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¿Crees tú en el Hijo del Hombre? 
26 de Marzo
Por Gloria Mª Tomás

 

En aquel tiempo, al pasar Jesús vio a un hombre ciego de nacimiento. Y escupió en tierra, hizo barro con la saliva, se lo untó en los ojos al ciego y le dijo: «Ve a lavarte a la piscina de Siloé (que significa Enviado).»
Él fue, se lavó, y volvió con vista. Y los vecinos y los que antes solían verlo pedir limosna preguntaban: « ¿No es ése el que se sentaba a pedir?»
Unos decían: «El mismo.»
Otros decían: «No es él, pero se le parece.»
Él respondía: «Soy yo.»
Llevaron ante los fariseos al que había sido ciego. Era sábado el día que Jesús hizo barro y le abrió los ojos. También los fariseos le preguntaban cómo había adquirido la vista.
Él les contestó: «Me puso barro en los ojos, me lavé, y veo.»
Algunos de los fariseos comentaban: «Este hombre no viene de Dios, porque no guarda el sábado.»
Otros replicaban: « ¿Cómo puede un pecador hacer semejantes signos?»
Y estaban divididos. Y volvieron a preguntarle al ciego: «Y tú, ¿qué dices del que te ha abierto los ojos?»
Él contestó: «Que es un profeta.»
Le replicaron: «Empecatado naciste tú de pies a cabeza, ¿y nos vas a dar lecciones a nosotros?»
Y lo expulsaron.
Oyó Jesús que lo habían expulsado, lo encontró y le dijo: « ¿Crees tú en el Hijo del hombre?»
Él contestó: « ¿Y quién es, Señor, para que crea en él?»
Jesús le dijo: «Lo estás viendo: el que te está hablando, ése es.»
Él dijo: «Creo, Señor.» Y se postró ante él. (Juan 9,1.6-9.13-17.34-38)

Me impresionó hace ya algún tiempo la comparación que hacía Javiera del Valle (1856-1930) – la que fue llamada “mística analfabeta” que enseñó a tratar al Espíritu Santo- acerca de un árbol y las virtudes teologales. Señalaba como la fe era la raíz, la fundamental, necesaria para el crecimiento de lo demás; la esperanza, las hojas, que dan consuelo, y el fruto la caridad, la dulce finalidad.

En este Evangelio Jesucristo que “es la luz verdadera que ilumina a todo hombre que viene a este mundo”, tal como leemos en el Prólogo de San Juan, nos da una admirable y completa lección de fe, de esa fe que, en palabras de San Josemaría, es “luminosa oscuridad”.

En primer lugar y, con un medio muy desproporcionado, el barro, el Señor comienza dando luz, digamos que biológica a los ojos de este pobrecillo ciego; pero no queda ahí su benevolente acción, sino que lo ilumina interiormente. Cómo sería el alma de este pobre hombre que valientemente y ante los que le preguntan, no con demasiada rectitud, sino con descreimiento, afirmará ante los descreídos que le ha curado un profeta, y cuando el Señor, con una exquisita delicadeza le pregunta si cree en el Hijo del Hombre comentándole que es Él, sin forzarle para nada, el ex -ciego, se postra y le dice “Creo, Señor”.

Llama además la atención de este episodio algunas costumbres equivocadas que Jesús corrige, como lo era atribuir las enfermedades y, en general, todo tipo de desgracias bien a los propios pecados personales, bien a los pecados incluso de los padres. También hay otra anotación de interés en estas líneas y es la respuesta del corazón del hombre ante un milagro patente y consumado. Vemos el caso del ciego, un corazón sencillo, que acepta, agradece y se postra ante Jesús. Está también la obstinación de los que voluntariamente se encierran en sí mismos, como estos fariseos, que ni siquiera aceptan la evidencia de lo que ha ocurrido.

Vamos a pedir a nivel personal, y para todos, una fe firme, una confianza en el Señor, para ello, aligeremos nuestro corazón de pesos inútiles y de prejuicios, convencidos de que la luz de Dios alimentará la raíz de nuestro “árbol espiritual”, para saber vivir de fe que, si la cuidamos, necesariamente nos llega también el cálido viento de la esperanza y la constante alegría de los frutos, de un amor que Dios ya nos otorga en esta vida y nos dará en plenitud en el cielo.

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