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Darles vosotros de comer 
02 de Agosto
Por Olga Alonso Pelegrin

En aquel tiempo, al enterarse Jesús de la muerte de Juan, el Bautista, se marchó de allí en barca, a un sitio tranquilo y apartado. Al saberlo la gente, lo siguió por tierra desde los pueblos. Al desembarcar, vio Jesús el gentío, le dio lástima y curó a los enfermos. Como se hizo tarde, se acercaron los discípulos a decirle: «Estamos en despoblado y es muy tarde, despide a la multitud para que vayan a las aldeas y se compren de comer.»
Jesús les replicó: «No hace falta que vayan, darles vosotros de comer.»
Ellos le replicaron: «Si aquí no tenemos más que cinco panes y dos peces.»
Les dijo: «Traédmelos.»
Mandó a la gente que se recostara en la hierba y, tomando los cinco panes y los dos peces, alzó la mirada al cielo, pronunció la bendición, partió los panes y se los dio a los discípulos; los discípulos se los dieron a la gente. Comieron todos hasta quedar satisfechos y recogieron doce cestos llenos de sobras. Comieron unos cinco mil hombres, sin contar mujeres y niños (San Mateo 14, 13-21).

COMENTARIO

El Evangelio de la multiplicación de los panes y los peces es una llamada de Jesús aquellos que buscamos y deseamos ser sus discípulos, es un texto de su Evangelio en el que Jesús nos muestra cuál es nuestra misión en el mundo y lo que Él espera de nosotros cuando nos encontramos a lo largo de nuestra vida con aquellos que preguntan por Jesús, como lo hizo aquel gentío que le siguió para escucharle.

“Lo que habéis recibido gratis, darlo gratis”, decía Jesús en el capítulo 10 del Evangelio de San Mateo. Aquellos que habéis hecho el camino para buscarme y me habéis encontrado sois ahora portadores de mi buena nueva, de mi Palabra. Vuestra misión, alimentar con esa misma Palabra que habéis recibido a vuestros hermanos.

Ante la propuesta de los Apóstoles que sugieren a Jesús enviar a la muchedumbre a buscar alimento a las aldeas cercanas, Jesús responde “no hace falta”; no es necesario que busquen más, vosotros sois portadores de vida eterna porque la habéis recibido de mí, por lo tanto tenéis la sagrada misión de alimentar a cada hermano con lo que yo os doy, parece querer decir nuestro Señor.

Cada cristiano debe hacerse esta pregunta cada día: ¿Guardo para mí lo que recibo de Dios, lo encierro en mi corazón y me regocijo o salgo cada mañana al mundo llevando a cada hermano esa fuerza, esa luz, esa esperanza que recibo?

¿Soy un cristiano excluyente que decide quien merece o quien no merece conocer a Dios? o por el contrario, no pongo límites a la voluntad del Señor y  no importa dónde esté y a quien encuentre, mi alegría, mi esperanza salta de mi boca para llevar esperanza y no juicio.

Cada hermano que Dios pone frente a nosotros en el camino de la vida es una oportunidad para abrir nuestro corazón y mostrarle lo que Dios hace cada día con nosotros. No nos corresponde decidir si es digno o no de nuestro consuelo, solo Dios sabe lo que su corazón está dispuesto a escuchar o lo que nuestras palabras pueden hacer en su vida por voluntad de Dios.

No nos dejemos vencer por el miedo y, hagamos como Jesús, alcemos nuestra mirada al cielo y pronunciemos una bendición para pedirle que su fuerza nos acompañe en nuestra misión de llevar auxilio a un mundo que más que nunca, necesita una esperanza y una razón para vivir. Necesita saber que hay un Dios que nos cuida y nos salva.

Pensemos que el Evangelio que Dios ha colocado en nuestro interior salvará la vida de muchos de nuestros hermanos sólo si cada uno de nosotros “les damos de comer”.

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