Un mensaje profundo en un lenguaje sencillo|martes, junio 18, 2019
  • Siguenos!

Cuánto nos ha de querer el Padre… ¡que valemos la sangre de Cristo! 
29 de Marzo
Por Victoria Luque

«En aquel tiempo, salió Jesús con sus discípulos al otro lado del torrente Cedrón, donde habla un huerto, y entraron allí él y sus discípulos. Judas, el traidor, conocía también el sitio, porque Jesús se reunía a menudo allí con sus discípulos. Judas entonces, tomando la patrulla y unos guardias de los sumos sacerdotes y de los fariseos, entró allá con faroles, antorchas y armas. Jesús, sabiendo todo lo que venía sobre él, se adelantó y les dijo: “¿A quién buscáis?”. Le contestaron: “A Jesús, el Nazareno”. Les dijo Jesús: “Yo soy”. Estaba también con ellos Judas, el traidor. Al decirles: “Yo soy”, retrocedieron y cayeron a tierra. Les preguntó otra vez: “¿A quién buscáis?”. Ellos dijeron: “A Jesús, el Nazareno”. Jesús contestó: “Os he dicho que soy yo. Si me buscáis a mi, dejad marchar a estos”.  Y así se cumplió lo que habla dicho: “No he perdido a ninguno de los que me diste”. Entonces Simón Pedro, que llevaba una espada, la sacó e hirió al criado del sumo sacerdote, cortándole la oreja derecha. Este criado se llamaba Malco. Dijo entonces Jesús a Pedro: “Mete la espada en la vaina. El cáliz que me ha dado mi Padre, ¿no lo voy a beber?”.

La patrulla, el tribuno y los guardias de los judíos prendieron a Jesús, lo ataron y lo llevaron primero a Anás, porque era suegro de Caifás, sumo sacerdote aquel año; era Caifás el que había dado a los judíos este consejo: “Conviene que muera un solo hombre por el pueblo”. Simón Pedro y otro discípulo seguían a Jesús. Este discípulo era conocido del sumo sacerdote y entró con Jesús en el palacio del sumo sacerdote, mientras Pedro se quedó fuera a la puerta. Salió el otro discípulo, el conocido del sumo sacerdote, habló a la portera e hizo entrar a Pedro. La criada que hacia de portera dijo entonces a Pedro: “¿No eres tú también de los discípulos de ese hombre?”. Él dijo: “No lo soy”. Los criados y los guardias hablan encendido un brasero, porque hacia frío, y se calentaban. También Pedro estaba con ellos de pie, calentándose. El sumo sacerdote interrogó a Jesús acerca de sus discípulos y de la doctrina. Jesús le contestó: “Yo he hablado abiertamente al mundo; yo he enseñado continuamente en la sinagoga y en el templo, donde se reúnen todos los judíos, y no he dicho nada a escondidas. ¿Por qué me interrogas a mí? Interroga a los que me han oído, de qué les he hablado. Ellos saben lo que he dicho yo”. Apenas dijo esto, uno de los guardias que estaba allí le dio una bofetada a Jesús, diciendo: “¿Así contestas al sumo sacerdote?”. Jesús respondió: “Si he faltado al hablar, muestra en qué he faltado; pero si he hablado como se debe, ¿por qué me pegas?”. Entonces Anás lo envió atado a Caifás, sumo sacerdote. Simón Pedro estaba en pie, calentándose, y le dijeron: “¿No eres tú también de sus discípulos?”. Él lo negó, diciendo: “No lo soy”. Uno de los criados del sumo sacerdote, pariente de aquel a quien Pedro le cortó la oreja, le dijo: “¿No te he visto yo con él en el huerto?”. Pedro volvió a negar, y enseguida cantó un gallo.

