Un mensaje profundo en un lenguaje sencillo|jueves, junio 20, 2019
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Crónicas del maestro Juan: Primer encuentro 

¡Juan! Ese es el nombre que designó mi padre al nacer, pocos días antes de la circuncisión según el rito hebreo. Pronunciado en sus labios y en los de mi madre, o en los de mi hermano Santiago, resonaba siempre con esa rara mezcla de simpatía y de rudeza que solamente saben dispensar nuestros seres amados. Pero todo pareció banal en el momento en que me hallé por primera vez con Nuestro Señor. Porque cuando oí pronunciar mi nombre en sus sacratísimos labios, mi vida cambió para siempre. Esta es mi historia…

Era una tarde llena de presentimientos. El sol declinaba en aquel atardecer de Galilea, a la sombra de los viejos árboles en la ribera del lago. Yo era un joven adolescente de nombre Juan, que siempre corría por las pequeñas callejas de Cafarnaúm,  aquella pequeña población de mansos pescadores. Tras de mí, a cierta distancia, siempre corría también, y riendo, Jacobo, ¡mi dilecto hermano!, algo mayor que yo en edad y en altura —tal lo mostraba por entonces su recia barba, al contrario que el rostro lampiño que yo mantenía.

Aquella tarde, al término de nuestra carrera, en una pequeña colina al salir de la aldea se hallaba un hombre musculoso y joven, vestido muy pobremente y rodeado de un grupo de adultos que lo escuchaban con recogimiento y reverencia. Era el Bautista. Sí. ¡Era el afamado profeta, admirado de todos en aquella sufrida y apasionante Israel del siglo primero de nuestra era! Era el gran profeta que fuese tan odiado de los poderosos pero tan amado por las gentes sencillas… Hacía tiempo que, desde la ribera del Jordán, donde habitualmente predicaba, había regresado a las aldeas junto al lago. Pocos eran los que entraban en su confianza, pero en esos días, desde su misteriosa venida había sabido congregar ya un grupo estable de oyentes llegados de las villas de alrededor, en humilde comunidad orante de anacoretas, pero compuesta de variedad de personas que entraban y retornaban desde sus ocupaciones y lugares de trabajo al renaciente grupo de los discípulos del Bautista. Entre los que le escuchaban, lo que algunos más admiraban de él era su vehemente fervor en el hablar, a pesar de su juventud y, en clara alusión a sus orígenes en el yermo de Judea, le apodaron “la Voz del desierto”.

Yo, jadeante, logré alcanzar la colina y, torpemente, interrumpí la conversación a gritos:

—¡Maestro!, ¡Maestro!, ¡Maestro!  —me arrodillé a los pies del predicador.

—¿Qué ocurre, mi joven discípulo?   —me requirió la voz del Bautista. Era una voz con acentos de graves vibraciones.

—¡Maestro, mi amado Maestro! ¡Maestro mío: Creo… —todavía jadeaba—: Creo que ha llegado el día que profetizaste, el día que nos has anunciado a todos.

El Bautista, al oír eso, y todos con él sobresaltados, se levantó y posó sobre mí su dura mirada, que me hizo sonrojar y agachar la cabeza… Era esa mirada en la que habitaba siempre un fondo implacable de fiera alegría que nada podía derrotar. El pequeño grupo de oyentes se removió inquieto, a la vez que, Santiago se nos allegó presto en pos de mí. Después de embarazosos momentos de silencio, el Bautista simplemente acertó a decir, sonriente:

—¿Ya? ¿Ya tan pronto? ¿Será eso posible?

—¡Sí, Maestro, yo creo que es Él! ¡Lo he visto!

El Bautista alzó los ojos hacia arriba unos instantes, como escrutando las nubes, y cuando los volvió a bajar, añadió riendo:

—¿De modo que lo has visto a Él, tú, mi joven Juan? ¿Con que tú has visto al Mesías anunciado desde siglos y que está para venir? —de pronto calló al cruzarse con mi mirada angustiada—: ¿Será eso verdad? —prosiguió diciendo el Bautista, mirando de reojo a los circunstantes; luego vino otro momento de silencio y, de repente, alegrando el tono de voz, continuó diciendo—: ¡Pero sé muy bien que a ti Yahveh te ha concedido el don de la Videncia!. Sí, ¡quién sabe! Todo es posible… ¿No habló Yahveh por medio del niño Daniel cuando sentenció a los jueces injustos? —otro momento de silencio, y otro, y otro… El Bautista sonrió—: Bien, ¡no quisiera ser un juez injusto contigo, mi pequeño Juan! Si Dios te ha regalado esos hermosos ojos que ven tanto y que miran tan hondo ¡pues a mí, en cambio, me ha otorgado esta desagradable voz mía! —todos se echaron a reír—: Sí, ¡quiero ir en busca de ese rabino tuyo y quiero hablarle!

Las dispersas bandadas de aves se arremolinaban a lo alto en el cielo mientras el pequeño grupo de hombres se encaminó silencioso en dirección a la aldea, precedidos por el alegre paso de mi hermano y el mío, ¡de nosotros, los intrépidos hijos del Zebedeo! De pronto, todavía a las afueras, y sin esperárnoslo, a la vuelta de un recodo, abajo de una cuesta, lo encontramos a Él. De vestido humilde, permanecía a solas frente a la orilla, mirando hacia el sol del atardecer, con los cabellos ligeramente revueltos. Irradiaba en torno sí una impresión indescifrable de majestad y de ternura, pero, también, un fondo impronunciable de tensión, de dolor, extrañamente mezclado con una alegría exultante. ¡Nuestro grupo permaneció inmovilizado ante la visión! Reinaba el silencio. Parecía que el mundo entero había enmudecido de golpe todos los ruidos. A mí me asustó el que, al mirar hacia el Bautista, vi que las lágrimas afloraban inexplicablemente a sus ojos…

En ese inesperado momento, Él se giró, quedando a contraluz del grupo que lo mirábamos, y en dirección a nosotros, pero no acertamos a distinguirle los ojos por la distancia y por cierta bruma que se había posado en el aire vespertino. Pero oímos su palabra, que era una palabra llena de viveza a la par que dejaba, en quienes la escuchaban, la impresión de una cálida intimidad, entretejida como de resonante dignidad unida a cierto temblor de pureza inocente… Y aquella boca pronunció solamente una frase, que le fue dirigida al Bautista:

—¡Profeta! ¡Amigo!¡Ven!

Nadie más los siguió aquella hora, solamente el Bautista se adelantó hasta donde aguardaba Jesús —ese es su nombre— y Él, entonces, tomó de la mano al profeta y marcharon juntos caminando junto al lago. Era poco después del mediodía…

Acuérdate de tu Creador cuando eres joven,

antes de que llegue el tiempo de la aflicción

…antes de que el sol se oscurezca (Ecl 12,1-2)

(Continuará)

Jaime Pérez-Boccherini

Presbítero

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