Un mensaje profundo en un lenguaje sencillo|domingo, marzo 24, 2019
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Creados en esperanza 

“Ha aparecido la bondad de Dios, nuestro Salvador,
y su amor al hombre” (Tt 3,4)

La lejanía de Dios nos sumió en la extrañeza más absoluta, aquella que nos hace fugitivos con respecto a Alguien y furtivos de una felicidad que parece escapársenos o que no acaba de dar frutos de vida. La vuelta no es un acto voluntarista del hombre; parte de una atracción de Dios sobre él, como una presencia de absoluto valor que acaba imponiéndose, la mayoría de las veces paulatinamente, sobre cualquier otra decisión y tendencia del hombre. Se vuelve por pura gracia y por adhesión a la gracia, cuando comprendemos y experimentamos que no es algo añadido a nuestra condición sino lo que nos hace ser definitivamente lo que estamos llamados a ser.

Hay como un primer umbral de esa gracia venidera: es la Promesa de Dios hecha al hombre que ha sembrado en él la humilde, pero sabia esperanza (Gn 12; Lv 7, 20; Sal 2, 7; 56, 4; 119, 132; Am 9, 11; Mi 7, 20). Todo vive en estado de buena esperanza. Una especie de fuego interior que siempre está en ascuas y que basta que lo aticen para que se levante en llamas. La esperanza ha dibujado en todos nosotros el gesto que nos identifica, de pie y oteando un horizonte del que esperamos confiadamente una gracia que llegará. Así vivimos, alzados y en espera de un don, porque para él estamos hechos y hacia él tiende nuestro corazón y nuestra vida, pues tenemos la certeza de que lo que nos envuelve no tiene la palabra definitiva, que siempre hay algo que está por llegar. Por eso, nos apostamos en la espera esperanzada de un modo tan incondicional que, cuando falta, es porque se ha dado ya una especie de muerte. La Promesa ha dejado en lo más íntimo del corazón una certeza de salvación, de luz, de dicha, de alegría verdadera…

Aunque la Promesa se retarde, la esperanza nunca abandona. Y esa esperanza pequeña y escondida, arcana e indomeñable, es difícil de asfixiar, de ahogar, de amordazar. Si más allá de la muerte solo sobrevivirá el amor, hasta ese instante límite nos sostiene la esperanza, ella es quien nos deja en manos del Amor sin fin. Siempre, tiene la última palabra, decidiendo sobre la vida. Por eso, donde hay esperanza hay lucha, búsqueda, renovación… porque, donde ella está, nunca se claudica. Es la tenaz esperanza la que cree que en la tierra de nuestros imposibles puede plantarse la tienda de la salvación. Es la humilde esperanza la que, como una pequeña semilla, puede crecer hasta hacerse un árbol robusto. Es la resistente esperanza la única que en medio del horror sostiene la vida.

la Gracia del retorno

Por eso no nos es concedido a los creyentes apagar el pábilo vacilante, la caña cascada, la vida incipiente, porque esconden en su debilidad aún la savia y la lumbre de la esperanza. El cristiano siempre sostendrá un triple compromiso con la verdad sobre el hombre: que hay en él un inviolable “al que tú no tocarás”; que nada es inexorable, fatal, irremisible, irrevocable, irremediable…; que la realidad no es simplemente lo que es, sino lo que podría ser, lo que debería ser, lo que sería deseable. Y todo ello porque hemos sido creados por su Amor en esperanza.

De esta esperanza resistente se alza el grito, la prez, el gemido, la petición a Dios para que cumpla sus promesas. Atráenos para que volvamos… Ven, Señor Jesús… En estos gritos están todos los gritos de los hombres, todas las dudas, todos los deseos, todas las esperanzas, aunque no tengan destino o destinatario, elevados desde las más terribles lejanías, desde las ausencias de Dios más destructivas. Porque, es irrenunciable, aguardamos la alegre esperanza.