Llevaron a Jesús de casa de Caifás al pretorio. Era el amanecer, y ellos no entraron en el pretorio para no incurrir en impureza y poder así comer la Pascua. Salió Pilato afuera, adonde estaban ellos, y dijo: “¿Qué acusación presentáis contra este hombre?”. Le contestaron: “Si este no fuera un malhechor, no te lo entregaríamos”. Pilato les dijo: “Lleváoslo vosotros y juzgadlo según vuestra ley”. Los judíos le dijeron: “No estamos autorizados para dar muerte a nadie”. Y así se cumplió lo que había dicho Jesús, indicando de qué muerte iba a morir. Entró otra vez Pilato en el pretorio, llamó a Jesús y le dijo: “¿Eres tú el rey de los judíos?”. Jesús le contestó: “¿Dices eso por tu cuenta o te lo han dicho otros de mi?”. Pilato replicó: “¿Acaso soy yo judío? Tu gente y los sumos sacerdotes te han entregado a mí; ¿qué has hecho?”. Jesús le contestó: “Mi reino no es de este mundo. Si mi reino fuera de este mundo, mi guardia habría luchado para que no cayera en manos de los judíos. Pero mi reino no es de aquí”. Pilato le dijo: “Conque, ¿tú eres rey?”. Jesús le contestó: “Tú lo dices: soy rey. Yo para esto he nacido y para esto he venido al mundo: para ser testigo de la verdad. Todo el que es de la verdad escucha mi voz”. Pilato le dijo: “Y, ¿qué es la verdad?”. Dicho esto, salió otra vez adonde estaban los judíos y les dijo: “Yo no encuentro en él ninguna culpa. Es costumbre entre vosotros que por Pascua ponga a uno en libertad. ¿Queréis que os suelte al rey de los judíos?”. Volvieron a gritar: “A ese no, a Barrabás”. El tal Barrabás era un bandido.

Entonces Pilato tomó a Jesús y lo mandó azotar. Y los soldados trenzaron una corona de espinas, se la pusieron en la cabeza y le echaron por encima un manto color púrpura; y, acercándose a él, le decían: “¡Salve, rey de los judíos!”. Y le daban bofetadas. Pilato salió otra vez afuera y les dijo: “Mirad, os lo saco afuera, para que sepáis que no encuentro en él ninguna culpa”. Y salió Jesús afuera, llevando la corona de espinas y el manto color púrpura. Pilato les dijo: “Aquí lo tenéis”. Cuando lo vieron los sumos sacerdotes y los guardias, gritaron: “¡Crucifícalo, crucifícalo!”. Pilato les dijo: “Lleváoslo vosotros y crucificadlo, porque yo no encuentro culpa en él”. Los judíos le contestaron: “Nosotros tenemos una ley, y según esa ley tiene que morir, porque se ha declarado Hijo de Dios”. Cuando Pilato oyó estas palabras, se asusto aún más y, entrando otra vez en el pretorio, dijo a Jesús: “¿De dónde eres tú?”. Pero Jesús no le dio respuesta. Y Pilato le dijo: “¿A mi no me hablas? ¿No sabes que tengo autoridad para soltarte y autoridad para crucificarte?”. Jesús le contestó: “No tendrías ninguna autoridad sobre mi, si no te la hubieran dado de lo alto. Por eso el que me ha entregado a ti tiene un pecado mayor”.

Desde este momento Pilato trataba de soltarlo, pero los judíos gritaban: “Si sueltas a ese, no eres amigo del César. Todo el que se declara rey está contra el César”. Pilato entonces, al oír estas palabras, sacó afuera a Jesús y lo sentó en el tribunal, en el sitio que llaman «el Enlosado» (en hebreo Gábbata). Era el día de la Preparación de la Pascua, hacia el mediodía. Y dijo Pilato a los judíos: “Aquí tenéis a vuestro rey”. Ellos gritaron: “¡Fuera, fuera; crucifícalo!”. Pilato les dijo: “¿A vuestro rey voy a crucificar?”. Contestaron los sumos sacerdotes: “No tenemos más rey que al César”. Entonces se lo entregó para que lo crucificaran.

