Un mensaje profundo en un lenguaje sencillo|jueves, agosto 6, 2020
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¿Crisis? 

Separado de su raíz y fundamento, es decir, de Dios, el hombre se desvanece. Igual que el árbol sin raíces al cabo de un tiempo muere, tras la negación de Dios viene la muerte del hombre. La decretada “Muerte de Dios”, de Nietszche, supone, por un lado, crisis de la verdad —relativismo, con el consiguiente escepticismo— y, por otro, crisis de los valores —nihilismo, sin espacio para la ética y la moral—. Las consecuencias de todo ello son importantes: la corrupción de la clase política, una judicatura politizada y servil, sindicatos callados y obedientes, una estructura sin separación de poderes y sin Estado de Derecho, en definitiva, una democracia aparente que deviene en totalitarismo encubierto.

En este marco político se inscribe la crisis económica y financiera, con abusos, despilfarro, gastos suntuarios abusivos de la clase política, privilegios de los que no gozan los ciudadanos, como ciertas dietas y pensiones, algunos lujos como de nuevos ricos, asesores de sobra, subsidios con la finalidad escondida de comprar votos, muchos liberados sindicales y excesivo número de cargos públicos que viven a costa del sacrificio de los que trabajan, sin olvidar los gastos de los partidos políticos que dicen representar al pueblo y más bien lo olvidan.

muerto Dios, ¿quién defiende al débil?

Aun sin invocar las raíces cristianas, el mismo Kant, que defiende que el hombre actúe movido por el “imperativo categórico” —el deber ser—, admite que para que el ser humano actúe rectamente es necesaria la idea de Dios —fiel a su idealismo— y la idea de la inmortalidad del alma.

Sin embargo, lo imperante hoy día es la indiferencia total respecto de Dios; el vivir “etsi Deus non daretur” (como si Dios no existiese), lo que lleva a la corrupción, a la negación de la verdad y realidad de las cosas, a considerar únicamente lo “políticamente correcto”, según las ideas emanadas de los detentadores del poder y comunicado a través de los medios de comunicación afines, que son casi todos; en definitiva, el vacío de Dios conduce a la manipulación del ciudadano que se siente impotente.

Pero sin duda es necesario que la sociedad civil reaccione y se haga oír. No vale la abstención en el voto —nada importa y se olvida pronto—, pues no es noticia en los medios de propaganda (que no de comunicación), salvo raras excepciones a las que les acallan la voz.

Si no se cree en Dios, tampoco en el más allá. Sólo vale el “carpe diem”, el aprovecha el presente, lo que da lugar a situaciones hedonistas: “Comamos y bebamos, que mañana moriremos”. No se hace más que poner en marcha la idea del padre del humanismo ateo, Feuerbach, para quien “no es Dios quien crea al hombre, sino el hombre quien crea a Dios”. Por el contrario, el día a día es importante para el creyente porque hace eterno lo transitorio, ya que por la tarea realizada seremos juzgados.

Tras la “muerte de Dios” llega inexorablemente la “cultura de la muerte” con todo lo que trae consigo: aborto, eutanasia, eugenesia, clonación y, recientemente, los “bebés medicamento”. Estos son vistos como instrumento para la curación de enfermos, lo que en principio podría parecer muy positivo, pero que no lo es por varios motivos: en primer lugar, porque la persona no es un medio para otros fines, sino que debe ser fin en sí misma —lo reconoce el mismo Kant, tal como se ha indicado— y, después, porque conlleva la destrucción de embriones, al necesitar de una eficaz selección.

“De aquellos polvos nos vienen estos lodos” y, tras decretar la “muerte de Dios”, los hombres se quedan huérfanos, en una oscura soledad, que los lleva al desaliento y frustración, tal como profetizó el mismo Nietszche, que intuyó la terrible caída en el nihilismo.

Erich Fromm piensa que la grandeza del hombre consiste en que Dios vaya quedando relegado, a favor del hombre, llegando a una especie de mesianismo terrestre, en la que se sustituya la redención por la liberación social y se reconcilie el hombre con los hombres y con la naturaleza.  Dice así: “En el proceso de la historia, el hombre se da luz a sí mismo y consigue lo que la serpiente, símbolo de la sabiduría y de la rebelión, le ha prometido y que el Dios patriarcal y celoso de Adán no quería: que el hombre se vuelva como Dios mismo” (“Seréis como dioses”).

escala de valores sometida a consenso y apetencias

Tal vez la crisis que estamos viviendo, y no sólo la económica porque atañe a nuestro bolsillo, sino sobre todo la falta de valores que lleva a la desesperanza y al desaliento, sea un tiempo propicio para que, entrando en nuestro interior —como el hijo pródigo en momentos de penuria— cada hombre y la sociedad entera vuelva a sus propias raíces, a “religarse “—que eso es la religión—, con el Creador y Redentor del género humano.

En nuestro tiempo parece seguirse al pie de la letra lo que el filósofo griego Protágoras (s. V a.C.) afirmaba: “el hombre es la medida de todas las cosas”. De ahí que la verdad y los valores se consideren tales por consenso o, lo que es peor, por lo que le apetece a cada cual, según el subjetivismo en boga, desembocando en un relativismo que conduce inexorablemente al escepticismo.

Lo que hoy es blanco, mañana pasa a ser negro, según la conveniencia del momento. Se produce así una tremenda confusión. El hombre ya no sabe a qué atenerse. Y eso es grave. Igual ocurre con los valores: ya no se distingue entre el bien y el mal. Flota una tremenda amoralidad que llega hasta extremos tan aberrantes como considerar como derecho de la madre el aborto del niño que lleva en su seno, lugar sagrado, como lo ha calificado el Papa.

La libertad pasa a considerarse como una autonomía absoluta del hombre, que consiste en hacer lo que a uno le da la gana, sin pensar siquiera en los demás, que, como decía Sartre, se convierten en límites a mi libertad, lo que le hace exclamar “el infierno son los otros”.

Vivimos en una situación de crisis antropológica que parece un callejón sin salida. ¿Logrará el hombre del siglo XXI superarla?

Hoy, en una sociedad aborregada, manipulada, infantilizada, que sólo busca lo efímero y desprecia lo esencial, no parece importar mucho ese vacío existencial que le ronda. Pero todo llegará. Tal vez entonces vuelva los ojos a Dios y se encuentre de nuevo consigo misma. Pues sólo hay un camino, volver a un “humanismo integral”, como propugnaba Jacques Maritain, donde el hombre considere de nuevo su grandeza de hijo de Dios. Ello no le quitará libertad, al contrario, le hará vivir en plenitud.

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