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Dadles vosotros de comer 
05 de Agosto
Por Mª Nieves Diéz Taboada

En aquel tiempo, al enterarse Jesús de la muerte de Juan, el Bautista, se marchó de allí en barca, a un sitio tranquilo y apartado. Al saberlo la gente, lo siguió por tierra desde los pueblos. Al desembarcar, vio Jesús el gentío, le dio lástima y curó a los enfermos.

Como se hizo tarde, se acercaron los discípulos a decirle: «Estamos en despoblado y es muy tarde, despide a la multitud para que vayan a las aldeas y se compren de comer.»

Jesús les replicó: «No hace falta que vayan, dadles vosotros de comer.»

Ellos le replicaron: «Si aquí no tenemos más que cinco panes y dos peces.»

Les dijo: «Traédmelos.»

Mandó a la gente que se recostara en la hierba y, tomando los cinco panes y los dos peces, alzó la mirada al cielo, pronunció la bendición, partió los panes y se los dio a los discípulos; los discípulos se los dieron a la gente. Comieron todos hasta quedar satisfechos y recogieron doce cestos llenos de sobras. Comieron unos cinco mil hombres, sin contar mujeres y niños (San Mateo 14, 13-21).

COMENTARIO

Según los textos evangélicos Jesús da dos veces de comer a la multitud multiplicando los panes y los peces. Sin embargo muchos escrituristas (Andrés Manrique) creen que estas son dos versiones del mismo signo, variadas en la predicación posterior según sea al grupo de judíos o de paganos. En Lucas y en Juan solo se habla de una.

 Esta, que es la primera, la narran los cuatro evangelistas. Jesús acaba de enterarse de la muerte de Juan el bautista y se retira en una barca aparte a un lugar solitario a orar y meditar; pero la gente lo sigue. Jesús está buscando soledad y reposo, pero al verlos se conmueve su corazón, porque algunos vienen de lejos y traen con ellos a los enfermos. Me encanta esta frase que nos deja constancia de la ternura amorosa de Jesús: “ Se conmueve su corazón”. Olvida su tristeza por la muerte de Juan, su cansancio y los cura, los consuela; actua, como el mesías que es, derrochando su misericordia, les sana alma y cuerpo y los fortalece con su palabra de vida.

Al atardecer, después de llevar allí unas horas escuchando al Señor, los discípulos dicen a Jesús que despida a la gente para que vayan a buscar comida a los pueblos cercanos. Es el momento de la cena que, cuando los evangelistas nos lo narran, ya estaba constituida como tradición habitual. No olvidemos el sentido eucarístico de este signo, Jesús da gracias, bendice y parte los panes, él es el pan de vida, nuestro imprescindible alimento, todo en él es pan necesario para nuestro sustento material y espiritual.

 Pero antes, Jesús ha pronunciado una de las frases que se convierten en mandato ineludible para sus discípulos y para todo cristiano: “Dadles vosotros de comer.” ¿Qué hacemos pues quejándonos del hambre en el mundo, de las desigualdades, de las miserias humanas? Son cosa nuestra y en la medida de nuestras capacidades tenemos obligación de solucionarlas y “no con meras declaraciones de principios, sino con obras. Los que nos llamamos cristianos y recibimos la eucaristía no comprendemos aunque la injusticia estructurada es un pecado y no advertimos nuestra responsabilidad personal por lo que hacemos y sobre todo por lo que callamos y dejamos de hacer.” (J. E. Schenk” La homilía diaria”).

 El mundo es de los que estamos en él y entre todos tenemos que arreglarlo y mejorarlo, atender a pobres y enfermos es tarea de los hombres. Tenemos la suerte de saber que, como entonces, Jesús aportará lo más importante, pero no quiere que nos desentendamos de las necesidades del hermano, es misión nuestra. En la “Evangelli gaudium” el papa Francisco dice: “El gran riesgo del mundo actual, con su múltiple y abrumadora oferta de consumo, es una tristeza individualista que brota del corazón cómodo y avaro, de la búsqueda enfermiza de placeres superficiales, de la conciencia aislada” (Pg.3).

 La obra social de la Iglesia es ingente, porque es consciente de este mandato, pero privadamente aún nos queda mucho que aportar. Estamos tranquilos, nos parece que el dinero de nuestro sueldo está bien ganado y olvidamos que todos somos “el rico” de alguien. La obligación la transmitimos a los gobernantes para liberarnos del sentimiento de culpa, pero el mandato personal de Jesús martillea en nuestro corazón: “dales tú de comer”. Porque solo una vez habla Cristo en el Evangelio de quién se salvará el último día: “Venid benditos de mi padre, porque tuve hambre y me distéis de comer”

Pongámonos a ello con urgencia, alocadamente, sin medios, como hicieron tantos santos de la caridad, Teresa de Calcuta, Vicente de Paul, Juan de Dios, y Él se encargará de multiplicar nuestros panes y peces.

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