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Creer es decir Amén 

La traducción exacta de la palabra hebrea amén es “Así es y que así sea”, y pertenece a la misma raíz que la palabra “creer”. Esta raíz expresa la solidez, la fiabilidad, la fidelidad. Así se comprende por qué el amén puede expresar tanto la fidelidad de Dios hacia nosotros como nuestra confianza en Él. En el profeta Isaías se encuentra la expresión “Dios de verdad”, que significa literalmente “Dios del amén”, es decir, el Dios fiel a sus promesas: “Quien desee ser bendecido en la tierra, deseará serlo en el Dios del amén” (Is 65, 16).

Curiosamente, el último libro de la Sagrada Escritura, el Apocalipsis, se termina con la palabra amén: “La gracia de nuestro Señor Jesucristo sea con todos vosotros. Amén” (Ap 22,21); también se encuentra al final de las oraciones del Nuevo Testamento y de toda la Iglesia.

Jesucristo emplea este término con tanta frecuencia que San Mateo se lo atribuye veintiocho veces y San Juan, en su doble forma, veintiséis.  Así pues, el Amén final del Credo recoge y confirma su primera palabra: “Creo”. Creer es decir Amén a las palabras, a las promesas, a los mandamientos de Dios…,  es fiarse totalmente de Él, que es el Amén de amor infinito y de perfecta fidelidad.

La vida cristiana de cada día será también el “Amén” al “Creo” de la Profesión de fe de nuestro Bautismo: “Que tu símbolo sea para ti como un espejo. Mírate en él: para ver si crees todo lo que declaras creer. Y regocíjate todos los días en tu fe (San Agustín, serm. 58, 11, 13: PL 38, 399).

Jesucristo mismo es el “Amén” (Ap 3,14). Es el “Amén” definitivo del amor del Padre hacia nosotros; asume y completa nuestro “Amén” al Padre: “Todas las promesas hechas por Dios han tenido su ‘sí’ en él; y por eso decimos por él ‘Amén’ a la gloria de Dios” (2 Co 1, 20).

expresión de fe

También en el rosario, al final de cada oración, lo proclamamos como puerta del amor de ágape, y en la fe decimos Amén. Hoy está vacío de contenido el propio término “fe”, incluso para muchos que se llaman cristianos. Pero nuestra fe no es una entelequia sin sentido. No está desconectada de la vida, ni de nuestra forma más natural de pensar o sentir. La fe es una verdad de vivencia total; una seguridad total de la existencia del Otro en la cercanía de lo interior, donde vive la Verdad de todo. Y la fe se refleja en una conducta coherente con esa verdad.

El estado de conciencia que llamamos “fe”, por aclararlo con una semejanza, sería el que tiene un hombre que navegando en su barquita por la mar, encuentra un temporal que lo hace zozobrar, y sintiéndose necesariamente ahogado, encuentra de pronto bajo sus pies una roca que no había visto antes, al estar oculta por las olas. Sin dudarlo un instante se sube a ella, y ya seguro, tras vomitar toda el agua que ha tragado y que le impedía hasta respirar, dice a grito abierto: AMEN… ¡Ahora sí,…menos mal…!¡Es mi suerte…! ¡Gracias a Dios! Estoy salvado gracias a esta roca.

Ese grito de seguridad sería el significado vivencial del verbo hebreo del que viene nuestro amén como expresión de fe. Algo totalmente seguro, que traslada del mar encrespado por la zozobra de las dudas, a la seguridad de conceptos y sentimientos que supone la fe.

En ese estado de conciencia, cuando es de verdad y no mojigatería, se produce el diálogo interno, la conversión o conversación interior que conforma el programa de trascendencia, y que conecta sin saber cómo, pero sabiendo que es verdad, con el Otro.

El mejor signo de fe es nuestra oración con María al Padre. Así y ahí se habla con Dios. En su comunicación interior, el mundo de la fe es real como la vida misma, porque es la oración de Jesús que llama a Dios su Padre, y que nos identifica con Él al recitarla.

“Por Él, con Él y en Él,
A ti, Dios Padre omnipotente
en la unidad del Espíritu Santo,
todo honor y toda gloria,
por los siglos de los siglos.

AMÉN”.

Manuel Requena
Teólogo y abogado

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