Un mensaje profundo en un lenguaje sencillo|martes, septiembre 17, 2019
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De la tierra al cielo 

Hoy, la Hermana Glenda nos propone vivir la experiencia de la palabra subiendo los cuatro peldaños de la escalera, de la tierra al cielo, “la lectio divina”.

La lectura, primer peldaño, “implica el estudio asiduo de la palabra, caer en la cuenta de lo que me dice a mí, estar atento”.

La meditación, segundo peldaño, “es una actividad de la mente, que con ayuda del espíritu y de la razón, busca el conocimiento de Cristo oculto en las escrituras”.

La oración, tercer peldaño, “es como el impulso ferviente del corazón hacia Dios, pidiendo, dando gracias, alabando; poniendo tu corazón, tu mente, tus fuerzas y todo tu ser en Cristo, que de pronto te habla en las escrituras para consolarte o para inquietarte”.

La contemplación, último peldaño de la escalera, “es una elevación de la mente sobre sí misma,    es quedarte pendiente de Dios,   saboreando las alegrías de su presencia, de su dulzura, es dejarse abstraer por la belleza de Dios, por sus ojos, su mirada, su presencia. Es la cumbre, es el punto de llegada al cielo”.

La verdad es que me quedo absorta escuchando; tiene que ser bellísimo llegar a este último peldaño; sí: eso debe ser tocar realmente el cielo; pero yo estoy ahora mismo con los pies en la tierra, empezando el primer peldaño y me dispongo a leer la palabra. Nos propone: Libro del Apocalipsis (22,16-21): “…El espíritu y la novia dicen ven…; ven, Señor Jesús…”. Y suena su voz, esa voz suave y melodiosa que me envuelve, me abstrae y me hace llegar hasta Él: “Ven, Señor Jesús, ven pronto a mi vida, porque sin ti ya no soy nada y nada vale la pena…”

Recuerdo mis años de juventud, mis primeros pasos hacia la adultez, alejada de todo lo que eres tú, aquellas noches locas en las que había que cerrar cualquier local; mis primeros amores que nunca llegué a consolidar. Estudié, encontré un buen trabajo en el que pronto despunté y rápidamente ascendí con buen sueldo; conseguí una buena casa, pero, según pasaban los años, se cernía sobre mí una profunda insatisfacción, en medio de la diversión, del ocio, viajes, nuevos amoríos…: volaba alto, muy alto, hasta que caí. Una enfermedad me lo arrebató todo o al menos eso creía. De repente, de la noche a la mañana, me encontré conviviendo con el dolor y el sufrimiento que acaecía a mí alrededor; un primer ingreso en el hospital para que me dieran un diagnóstico, me sobrepuse y a los quince días salí; a las pocas semanas una nueva recaída me hizo abandonar mi casa y regresar a la de mis padres. Cada vez más dolor, más sufrimiento, y no hablo solamente del mío, ya que ahí estaba también el de mi familia, pues no mejoraba y parecía que se avecinaba lo peor. De nuevo otro ingreso en el hospital, donde pude hacerme eco del dolor, del infinito dolor del sufriente, de la muerte de mis compañeras de habitación, pensando que quizás fuera yo la siguiente.

Una pequeña capilla de ese triste hospital me devolvió a la vida, me dio la vida, encontré su mirada, esa profunda mirada enamorada que te penetra, que te hace ver que te ama, que eres su hija amada: eso fue lo que me dio la fuerza para luchar y vencer la enfermedad y eso fue lo que me hizo cambiar.

Y hoy, en las palabras de la Hermana Glenda, en su voz y su canción, descubro que hasta entonces no había encontrado al Señor. Vivía sólo pensando en mi persona y, por ello, en medio del vacío y de la insatisfacción: nada me llenaba, todo sonaba a hueco, todo me cansaba.

De esto han transcurrido ya siete años; terrible, implacable, pero bendita enfermedad que dio sentido a mi vida. El Señor vino a mí, me sacó del abismo en el que estaba, encendió mis deseos de amarlo, de amar, de servir al hermano. Vino a mi mente y a mi corazón; por ello, “ven, Señor Jesús”, ven siempre a mi vida, porque, cuando tú me faltas, me sobra todo y mi alma no descansa.

De la tierra al cielo: intento tocarlo pero, todavía, mis dedos no lo alcanzan.

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