Desde que descubrí que con mi trabajo se pueden obtener gracias para otras personas, lo hago muy a gusto. Pero lo que más me ha costado acostumbrarme es al clima de Burgos. ¡Qué frío! Cuando llegamos al convento, era invierno y, como los árboles no tenían hojas, creíamos que en España eran así. Cuando en mayo comenzaron a salir las hojas, ¡qué sorpresa!».

La Hermana María Rafaela, también proviene de la diócesis de Burundi y tiene cuarenta y seis años. «Sentí mi vocación a los doce años, cuando leí un libro sobre las congregaciones religiosas, y me llamó la atención las monjas que rezaban por los pecadores. Una amiga y yo escribimos una carta a la Orden de la Visitación de Burundi y nos invitaron a visitarlas. Por carta la superiora nos preguntó: “¿Podéis comer la comida sin sal?”. “Sí”, contestamos. “¿Podéis trabajar duro?”. “Sí”. Luego supimos que estas preguntas se las hacen a todas las chicas que se interesan por el convento, para comprobar si es vocación o simplemente están buscando un lugar para vivir. Estoy muy feliz de ser religiosa».

La Hermana M.ª Paz es de Guinea Ecuatorial y tiene treinta y un años. «El primer toque para la vocación vino de parte de una monja, Dina, que me preguntó si quería ser amiga de Jesús. Eso me hizo reflexionar y con solo once años sentí que Jesús era el mejor esposo para mí. No sé de qué manera, a un amigo le llegó un tríptico de la Divina Misericordia, y escribimos a este convento. Aunque tenía trece años, sabía que este era mi sitio y todos los días le pedía al Señor en misa: “Ayúdame para que cuando sea mayor pueda ir a Burgos con las monjas”. A los dieciséis años pude entrar. Ahora ya no soy amiga de Jesús, ¡soy su esposa! Es una persona viva con la que puedes hablar y te escucha. El haberlo conocido es lo mejor que me ha ocurrido en la vida».

¡ay de ti si te contentas con algo que sea menos que Dios!

Por muchas vueltas que se le dé al misterio de la elección, como misterio que es, no se encuentra respuesta humana que convenza. «Dios elige al que quiere, que no significa que sea el mejor, ni mucho menos. A veces elige a lo más pobre y débil —matiza la Hermana Begoña— porque a los fuertes, a los que pueden ser fieles en una vida llena de tentaciones y luchas los deja en el mundo. “A estas pobrecitas las meto en el convento más resguardadas”, dirá». «No se es mejor ni peor; lo importante es responder a lo que Dios le pide a cada uno», aclara la Hermana M.ª Ángeles .

En cuanto a las privaciones del mundo, las hermanas no dudan en insistir que una vida es más rica cuanto más estrecha sea su unión con la voluntad divina. «Yo no he renunciado a nada, sino que se me ha dado todo. Al ver las rejas, alguien puede pensar: ¡Pobres, están encerradas! Pero es que vivimos en la mayor riqueza de amor y libertad, y eso nos hace enteramente felices».

Victoria Serrano Blanes

2 Respuestas a Convento de la Visitación de María (Burgos)

  1. Lilia Sofia

    Las felicito hnas de todo corazòn, estoy tocando las puertas de sus Monasterio en Colombia y no he podido tener contacto.. espero tener la oportunidad porque quiero ser hna de la Visitaciòn

     
    • Lilia Sofia

      EN COLOMBIA ESTÀN LAS HERMANANAS DE LAS VISITACIÒN SOY ASPIRANTE ESTOY FELIZ AL FIN SE HIZO REALIDAD ESPERO QUE QUIEN SIENTA LA LLAMADA SE DE ESTE REGALO DE CONOCER A LAS HERMANAS DE LA VISITACION, VIVIR UNA EXPERIENCIA ES LO MÀS GRANDE QUE EL CREADOR NOS PUEDA DAR..

       

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