Un mensaje profundo en un lenguaje sencillo|miércoles, julio 17, 2019
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¿Crees que Yo soy? 

«En aquel tiempo, fue Jesús a Nazaret, donde se había criado, entró en la sinagoga, como era su costumbre los sábados, y se puso en pie para hacer la lectura. Le entregaron el libro del profeta Isaías y, desenrollándolo, encontró el pasaje donde estaba escrito: “El Espíritu del Señor está sobre mí, porque él me ha ungido. Me ha enviado para anunciar el Evangelio a los pobres, para anunciar a los cautivos la libertad, y a los ciegos la vista; para dar libertad a los oprimidos, para anunciar el año de gracia del Señor”. Y, enrollando el libro, lo devolvió al que le ayudaba y se sentó. Toda la sinagoga tenía los ojos fijos en él. Y él se puso a decirles: “Hoy se cumple esta Escritura que acabáis de oír”. Y todos le expresaban su aprobación y se admiraban de las palabras de gracia que salían de sus labios. Y decían: “¿No es este el hijo de José?”. Y Jesús les dijo: “Sin duda me recitaréis aquel refrán: ‘Médico, cúrate a ti mismo’. Y, ‘haz también aquí en tu tierra lo que hemos oído que has hecho en Cafarnaún’”. Y añadió: “Os aseguro que ningún profeta es bien mirado en su tierra. Os garantizo que en Israel había muchas viudas en tiempos de Elías, cuando estuvo cerrado el cielo tres años y seis meses, y hubo una gran hambre en todo el país; sin embargo, a ninguna de ellas fue enviado Elías, más que a una viuda de Sarepta, en el territorio de Sidón. Y muchos leprosos había en Israel en tiempos del profeta Eliseo; sin embargo, ninguno de ellos fue curado, más que Naamán, el sirio”. Al oír esto, todos en la sinagoga se pusieron furiosos y, levantándose, lo empujaron fuera del pueblo hasta un barranco del monte en donde se alzaba su pueblo, con intención de despeñarlo. Pero Jesús se abrió paso entre ellos y se alejaba». (Lc 4,16-30)

Victoria Luque Vega

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De principio, parecería que el lugar donde te has criado, las personas que te han visto crecer, que te conocen, que te quieren, están más dispuestas a escucharte, a reconocer como verdad aquello que dices… parecería… pero no. Quizás la cercanía de los árboles no deja ver el bosque, y esto mismo es lo que sucede con el Señor. Llega a Nazaret, se levanta una gran expectación, le oyen… pero la palabra no cuaja, no se engendra, no da vida. Y no pudo hacer milagros… solo imponer las manos a algunos enfermos, porque su fe era apariencia, hojarasca. Nada.

Y mira que lo había dicho claro, diáfano: «Hoy se cumple ante vosotros esta Escritura». Que es lo mismo que decir, «yo Soy», soy el que tenía que venir. El Hijo de Dios vivo. El que estáis esperando. Porque la palabra de Isaías que proclama en la sinagoga es la descripción del Mesías: «el espíritu del Señor está sobre mí… me ha enviado para traer la buena nueva a los pobres, dar la libertad a los presos, la vista a los ciegos, liberar a los oprimidos…». Yo soy. ¿Crees que Yo soy? ¿Crees? Si crees, verás la gloria de Dios.

También Juan el Bautista, ya encarcelado, le mandó esta misiva: «¿Eres tú el que tenía que venir, o tenemos que esperar a otro?». Y el Señor respondió a los discípulos de Juan con esta misma palabra de Elías: «Decidle a Juan, los ciegos ven, los cojos andan, los muertos resucitan y en toda Galilea se anuncia la Palabra de Dios». Yo Soy. Pero sus conocidos no creyeron. ¿No es este el hijo del carpintero? ¿No conocemos a su madre y sus hermanos? Pues ¿qué nos viene a decir, que somos peores que los extranjeros? ¿Que no puede hacer los milagros que hizo en Cafarnaún? Y querían despeñarlo.

Encontró más fe fuera que dentro. El Señor encontró más fe en el soldado romano que tenía al criado enfermo (“no soy digno de que entres en mi casa, pero una sola palabra tuya bastará para sanarle”) o en el general sirio leproso (“tu siervo no ofrecerá ya holocaustos y sacrificios a otros dioses fuera del Señor) que en sus paisanos hebreos. El peligro está en que a mí me pase lo mismo. En que oiga pero no escuche, en que vea, pero no Te reconozca. Señor, que te pueda ver en los acontecimientos y en las personas con las que me relacione hoy, dame ojos nuevos para que vea, dame discernimiento para que pueda actuar según tu voluntad. Hoy y todos los días de mi vida.

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