Tomaron a Jesús, y él, cargando con la cruz, salió al sitio llamado «de la Calavera» (que en hebreo se dice Gólgota), donde lo crucificaron; y con él a otros dos, uno a cada lado, y en medio, Jesús. Y Pilato escribió un letrero y lo puso encima de la cruz; en él estaba escrito: “Jesús, el Nazareno, el rey de los judíos”. Leyeron el letrero muchos judíos, porque estaba cerca el lugar donde crucificaron a Jesús, y estaba escrito en hebreo, latín y griego. Entonces los sumos sacerdotes de los judíos dijeron a Pilato: “No escribas: ‘El rey de los judíos’, sino: ‘Este ha dicho: Soy el rey de los judíos’. Pilato les contestó:  “Lo escrito, escrito está”.

Los soldados, cuando crucificaron a Jesús, cogieron su ropa, haciendo cuatro partes, una para cada soldado, y apartaron la túnica. Era una túnica sin costura, tejida toda de una pieza de arriba abajo. Y se dijeron: “No la rasguemos, sino echemos a suerte, a ver a quién le toca”. Así se cumplió la Escritura: “Se repartieron mis ropas y echaron a suerte mi túnica”. Esto hicieron los soldados.

Junto a la cruz de Jesús estaban su madre, la hermana de su madre, María, la de Cleofás, y María, la Magdalena. Jesús, al ver a su madre y cerca al discípulo que tanto quería, dijo a su madre: “Mujer, ahí tienes a tu hijo”. Luego, dijo al discípulo: “Ahí tienes a tu madre”. Y desde aquella hora, el discípulo la recibió en su casa.

Después de esto, sabiendo Jesús que todo habla llegado a su término, para que se cumpliera la Escritura dijo: “Tengo sed”. Había allí un jarro lleno de vinagre. Y, sujetando una esponja empapada en vinagre a una caña de hisopo, se la acercaron a la boca. Jesús, cuando tomó el vinagre, dijo: “Está cumplido”. E, inclinando la cabeza, entregó el espíritu.

Los judíos entonces, como era el día de la Preparación, para que no se quedaran los cuerpos en la cruz el sábado, porque aquel sábado era un día solemne, pidieron a Pilato que les quebraran las piernas y que los quitaran, Fueron los soldados, le quebraron las piernas al primero y luego al otro que hablan crucificado con él; pero al llegar a Jesús, viendo que ya habla muerto, no le quebraron las piernas, sino que uno de los soldados, con la lanza, le traspasó el costado, y al punto salió sangre y agua. El que lo vio da testimonio, y su testimonio es verdadero, y él sabe que dice verdad, para que también vosotros creáis. Esto ocurrió para que se cumpliera la Escritura: “No le quebrarán un hueso”; y en otro lugar la Escritura dice: “Mirarán al que atravesaron”.

Después de esto, José de Arimatea, que era discípulo clandestino de Jesús por miedo a los judíos, pidió a Pilato que le dejara llevarse el cuerpo de Jesús. Y Pilato lo autorizó. Él fue entonces y se llevó el cuerpo. Llegó también Nicodemo, el que habla ido a verlo de noche, y trajo unas cien libras de una mixtura de mirra y áloe. Tomaron el cuerpo de Jesús y lo vendaron todo, con los aromas, según se acostumbra a enterrar entre los judíos. Había un huerto en el sitio donde lo crucificaron, y en el huerto un sepulcro nuevo donde nadie había sido enterrado todavía. Y como para los judíos era el día de la Preparación, y el sepulcro estaba cerca, pusieron allí a Jesús». (Jn 18, 1-19, 42)


Me imagino aquel huerto a oscuras, y tú Señor, orando y velando mientras tus discípulos eran abatidos por el sueño. Tú, manteniendo un diálogo cercano y directo con tu abbá, tu Padre querido, pidiéndole que apartase de ti ese cáliz, ese acontecimiento que como hombre, te superaba. Sabías que la muerte se cernía sobre ti, y que todo estaba en Sus manos.

