Un mensaje profundo en un lenguaje sencillo|martes, octubre 22, 2019
  • Siguenos!

Dame deseos de entrega total 
8 de Diciembre
Por Alfredo Esteban

«En aquel tiempo, el ángel Gabriel fue enviado por Dios a una ciudad de Galilea llamada Nazaret, a una virgen desposada con un hombre llamado José, de la estirpe de David; la virgen se llamaba María. El ángel, entrando en su presencia, dijo: “Alégrate, llena de gracia, el Señor está contigo”. Ella se turbó ante estas palabras y se preguntaba qué saludo e aquel. El ángel le dijo: “No temas, María, porque has encontrado gracia ante Dios, Concebirás en tu vientre y darás a luz un hijo, y le pondrás por nombre Jesús. Será grande, se llamará Hijo del Altísimo, el Señor Dios le dará el trono de David, su padre, reinará sobre la casa de Jacob para siempre, y su reino no tendrá fin”. Y María dijo al ángel: “¿Cómo será eso, pues no conozco a varón?”. El ángel le contestó: “El Espíritu Santo vendrá sobre ti, y la fuerza del Altísimo te cubrirá con su sombra; por eso el Santo que va a nacer se llamará Hijo de Dios. Ahí tienes a tu pariente Isabel, que, a pesar de su vejez, ha concebido un hijo, y ya está de seis meses la que llamaban estéril, porque para Dios nada hay imposible”. María contestó: “Aquí está la esclava del Señor; hágase en mi según tu palabra”. Y la dejó el ángel».  (Lc 1,26-38)


En este comentario queremos tener presente el anuncio que también el Ángel le hace a José, (1) hombre justo desposado con María que vive y asume las consecuencias del acontecimiento más impresionante que ha conocido la humanidad; el anuncio del Dios de la Creación, el Dios que hizo al hombre a su imagen y semejanza, el Dios de Abraham, el Dios de Jacob, el Dios de Isaac, el Dios de los Reyes de Israel, de los Profetas, el Dios en definitiva del Antiguo Testamento, que se hace hombre pasando por la matriz de María, madre de Dios y, como consecuencia de esto, madre de todos los hombres.

Para que este Dios se haga hombre, tiene que pasar por ser concebido en el vientre de María, y María sin saber “cómo puede ser esto pues no conoce varón” se fía del Ángel y responde: “hágase en mí según tu palabra”. Y  José, que no entiende nada, después de que el Ángel le anuncie que el embarazo de María es obra del Espíritu Santo, acepta ser el padre de Jesús. “Al despertar tomó consigo a su mujer” (Mt 1,24). María y José desposados según las leyes humanas, obedecen y cumplen las leyes y los planes del Dios Padre.

 En este anuncio vamos a comentar tres puntos que destacan: el misterio, alégrate y la aceptación.

Con el anuncio del Ángel a María y a José, y la aceptación por parte ambos, aparece en el mundo la Buena Noticia, el Nuevo Testamento, la nueva creación, anunciada ya en la antigua alianza. El hombre ya no estará nunca más solo, el Dios Todopoderoso nace en el seno de una familia, se hace hombre, se hace uno de nosotros. Este es el anuncio del ángel Gabriel, este es el misterio: la familia de Nazaret, compuesta por María y José, traerán al mundo a un niño que será hijo del Altísimo, del Dios Todopoderoso. Este misterio, este hecho, este acontecimiento, le da al hombre la posibilidad antes impensable, de salir de sí mismo y de encontrarse con Dios a través de Jesús de Nazaret.

A partir de aquí y gracias al “hágase en mí según tu palabra” y a la acogida por parte de José (Mt 1,25), los hombres tenemos la posibilidad de amar a todos los seres humanos, sean del credo que sean, y decir como María y José: ¿cómo puede ser esto? Si no entiendo nada, si esto es un misterio, si yo no tengo sentimientos de amar a mi enemigo, si yo no puedo amar al otro tal como es.

Este regalo que se nos da a través de la Anunciación y la Encarnación, además de ser el misterio que nos ilumina, es un regalo que nos cuesta aceptar . Nos escandaliza porque el mismo Dios, al hacerse hombre, nos posibilita ser Dios, gratuitamente, sin que nos cueste nada. Aquí entra en juego la libertad de María y de José, y con ella vuelve a entrar la libertad del hombre para aceptar al Dios hecho hombre. Si lo aceptas se abre el cielo, si lo rechazamos, nacemos, crecemos, nos desarrollamos, somos buenos o malos cumplidores o no, sobresalientes, aprobados o suspensos pero nos morimos sin saber muy bien del por qué y el para qué vivimos; pensando siempre que el otro o los otros son los culpables de lo que nos pasa, convirtiéndose en nuestros enemigos.

