Un mensaje profundo en un lenguaje sencillo|viernes, octubre 18, 2019
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Cuando un amigo se va 

Por Ángela C. Ionescu

He perdido a un amigo al que he querido mucho. Tú,  Señor, lloraste ante la tumba de Lázaro, y como podías resucitarlo y sabías que ibas a hacerlo, no sé si en realidad lloraste por todas las lágrimas que habríamos de llorar a lo largo de los tiempos los que perdiéramos a un amigo porque conociste nuestro dolor aun antes de que naciéramos. Desde la triste orilla de su ausencia, yo evoco ahora la  hermosura de su presencia en mi vida, unidos por el cordón invisible que nada ni nadie podía romper.

Compartí con él la pena y el gozo, la soledad y la añoranza, los ensueños y los fracasos. Podía decir el comentario que brota cuando se está mal sin que se me pasara por la cabeza que pudiera delatarme ni que repitiera de ninguna manera lo que yo había dicho ni mencionara siquiera mi nombre. Compartí la preocupación del momento, el disgusto reciente, la rabia que embarga un instante, la alegría sencilla por la razón más simple, el gozo sin motivo, porque sí, y siempre en libertad. Con un amigo de verdad siempre te sientes libre, más libre que solo. Tenía total confianza en él, como un niño en brazos de su madre, que sabe que nunca le dejará caer. Podía decirle sospechas y temores, despechos y amarguras, esperanzas y proyectos; y él a mí.

Porque el amigo verdadero es como el amor: no se jacta, no se engríe, no es grosero, no busca lo suyo, no tiene en cuenta el mal, goza con la verdad y jamás con la injusticia. Aguanta lo que no se piensa que se puede aguantar, espera sin desfallecer, y por encima de todo, confía, confía siempre. No es posible que en el amigo auténtico exista la desconfianza. Confía a ciegas, confía a pesar de lo que piensa, confía por encima de lo que ve, confía más allá de lo que oye, nunca se le ocurre que yo pueda hacer nada perjudicial para él. Y si me viera o me oyera algo contra la lealtad de nuestra amistad, diría: “No es ella, Ángela no es así”.  Tampoco es posible que el amigo haga a sabiendas daño al amigo.

Un amigo se culparía de lo que no ha hecho con tal de salvar la paz y el nombre del amigo. Nunca lo tomaría como escudo para esconder sus maniobras o sus torpezas. Nunca diría, como Adán, “la mujer que tú me diste por compañera me dio del árbol y comí…”

Tú lo trajiste a mi vida, Tú me lo has quitado. Bendito seas, Señor, bendito siempre, acato de rodillas tu voluntad. Tú sabes las honduras del dolor.

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