Hemos sido salvados en esperanza y Dios cumple su promesa allegándose al hombre en su Hijo, gracia definitiva, plenitud de gracia. Dios se nos hizo infinitamente próximo y prójimo en Jesús. En el pequeño Niño de Belén “Ha aparecido la bondad de Dios, nuestro Salvador, y su amor al hombre” (Tt 3, 4). Esta es la Buena Nueva. Él es la nueva Zarza Ardiente, Él escuchará los gemidos del pobre, socorrerá al que no tenía protector, Él será el Dios cercano y compañero del hombre. Tan cerca del hombre que le busca hasta el último confín, hasta el límite de la muerte, hasta el abismo de Infiernos. Sin imponerse por la violencia ni la humillación, sino a través del camino de la condescendencia, del abajamiento, de la pequeñez, de la inexistencia, de la pobreza, de la humildad, se ha acercado a nosotros. Su “projimidad” no solo le ha llevado a avecinarse sino también a hacerse uno de los nuestros y, más aún, a ocupar nuestro lugar en la cadena de horrores que nos asaltan (Mt 25, 40). Así es como ha aparecido la bondad de Dios en el mundo y su amor por el hombre, superando todas nuestras expectativas y esperanzas, cubriéndonos de un amor, misericordia y compasión que no conocíamos.

Jesucristo, venido al mundo para salvarlo, es el cumplimiento abundante y excesivo de la Promesa de Dios hecha a nuestros padres. Él es la razón para volver a Dios. Al mirar al Dios que se ha inclinado sobre el hombre y se ha abajado hasta su altura, descubrimos el amor arrodillado de un Dios que no quiere sino que su criatura se salve. La Promesa, cumplida generosamente, tiene la fuerza de la salvación, que alza y engrandece, y la debilidad humilde de un amor que ha descendido suplicante hacia el que ama para hacerle volver. “Porque te amo te salvo”. Esta paradoja atrae la mirada, suscita la pregunta, provoca el asombro, desencadena una transformación, un cambio, un retorno, la conversión del hombre hacia este Dios que tanto le ama. En Jesús, Dios mismo dice al hombre: “Estoy aquí y te amo. Soy yo, no temas. He venido a abrazar tu existencia como un amante, a asumir tu desdicha como un esposo, a sanar tus heridas como un médico, a cubrir con mi ternura y misericordia toda tu desnudez y desamparo. No, no me he olvidado de ti. Todo estaba orientado a este instante de amor ardiente y compasivo. Contigo me hago pequeño, hacia ti desciendo, por ti me ofrezco y me pongo en tus manos. He venido. Soy tuyo”. 

Este es el Camino elegido por Dios para encontrarnos y hacernos volver… Y por este camino ha de volver el hombre hacia Él (San Agustín, Sermón 279, 7, “Él permanece allí adonde nos dirigimos, vino por donde regresamos”). La gracia de su venida es una prenda de esperanza porque ha trazado el camino de vuelta. Crucemos también nosotros este umbral, el de la humildad y la pequeñez, el del abajamiento y la condescendencia, para entrar en el Camino de vuelta a la Casa del Padre. La primera misericordia y compasión de Dios con los que andábamos en sombras de muerte lleva el signo de Jesús, hecho Niño en Belén. Aquí se nos da el primer hito en el Camino de vuelta hacia el Padre. Aquí se comienza a cumplir la Promesa, aquí echa raíces nuestra esperanza definitiva. Aquí se nos aclara cómo vivir entre los hombres los que creemos en Él. Siempre será la bondad, expresada con humilde con-descendencia, la que trace el camino de amor hacia el hombre. Y, éste sabiéndose de este modo amado, se levantará y recorrerá, cumplida su esperanza, el camino hacia el Padre.

¡Dichosa “projimidad” de Dios que nos hizo volver a Él!

M. Prado
Comunidad de la Conversión

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