En el pregón Pascual escuchamos: “Alégrese la tierra inundada por la nueva Luz”. En la Antigua Alianza, la misión de María fue preparada por la misión de las santas mujeres: Eva (Gn 3,20), Sara (Gn 18,10-14), Ana la madre de Samuel (1S1), Débora, Rut, Judit y Esther. Profecía de Natán (2S 7,12-16) “estableceré después de ti a una descendencia tuya, nacida de tus entrañas y consolidaré tu reino, yo seré para él padre y el será para mí hijo”. También Isaías 9,5s, “porque nos ha nacido un niño, nos ha sido dado un hijo que tiene sobre sus hombros la soberanía…” para consolidar su reino en justicia y en derecho. El profeta Miqueas había anunciado que “de Belén habría de salir quien señorearía en Israel”. (Mi 5,1)

Con María y José se inaugura el nuevo plan de salvación y con este la salvación de la humanidad, pasada, presente y futura. “Alégrate”, le dice el Ángel a María; “no tengas reparo de recibir en tu casa a María”, le dice a José. Con estos saludos les anuncia la alegría mesiánica. (Jl 2,2-3), (Sof 3,14), (Zc 9,9). La alegría es un don del Espíritu Santo, y aquí también aparece la elección y la gracia, el “alégrate” del ángel precede a la única expresión acertada del mensaje: María será madre del Mesías y a José se le da la potestad de ser el padre y se le invita a acompañar y a educar al niño en esta misión.

Las buenas noticias siempre son bien acogidas por los hombres. Producen bienestar, risa, ilusión, ganas de vivir y acción de gracias. Y algo de esto es lo que les debió suceder a José y a María porque no dudaron en poner sus vidas a disposición de Dios. Tantísimos hombres y mujeres a lo largo de la historia de la Humanidad, del Antiguo Testamento y de la Iglesia han precedido y secundado a María y José, y han puesto su vida al servicio de Yahvé, del Evangelio, de la Buena Nueva. Al servicio, en definitiva, del Dios Padre, Hijo y del Espíritu Santo. María es madre de la Iglesia y junto a ella reconocemos a José como Patrono.

El padre de la misericordia quiso que el consentimiento de los que estaban llamados a ser Padres de Jesús precediera a la Encarnación para así como Eva y Adán contribuyeron al pecado y la muerte, así también María y José contribuyeron a la gracia y a la vida. Por eso María es nuestra madre en orden de la gracia. (LG 56; Cf. 61). Y José el primero en participar de la economía de la salvación. (Exhortación Redemptoris Custos)

Ante la pregunta de María que precede a la aceptación: “¿cómo será esto pues no conozco varón?”, el Ángel responde: “el Espíritu Santo vendrá sobre ti, darás a luz un hijo que será Hijo del Altísimo” (Lc 1,35). Este diálogo convierte, a María en primer término y a José después, en los protagonistas de un diálogo con Dios, que les esta llamando a dar cumplimiento al plan de salvación. María y José aceptan este anuncio y con ellos aparece la Iglesia, pequeña comunidad doméstica que vivencon humildad, sencillez y alabanza. Es un diálogo que vale para todos los hombres, ¿cómo puede que de mí salga algo bueno? si lo que conozco bien es la envidia, la guerra, la avaricia, la concupiscencia, el engaño, la mentira, el vivir para mí.

¿Cómo puede ser esto? Renacer de nuevo del agua y del Espíritu Santo, esto es, la nueva creación que hace Dios con el hombre, haciéndose Él mismo hombre, cambia el corazón y nos da la capacidad de realizar las obras de Dios, el amor al otro, y a los otros tal y como sean.

Jesús es el Hijo de María, pero esta maternidad de María se extiende a todos los hombres (Jn 19,26s; Ap 12,5). Y la paternidad de José, aunque los evangelios solo hablen de él en la encarnación, el nacimiento y en la vida oculta de Jesús, lo que no cabe duda es que fue padre por elección de Dios, semejante a María, para llevar a termino el plan de salvación que Dios tenía previsto realizar.

El primer hombre, Adán, salido de la tierra es tierra, el segundo viene del cielo (1Cor 15,47) e inaugura la nueva creación. Es posible vivir como hermanos. La comunidad humana está en función de una relación, la esencia de ser hijo, es porque tiene padre. Y concluyo: si yo tengo a Dios como padre, el resto de los hombres son mis hermanos. Esto es, la nueva Creación que se inaugura con la Anunciación y la Encarnación aceptada libremente por María y José.

(1) Exhortación Apostólica Redemptoris Custos, sobre la figura y la misión de San José en la vida de Cristo y de la Iglesia (Juan Pablo II)

Alfredo Esteban Corral

Añadir comentario