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Cuarto misterio gozoso: La Presentación del Niño en el Templo y La Purificación de Nuestra Señora 

Cristo no vino a abolir la Ley sino a ofrecérnosla cumplida en su carne, que era la nuestra. Precioso este fragmento del Evangelio en el que los jóvenes José y María con el Niño hacen todo lo que la Ley dice. No quieren retocar nada de lo que está mandado —“Conságrame todo primogénito, todo primer parto entre los israelitas… es mío” (Éx 13,1-2)— y María, su madre, cumple asimismo los ritos de purificación. Saben que la vida, vivida en la voluntad de Dios, es una auténtica liturgia, que expresa que no hay otra misión más que la de hacer presente a Dios en medio de la existencia.

Cuatro veces emplea San Lucas en esta narración la expresión “para cumplir la Ley”. Sí, José y María fueron obedientes a la Ley, actuaron como auténticos liturgos, llevando a cabo un ritual previamente escrito, no de forma rutinaria y de memoria sino mediante una entrega emocionada y voluntaria. Viviéndolo en primera persona y haciéndolo vivir a los que están con ellos.

Señala también el evangelista que el anciano Simeón inventa en ese momento una liturgia propia, el “Nunc Dimittis”: “Y ahora, Señor, puedes, según tu palabra, dejar que tu siervo se vaya en paz, porque han visto mis ojos tu salvación” (Lc 2,29-32), oración que la Iglesia hace suya en el rezo de Completas, justo antes de acabar el día, del mismo modo que Simeón puede cerrar ya los ojos en paz al darse cuenta de que este encuentro con el Niño Dios le ha dado todo cuanto en la vida se puede esperar. Ya habían hecho anteriormente algo similar María y Zacarías con el “Magníficat” y el “Benedictus”, cuando se dieron de bruces con la Buena Nueva. Ambos rompieron a cantar alabanzas al Señor, y estas mismas oraciones serán utilizadas por la Iglesia todos los días en la liturgia de Laudes y de Vísperas, respectivamente.

Simeón, después de bendecir a los padres e inspirado por el Espíritu Santo, hace una profecía que anuncia el signo con el que se llevará a cabo la Redención de todos los hombres, la Cruz: “Este Niño está puesto para caída y elevación de muchos en Israel, y a ti (refiriéndose a María) una espada te atravesará el alma a fin de que queden al descubierto las intenciones de muchos corazones” (Lc 2,34-35). Esta es la única condición, nuestra única aportación al plan de Dios: tener conciencia del mal que nos habita. “No soy yo, es el pecado que habita en mí” (Rom 7,17).

Por otra parte, la anciana profetisa Ana, que vivía consagrada para servir en el Templo al Señor día y noche, una vez ve al niño empieza a alabar en voz alta a Dios y a hablar con una enorme libertad con todo el mundo, relatando a cuantos esperaban la redención de Jerusalén las maravillas que veía en aquel niño. Tres veces dice el evangelista que Simeón y Ana son conducidos por el Espíritu Santo. Así se sienten de libres.

Dios toma posesión del lugar que le pertenece por definición, pues para Él fue levantado. La entrada del Niño en el Templo era obligada al ser su casa; pero lo hace de la forma más humilde que se podría esperar, aportando la ofrenda de los pobres —dos tórtolas o dos pichones— en lugar de la normalmente estipulada —un cordero de un año y una tórtola o un pichón. Treinta años más tarde volverá aquí de una forma más humilde aún si cabe: montado en un pollino.

Nada hace el Señor porque sí. Esta delicadeza en la forma de acceder a su casa tiene una finalidad. La humilde entrada del Dios de los Cielos en el Templo es una mera semblanza de la entrada al lugar que más ardientemente desea habitar, el corazón del hombre. Hacia él se acerca humilde y suavemente todos los días para que no tengamos ningún miedo en recibirle.

Enrique Solana

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