Sin embargo, no dudaste un ápice en manifestarte como Dios hecho hombre, cuando respondiste a los que te buscaban: “Yo SOY”. Igual que dijo Yahvé a Moisés cuando le habló desde la zarza ardiente: «”Yo soy el que Soy”. Y añadió: “Esto dirás a los israelitas: ‘Yo SOY me ha enviado a vosotros’”» (Ex 3,14). Tal fue el impacto de estas palabras en tus opresores que dieron con el rostro en tierra. No les pasó desapercibida esta manifestación tuya como Hijo de Dios. ¡Con qué autoridad debiste hablar! Siempre me ha llamado la atención esa firmeza, esa fortaleza que tenían tus palabras y todo tu ser injertado en la misma naturaleza del Dios vivo.

“Mete la espada en la vaina. El cáliz que me ha dado mi Padre, ¿no lo voy a beber?”. Señor Jesús, primero rogaste, suplicaste que pasase de ti ese horror, esa muerte cruenta… oraste al Padre y sudaste gotas de sangre. Pero después, dijiste “hágase”, no saliste huyendo, te mantuviste firme abrazado a la voluntad de tu Padre Dios, confiando en que “eso” era lo mejor para ti, y para la humanidad entera. Tú, Dios, y Tú, hombre verdadero. Y como hombre, sufriste. Y como hombre tuviste miedo, y como hombre rezaste y te pusiste en las manos del único que salva.

Con tu actitud nos enseñaste algo inaudito, algo de una belleza singular, algo que no se entiende más que bajo la acción del Espíritu Santo: abrazar la cruz. A no renegar de la voluntad de nuestro Padre, a saber que todo lo que permite es bueno para nosotros y para los que tenemos alrededor, aunque en el momento de dolor y angustia no lo entendamos.

Era el día de la preparación de la Pascua. Y como cordero llevado al matadero, no abriste la boca ante insultos y salivazos. Fuiste tú el cordero inmolado por la tarde. En la pascua judía se recordaba —y se recuerda— la liberación del pueblo hebreo de las manos del Faraón, se recordaba la salida de Egipto, en esa pascua los israelitas comieron el cordero y tomaron el pan —sin levadura— y el vino con las sandalias calzadas y las “maletas” hechas. Dispuestos a dejarse guiar por Moisés. Hoy nuestro Moisés es Jesucristo, el que nos hace pasar cada día por entre las aguas de la muerte, el que ha asumido en sí mismo la condición de esclavo, para conducirnos a la nueva Jerusalén, a la tierra que mana leche y miel. Al cielo.

“Nosotros tenemos una ley, y según esa ley tiene que morir, porque se ha declarado Hijo de Dios”, decían los sumos sacerdotes. Pero… es que era verdad (“Mi reino no es de este mundo”). Es que es el Hijo del Padre. El que nos ha abierto las puertas del cielo.

Un sacerdote viejecito con el que me confesaba hace años, me decía siempre al terminar de exponerle mis pecados: “Hija, muy cara le has costado a Jesús. Pídele perdón”. Sí, machacado y humillado por mis culpas.

Pero también se puede ver esto desde otra perspectiva: alegrémonos, porque Cristo ha derramado cada gota de su sangre, por cada uno de nosotros. Cuánto nos ha de querer el Padre… cuánto amor… valemos la sangre de Cristo. Tenemos una dignidad, la de Hijos de Dios y herederos del cielo, que no nos la puede quitar nadie. Que no se nos olvide nunca que el Señor está por nosotros.

Por último, junto a la cruz estaba su madre, y otras santas mujeres, y el discípulo amado, Juan, el mismo que nos relata este evangelio. El sufrimiento de María debió ser inenarrable. Una madre viendo a su hijo atrozmente escarnecido, vapuleado, machacado, humillado. Asesinado. Una madre que como el Hijo, no abrió la boca. En ella, en su fortaleza, en su fe fundamentada en una profunda unión con su Padre Dios, buscamos refugio. Ante la adversidad, ante lo que no comprendemos y que nos duele hasta el tuétano, nos unimos a ella. Madre del Amor hermoso. Madre de la fe. E igual que ella es acogida en casa de Juan, por petición de Jesús. También cada uno de nosotros la acogemos en nuestra casa, en nuestro propio ser, para que nos ayude a caminar viendo más allá de los que los ojos ven. Mirando al cielo.

Victoria Luque

Añadir comentario