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Cuando llega la persecución 

Contemplando la historia de la Iglesia podemos atrevernos a decir que la persecución siempre viene en su ayuda. Es más, si fuéramos verdaderos cristianos, saldríamos a la calle a abrazar a los que nos persiguen, como muchos mártires cristianos han abrazado a sus verdugos antes de morir.

En mi parroquia llevamos varios meses siendo insultados cuando entramos y salimos de la eucaristía. A la puerta del templo, grupos de manifestantes, alentados por un movimiento vecinal de ideología de izquierdas, gritan contra los sacerdotes e insultan a los fieles que entramos en la iglesia. Somos perseguidos. El Señor lo permite. A nosotros nos toca poner en práctica el Evangelio: “No os resistáis al mal”. Lo primero que se me predicó al retornar a la Iglesia, tras unos años fuera de ella, fue el Sermón de la Montaña. Quizás ahora ha llegado el momento de poner en práctica la Palabra.

¿A quién persiguen, a nosotros o a Cristo?

Dice San Agustín que “la pasión de Cristo no se limita únicamente a Cristo” porque “Jesucristo, salvador del cuerpo, y los miembros de este cuerpo forman como un solo hombre, del cual él es la cabeza, nosotros los miembros, uno y otros estamos unidos en una sola carne, una sola voz, unos mismos sufrimientos”, y recuerda las palabras de San Pablo: “Así completo en mi carne los dolores de Cristo”. Cuando somos perseguidos es Cristo el perseguido. Cuando sufrimos por ser miembros del cuerpo de Cristo añadimos “algo que faltaba a los sufrimientos de Cristo… que padeció como cabeza nuestra y sufre en sus miembros, es decir, en nosotros mismos” .

Cristo y la Iglesia, su Esposa, son una sola carne; “la amada en el amado transformada”, como dice San Juan de la Cruz. Cuando la Esposa es perseguida es perseguido el Esposo, porque es perseguida por ser la Amada del Amado. Cuando es perseguido aquel en quien habita el Espíritu Santo, no solo es perseguido Cristo, sino la misma Trinidad. Dice San Hilario: “nosotros llegamos a ser uno, porque el Padre está en Cristo y Cristo está en nosotros; por ello, si Cristo está en nosotros y nosotros estamos en él, todo lo nuestro está, con Cristo, en Dios” .

Pero ¿a quién persiguen a Cristo o a mí? Este es el punto que se ha de discernir. Cuando somos perseguidos por nada, sin motivo, sin razón alguna que lo justifique, entonces es cuando no somos perseguidos por nosotros, sino por Cristo. Porque solo cuando somos perseguidos de un modo irracional, absurdo, injusto, entonces es perseguido en nosotros —su cuerpo— Cristo, la cabeza.Para que se cumpla la palabra: “Me han odiado sin motivo”  (Jn 15, 25).

“Dios lo es todo, yo soy la nada” decía Santa Ángela de la Cruz. Solo desde la humildad profunda de esta nada se puede vivir la persecución recibida como persecución a Cristo; la Esposa, cuando es la nada, al ser perseguida recibe en su carne la persecución a Cristo, el Esposo.

“Os exhorto, por la misericordia de Dios, a presentar vuestros cuerpos como hostia viva” (Rom 12,1), dice San Pablo. “Pero tenemos este tesoro en vasos de barro, para que la excelencia del poder sea de Dios, y no de nosotros” (2 Cor 4,7), porque cuando somos nada, entonces “es Cristo quién vive en mí”, y solo así podemos cantar: es Cristo el perseguido en mí.

amamos porque Él nos amó primero

Mas sí somos perseguidos por nosotros mismos, no por Cristo, entonces nos dirá nuestro Señor: “No os conozco”. Si nos defendemos no somos de sus ovejas, porque nuestro Señor es pastor de ovejas, no de lobos, “y las ovejas conocen mi Voz” (Jn 10,27). Si escuchamos su voz: “No os resistáis al mal” somos sus ovejas. Para que se cumpla la palabra: “Como cordero llevado al matadero”(Is 53,7).Solo entonces Él es perseguido en nosotros: “en la amada en su amado transformada”. Solo así la voz de Cristo dirá a nuestros perseguidores, como le preguntó a Saulo de Tarso: “¿Por qué me persigues?”. Sabemos que somos su mismo cuerpo, porque “la santa humildad de Cristo hace que formen un mismo cuerpo todos aquellos en quienes ella se encuentra”, manifiesta San Cirilo de Alejandría.

“No hay mejor invitación al amor que amar primero”, dice San Agustín. El Señor nos ha amado primero, incluso cuando éramos sus enemigos y perseguidores, malvados y pecadores. A los cristianos se nos ha dado gratis participar, por el Espíritu Santo, de la naturaleza divina de Cristo. Entonces, ¿cómo no amar a los que nos odian? También nosotros fuimos un día enemigos de Cristo. ¿Cómo no rezar por los que nos persiguen? También nosotros hemos sido perseguidores. Si hoy amamos a los que nos odian y persiguen es porque podemos mirarlos con los ojos de Cristo.

Mi parroquia tiene un gran pantocrátor de Cristo victorioso, pintado por Kiko Argüello, con estas palabras: Amad a vuestros enemigos, vengo pronto. El Señor viene en la persecución y nos alegramos en ella. “Bienaventurados seréis cuando os insulten y os persigan y digan con mentira toda clase de mal contra vosotros por mi causa. Alegraos y regocijaos” (Mt 5,11-12).

Javier Alba

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