Un mensaje profundo en un lenguaje sencillo|miércoles, octubre 23, 2019
  • Siguenos!

Cumplir la penitencia 

Según nos enseña la doctrina y la práctica de la Iglesia, para que se dé el perdón de los pecados se requieren cinco condiciones: examen de conciencia, dolor de los pecados, propósito de la enmienda, decir los pecados al confesor y cumplir la penitencia. La última condición, sin embargo, queda muchas veces reducida a hacer lo que nos indica el confesor, limitado, la mayor parte de las veces, a rezar determinadas oraciones. Pero podemos olvidar el verdadero alcance que tiene, al considerarla como una especie de “multa” que se nos impone para satisfacer alguna deuda. Es necesario, por ello, especificar su auténtico significado.

Todo acto humano lleva consigo unas consecuencias, positivas o negativas, según los casos. En el supuesto de una acción u omisión pecaminosa, se incide en terceras personas a las que hacemos daño o dejamos de hacerles favores, y aún en el caso de que se trate de un acto interior de la persona, también quedan perturbados los demás por nuestro estado de ánimo cambiante. La misma naturaleza queda afectada por el pecado, ya que la idolatría del dinero, por ejemplo, es la que provoca la mayor parte de los desastres ecológicos.

La absolución sacramental perdona la culpa, pero queda la pena. Por ello, es necesario aceptar las consecuencias de nuestros actos en el caso de una mala acción u omisión. Todo el sufrimiento del mundo es consecuencia de los pecados de los hombres, y cada uno de nosotros contribuimos con los nuestros. Por eso, “cumplir la penitencia” supone aceptar las consecuencias de nuestros pecados y los de toda la humanidad, con la que somos solidarios, aceptando, también, cargar con el pecado del otro. Es lo que ha hecho Cristo. Acogiendo la cruz, consecuencia de los pecados del mundo, quita el pecado y reduce la pena. Del mismo modo, aceptar libremente el sufrimiento, sea físico o moral, que nos sobreviene causado por el pecado del mundo, supone “cumplir la penitencia” y contribuir a que la paz y la salvación se afiancen en el mundo. Aceptar las consecuencias del pecado en nosotros sin murmurar, con humildad y paciencia, contribuye a la redención del mundo.

Es la actitud adoptada por David huyendo de su hijo Absalón. No se queja ni ante las burlas de Semeí, porque es consciente de que él ha sembrado las semillas de la violencia a su alrededor y en su propia casa, y acepta con humildad el hecho de que un hijo salido de sus entrañas busque su muerte. Del mismo modo, el profeta Jeremías aconsejará al rey y a los habitantes de Jerusalén la rendición ante Nabucodonosor, como el único remedio a su situación. El profeta ha venido advirtiendo largamente sobre las consecuencias nefastas de la política de Judá: un pueblo que ha abandonado a Dios y su Alianza yéndose tras los ídolos, sumiendo al país en la injusticia social y en la inmoralidad pública. Como fruto de sus perversas acciones, se ven abocados a la invasión del imperio babilónico. Es, por ello, necesaria la conversión, el reconocimiento de sus errores y la aceptación de sus consecuencias por lo que “vuestra salvación está en rendiros al rey de Babilonia” y en aceptar el Exilio. En esta dura prueba, el pueblo de Judá aprenderá a reconocer que se encuentra en esta situación como consecuencia de sus infidelidades, reconocerá sus errores y volverá a su Señor, saliendo del Exilio, purificado y renovado, habiendo asimilado en su corazón la Ley del Señor.

Dios se sirve del extravío de los hombres y, cuando por la dureza del corazón no escuchan sus palabras, los deja a su capricho para que experimenten las consecuencias desastrosas, caigan hasta el fondo y puedan allí reconsiderar su situación. Dejó que Judá fuera al Exilio y permite que el hijo pródigo abandone la casa paterna, dilapide su herencia y caiga en la más abyecta miseria, pues únicamente de este modo puede encontrar la salvación. Allí reconoce su pecado, se duele del mal cometido, vuelve a su padre, confiesa su pecado y acepta la penitencia, “pues no merezco ser llamado hijo tuyo”.

Así es el modo de actuar de Dios. Llama al hombre a la verdad, pero cuando éste cierra sus oídos y se arroja en manos de sus ídolos, permite que por sus desvaríos, se aniquilen en terribles guerras o esparzan el mal a su alrededor, por ver si recapacitan, se convierten y puedan ser salvados. Ha sido siempre así y es así en nuestros días. Hoy, si cabe, el desvarío es mucho peor, hemos abandonado los antiguos ídolos y nos hemos puesto a nosotros mismo en su lugar. El hombre reniega de Dios y se erige en dueño de su destino. Postura insensata que está impulsando a la humanidad al borde del precipicio. Estamos asistiendo a la locura del islamismo radical, la violencia de los clanes de la droga, al sinsentido de estados salvajemente totalitarios como Corea del Norte o de otros que con absurdas ideologías están llevando a sus países a la ruina moral y económica, o a la decadencia moral de occidente que repercute en la ideología de género y en la dictadura del pensamiento único y, podríamos seguir enumerando los muchos males que aquejan a la humanidad y provocan el dolor del mundo, ¡cuánto sufrimiento por el desvarío y el pecado del hombre!.

Ante esta situación, ¿cuál ha de ser la postura del cristiano? La asumida por Cristo: el viene a proclamar la Verdad que trae la libertad y la vida, intercede por el mundo y acepta sufrir las consecuencias de la oposición del mundo. De este modo manifiesta el amor total que reconcilia lo que estaba dividido y trae la paz. Del mismo modo, la Iglesia, porque ama al mundo y ha sido enviada por Cristo, proclama la verdad que trae la paz, aunque no es escuchada y sí rechazada por el mundo que vive en la mentira, pero no importa si con ello se procura la crítica, el rechazo, el odio y la persecución del mundo, como está sucediendo. Es su destino, el mismo del Señor, pues con su “martirio” está llevando la salvación al mundo e instaurando el Reino “crucificado” de Cristo sobre la tierra, anticipo de su victoria definitiva.

                                                                                                                                            Ramón Domínguez.

Añadir comentario