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Cristina Cifuentes, Carlos Osoro… Debe de ser el agua de Madrid 

 

Que no se lo tome a mal mi compañero en esta publicación, mi admirado don Francisco José de la Cigoña, si digo que, en mi humilde opinión, se ha pasado en su crítica a Cristina Cifuentes, presidente de la Comunidad de Madrid, a quien considera directamente en el titular de su comentario como “más chamuscada que una torrija olvidada”.

Cifuentes adolece, en grado superlativo, desmedido, extremo, de ese inveterado tic de nuestra derechita, ese incurable movimiento reflejo de buscar el aplauso de la oposición tratando de adelantarles por la izquierda, acompañado del habitual desprecio a su votante ‘pepero’.

Nada nuevo, por lo demás, que se ha convertido eso ya en ley de hierro de nuestra malhadada democracia, sino por lo desorbitado del caso. Doña Cristina, que más que aprobar medidas las perpetra, ha infligido sobre el pueblo de Madrid una ley de género que causaría admiración en Stalin o Pol Pot, ninguno de los cuales se atrevió a llegar tan lejos en la negación de la naturaleza humana y en su deseo de enmendarle la plana a la biología por decreto.

Eso, que si no se remedia deformará la concepción del mundo de varias generaciones de madrileños, es su peor hazaña, y por ella debería dimitir mil veces. Hay algunas otras, y mucho gesto inane para llevarse el premio a la Progresista de la Década, especialmente irritantes por cuanto es, en su intención, labor baldía: la izquierda la odia tanto como si cantara cada mañana el Cara al Sol y, de hecho, está ahora mismo buscando su muerte política por el asunto, muy menor, al que hace referencia De la Cigoña.

Parece ser, podría ser, informan publicaciones varias, que doña Cristina incluyera en su currículum un máster que no completó, o que no completó al menos como cada hijo de vecino. Ahora, claro, está en la fase de sostenella y no enmendalla, y ahí es donde puede caer con todo el equipo. O no.

Pero ese arranque de vanidad que demostraría inflar de glorias académicas el historial profesional es, como decía al principio, un pecadillo menor, una vanidad perdonable en la que otros han caído sin que se monte este revuelo ni se hable de dimisión.

Debe de ser, a lo que parece, algo que lleva el agua de Madrid, porque aquí nos ocupamos en su día del misterioso caso de nuestro amado pastor, don Carlos Osoro, Arzobispo de Madrid. Porque también Su Ilustrísima, como puede comprobarse, envió al Vaticano, en víspera de su elección al Arzobispado madrileño en 2014, un currículum con más licenciaturas de las que, en puridad, había concluido.

En la nota de prensa oficial distribuida por la Santa Sede constaban los estudios cursados por don Carlos. A los estudios de Magisterio, se sumaban una licenciatura en Ciencias Exactas obtenida en la Universidad Complutense de Madrid así como una licenciatura en Pedagogía cursada en la Universidad de Salamanca.

El caso ha quedado envuelto en una nebulosa de misterio que ha provocado más de un momento incómodo para el prelado, como cuando en los micrófonos de Cope, la cadena de la Iglesia española, el periodista especializado José Luis Restán tuvo que corregir a Schlichting acerca de la existencia del título de Ciencias Exactas, con Su Ilustrísima de cuerpo presente.

Este fantasmal título sigue en el limbo, ni confirmado ni desmentido, como la inexistencia del infierno en la célebre ‘entrevista’ de La Repubblica, y el mejor indicio para InfoVaticana de que algo no cuadraba es que en su biografía en la web de la Conferencia Episcopal aparecen los estudios de matemáticas pero no habla en ningún caso de un título en Ciencias Exactas. Cuánta vaguedad para tratarse de Exactas.

Yo aventuro, contra las sospechas de esta mi publicación, una explicación más hermosa y caritativa: la humildad. Don Carlos tiene ese título, que seguro obtuvo con las mejores calificaciones y notable aprovechamiento, pero si bien al Santo Padre no quiso ocultarle la verdad, vio innecesario semejante despliegue académico reflejado en el espacio online de la CEE.

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